Dos veces al año se reúne al completo el pueblo de Macarapana, antaño caserío absorbido por la aún tranquila ciudad de Carúpano, la segunda en importancia del estado Sucre, puerta de Paria y del reciente boom gasífero. En junio, con la celebración de la fiesta de la Santísima Trinidad—patrona del pueblo—, y en noviembre. El dos, día de los fieles difuntos.
En el cementerio, bautizado en honor a las Tres Divinas Personas , el trasiego se extiende durante todo el día. Temprano en la mañana acuden a limpiar los caminos entre las tumbas, pulir lápidas y poner flores en los jarrones que no han sucumbido a la mano larga de algún ladronzuelo. Pero la explosión de sentimientos ocurre en la noche, al caer el sol.
“Así uno demuestra respeto, viene al sitio donde reposan los restos y lo hace de noche para demostrar que a la muerte no debe temérsele”, explica Eduardo Zabala, nacido en el pueblo.
Lo único que ha cambiado tras casi 20 años, es la cantidad de gente. Es mucha menos la que transita la pequeña calle de entrada flanqueada con elegantes chaguaramos, hacia y desde la colina donde reposan los restos. Inmutable permanece hasta el murmullo sin risas.
El ambiente se vuelve solemne, como si al traspasar el límite de los panteones más antiguos todos los visitantes siguieran un código compartido.
Pueblo pequeño, cementerio apretado, pareciese ser una adecuada adaptación de un viejo lema para describir al camposanto macarapanero. De entrada se distinguen las lápidas de las familias cuyos apellidos resuenan con mayor tradición: Montaño, Marcano, Higuerey, Alcalá, Ferrer, Rodríguez, Blasini. Las tumbas no tienen un orden que se aprecie a primera vista. Lo que si se distingue son velas, flores. La gala de los ritos del día de los muertos en el Oriente.
Una conmemoración que se extiende por todo Sucre: Cumaná, Carúpano, Mariguitar, San Antonio del Golfo, El Pilar, Yaguaraparo, Irapa, Guiria, Cariaco, Casanay. Con lejanas cercanías a la fiesta de la “Santa Muerte” en México, en la que el Zócalo del DF arde de flores, velas e imágenes de esqueletos.
Hay quienes van solo temprano, como Lesbia Hernández, quien enterró a su mamá hace poco tiempo. “No voy en la noche, porque nunca me ha gustado. Pero es una tradición que existe desde que tengo uso de razón, y aún desde antes”.
La gente conversa. “Se comparte algún traguito de ron, se recuerda al difunto, se reza. Viene mucha gente, incluso de los campos cercanos de la zona rural. Pero eso ha bajado por el aumento de la delincuencia. Ha habido atracos en el cementerio”, dice Juan Marcano al pie del panteón de sus padres.
Regina Córdova enfrenta su primera noche de difuntos ante el sepulcro de su hija, Rosbelis, fallecida en un accidente de moto. Tenía solo 14 años. Ante el sepulcro, decorado con baldosas, se inclina y reza. Una lágrima brilla a la luz de las velas.
“Esto es lo más duro que me ha tocado vivir. No hay explicación que te devuleva la tranquilidad. Lo que siento es que ella, desde donde esté, me da fuerza para seguir con mis otras dos hijas menores”, intenta detallar. El llanto no la deja.
Un peluche del oso Winnie The Pooh, vela con su mirada congelada y su sonrisa de hilo, desde detrás de las velas y las flores. A la madre, dolida, nadie la acompaña. Está sola, en su monumento funerario, en la oscuridad.
La costumbre también implica saludar a las familias cercanas, a los conocidos, que también velan a sus muertos. La Cruz del Perdón, construida de cemento y reluciente de blanco, es el punto donde se reunen varios.
Bajo su base, se han ido depositando los restos más antiguos, cuyas familias no han vuelto al pueblo y se ha perdido el mantenimiento de los sepulcros. El de Macarapana soporta tumbas centenarias, de los tiempos en los que la urna era depositada sobre la tierra, sin bóvedas. Hay grupos más nutridos que otros. En la entrada del cementerio huele a empanadas. Bullen dos reverberos encendidos en torno a los cuales se mantiene caliente la oferta recién frita: queso, cazón, mejillón, chorizo y carne molida.
Es el signo más brillante del comercio pero no el único. En plena noche aun quedan algunas flores —calas y bastón de príncipe, típicas de la zona— en algunos baldes. Por cien bolívares se compran dos frascos de compota, esenciales para poner las velas —pequeñas y achatadas— y que no se apaguen con la brisa nocturna, refrescante, que baja desde los cerros cercanos.
“Por todo el tema de la escasez no se consiguen mucho los frasquitos de compota”, dice Doris Colmenares, una caraqueña que tiene a sus padres enterrados ahí y que viene todos los años. “En otras épocas era mucha, mucha gente. Yo vengo desde niña, porque mis padres eran de aquí y venían a la tumba de mis abuelos y aquí los enterramos. Pero, aún con la poca gente, el espíritu sigue vivo y latente”, sostiene.
“Esta es una tradición muy arraigada en el sentimiento popular del Oriente del país. Quizá en otros lugares del país se hace, pero yo solo lo he visto aquí en Sucre”, dice Reinaldo Cova, otro asistente al cementerio. “Yo vengo aquí, donde está enterrada mi mamá y un hermano, y voy al de Playa Grande —a la entrada occidental de Carúpano— porque allá está mi papá”, señala.
“Lo que ha cambiado es la hora. Antes uno se quedaba hasta más tarde, pasadas las 11:00 pm. Ahora uno viene y trata de irse lo más temprano posible, porque se roban carros, se han dado atracos entre la gente que sale del cementerio, y es un peligro. Pero mientras se pueda, se sigue haciendo”, aclara.
La mayoría de las ropas son de luto, así que, a la luz de las velas, se une un cromatismo casi neutro, de colores apagados. Al igual que los rostros.
Porque puede que haya reunión, conversación, uno que otro chiste, una que otra botella de ron disimulada en algún bolsillo. Pero, por norma común, no se habla fuerte (mucho menos se grita), no hay risas escandalosas, ni chistes colorados. Es una reunión tranquila. Sosegada. En memoria de las almas.
“¡Ay mamá, tantos años!”, es el lamento de una mujer muy mayor, que escala —no sin dificultad— la colina cuajada de tumbas. “Otra vez, otro año que vengo”, va diciendo mientras arranca de los lados de la tumba de su madre maleza y abrojos. Se sienta en un panteón vecino y suspira.
“Ya ha pasado mucho tiempo. Mi mamá murió en 1979 —hace 36 años— pero el dolor sigue ahí. Escondido. Pero vivo”, advierte mientras mira en derredor el camposanto iluminado con las velas cual luciérnagas brillando sobre lo oscuro.