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TESTIMONIO “Desde hace 10 años vivo con un riñón de mi única hermana”

 “Desde hace 10 años vivo, con total normalidad, con un riñón ajeno en mi fosa ilíaca derecha.  Me lo donó mi única hermana, María Elena, quien siempre se ha sentido bien y alza, con orgullo, la bandera de la donación. Volví a viajar, que tanto me gusta, y a realizar mi trabajo como editor en esta Casa Editorial”.

“Me considero un superviviente.  Soy un trasplantado que suma hoy diez años llevando una vida normal  con un riñón ajeno en la fosa ilíaca derecha, gracias a Dios, a la donación de mi única hermana María Elena y a mi propio celo por conservarme siempre saludable.

Con total normalidad vive también mi hermana. ‘Siempre me he sentido bien. Nunca me he enfermado por esa causa. He llevado una vida tranquila estos años y nunca en función de que me quedó un solo riñón. Solo sigo las indicaciones que me dieron los médicos cuando nos dieron de alta, revisando anualmente que mis valores de creatinina estén bien y tratando de  consumir poca carne roja”.

‘Ni me acuerdo a veces de la cicatriz que me quedó en mi flanco izquierdo, la llevo con mucho orgullo. Hasta traje de baño de dos piezas me he puesto, sin ninguna pena’.

Ella ingresó,  al final de la mañana del miércoles 26 de julio de 2006, a uno de los pabellones del piso 4 del Hospital Universitario de Maracaibo (HUM). A las 3:30 de la tarde entré yo. Estuvimos en  las manos de Dios y de los cirujanos zulianos Nemesio Terán y Víctor Flores, en compañía de la nefróloga Danice Colic. Me injertaron su riñón izquierdo.   

Integré el grupo de los 20 pacientes a quienes nos transfirieron el órgano ese año en el centro asistencial, de los que 14 recibimos el beneficio de un donante vivo relacionado.  Nuestros casos son los de mayor expectativa de vida.

Atrás quedó la insuficiencia renal crónica terminal y  aquellas  406 horas que permanecí conectado a una máquina de hemodiálisis para limpiar de toxinas la sangre durante las 118 sesiones a las que acudí —sin faltar nunca, durante las tardes de los lunes, miércoles y viernes— del 27 de octubre de 2005 al 25 de julio de 2006, en la unidad del Centro Médico Paraíso. 

 

También estuve cinco meses sin orinar. Por el exagerado tamaño de mis órganos excretores fue necesario sacarlos, con cirugía tradicional.

Es que, como lo aprendí de Leoner Salas, profesor de educación física y jubilado, el trasplantado con más sobrevida en el mundo —ya suma 44 años, con 66 años—, a vivir plenamente aceptando mis limitaciones. 

También, sin mayores privaciones, perdiendo, poco a poco, el miedo a experimentar el rechazo del injerto, la gran amenaza que pesa sobre nuestra condición. Ninguno de nosotros está exento. Para evitarlo,  hay que vivir sin dejar nunca, por nada del mundo, de tomar los dos únicos medicamentos que tengo indicados como tratamiento inmunosupresor. 

Estos fármacos son para mí como el aire. Uno de ellos lo retiro mensualmente en la farmacia de alto costo del Seguro Social. Este año dejé de recibirlo durante cuatro meses, lo que generó una gran angustia que aún no logro calmar del todo, porque durante los dos últimos meses me han entregado solo la mitad de la dosis regular, esperando que la próxima fecha de retiro comience a llegarme la  indicada por mi nefrólogo tratante, una vez introducidos los recaudos exigidos. Sin embargo, no he dejado de tomarlos.

Un día pensé que si Dios me había dado esta segunda oportunidad debía ser consecuente con ello. Y así me fui deslastrando de muchos prejuicios sobre esta condición. Aunque estoy consciente de que lo soy, no me considero enfermo. Al menos, vivo sin pensar en ello.

