Zoraida Chirinos vive en Caucaguita, en la periferia del valle de Caracas, y dice que el agua entra en su casa “una vez al mes”. Cuando aparece, dura tres días. Luego ella y sus vecinos reúnen dinero para comprar un camión cisterna que puede costar entre 80 y 100 dólares; por recipientes medianos paga unos cuatro a seis mil bolívares cada uno. Con eso abastece a su familia hasta el siguiente ciclo.
En La Lagunita, al sureste de Caracas, Jorge Padrón cuenta que hay casas que pasan hasta dos meses sin servicio. Allí, dice, el agua puede llegar tres o cuatro veces por semana y muchas viviendas dependen de tanques de reserva y de camiones cisterna. En la capital, la ausencia del agua se ha vuelto más llevadera en las zonas con tanques, pero no deja de condicionar la vida doméstica.
Una crisis que arrastra años
La mala calidad del agua y de la electricidad forma parte de una crisis que se fue agravando desde 2007 y terminó de consolidarse en 2014. El pico fue el apagón nacional del 7 de marzo de 2019, que duró una semana. Víctor Poleo, exviceministro de Energía, afirma que el sistema eléctrico está hoy “mucho peor” que en 2019.
Tras la captura de Nicolás Maduro por tropas estadounidenses el 3 de enero, el panorama no cambió. Los apagones de varias horas, sin cronograma oficial, reaparecieron en febrero, después de una aparente estabilización durante 2025. Ese mismo mes, Delcy Rodríguez y el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, anunciaron en Caracas una asociación energética a largo plazo. En septiembre, en una segunda visita de Wright, firmaron una alianza para recuperar la infraestructura eléctrica de la industria petrolera y fortalecer el sistema eléctrico nacional.