 Y fue cuando comencé a realizar actividades que había dejado atrás, como viajar, por el país y algunos destinos del mundo, una de mis grandes pasiones. He tenido el privilegio de ser el único periodista venezolano que cubrió la beatificación del papa Juan Pablo II, mi santo protector, en la plaza de San Pedro, en el Vaticano, el 1 de mayo de 2011, y de ir de paseo  hasta el pie del salto Ángel, en el parque nacional Canaima, en diciembre del mismo año. Periplos que he realizado sin descuidar la alimentación y el tratamiento. 

Respondía también al principal motivo por el que se sacrificó mi hermana. Ella no había ido nunca a quirófano. Diez años después, se siente “sumamente satisfecha con que Julio siga viajando, que tanto le gusta, y trabajando como periodista, disfrutando, quizás, el doble que antes, y sin limitaciones”.

Desde enero de 2007, tras año y medio de reposo, cuando me reincorporé a mi trabajo en esta Casa Editorial centenaria —con el mismo cargo de editor que desempeñaba cuando me retiré, en junio de 2015, y que conservo hasta ahora— he realizado mi trabajo periodístico con gran pasión, contando —como durante todo el proceso— con la benevolencia de la junta directiva, y el apoyo de mis jefes y compañeros de redacción, hacia quienes expreso agradecimiento.   Sin embargo, no ha sido una etapa fácil. No todo ha sido color de rosa. Tampoco lo fueron aquellos 18 meses que duró el proceso desde el diagnóstico del trastorno, en enero de 2002, cuando tenía 39 años, hasta mi recuperación definitiva, en los que el bisturí dejó seis costuras en mi cuerpo. Hasta entonces solo me daba gripe.

 

En esta imagen Julio y su hermana tenían seis meses de haber sido sometidos a cirugías para el trasplante.

Esas cicatrices traté siempre de ocultarlas durante los primeros años, al punto que nunca usaba ropa manga corta. Ahora muestro, sin vergüenza y con orgullo, mi antebrazo izquierdo. Aún queda huella de los nueve meses que permanecí en diálisis. La fístula o unión arteriovenosa realizada allí  para permitir los pinchazos de agujas de 0,6 centímetros de grosor permanece abultada, cual serpiente esculpida, además de otras dos cicatrices.

Las huellas que me dejaron las nefrectomías tampoco las mostraba. Evitaba bañarme en la playa o en la piscina, sobre todo si había mucha gente. Pero, eso quedó atrás y hoy dejo ver sin ningún tipo de vergüenza las marcas de 20 centímetros en mi flanco derecho y de cuatro centímetros menos en el izquierdo, además de la del trasplante y una por una cirugía posterior en abdomen. 

Por la baja en el sistema inmunológico causada por la terapia farmacológica  he tenido que hacerle frente a algunos trastornos, que han requerido días y semanas de hospitalización en cinco ocasiones, saliendo siempre airoso, gracias a Dios. 

María Elena asegura que las complicaciones digestivas se han debido a ‘descuidos’ en mi alimentación. ‘Siempre le digo que se cuide mucho, que cierre el pico, que tenga cuidado con lo que come, porque ha tenido problemas de amibiasis. Mi gran miedo es que el riñón le falle algún día, que su vida útil termine y se paralice. Pienso más en eso que en que lo pierda yo ’. 

Nunca imaginé lo valiente que tenía que ser, antes, desde que el nefrólogo Manuel Domínguez me diagnosticó la poliquistosis renal —una enfermedad congénita, hereditaria y progresiva que aumentó de tamaño y destruyó mis riñones— y ahora también. Mi bisabuelo paterno murió ‘lleno de líquido’. 

Saber del fallecimiento de mis 10 compañeros de diálisis dolió mucho, así como también de un paciente trasplantado con quien compartí una habitación en el piso 8 del HUM, cuando me compliqué la primera vez, recién trasplantado. Igualmente, duele saber de quienes han perdido el riñón, así como del crecimiento de pacientes en salas de hemodiálisis. 

Contribuir con el aumento de la conciencia a favor de la donación ha sido una de las banderas que ha tomado mi hermana. Espera que su experiencia haya  sido ‘un ejemplo para otras familias.  Si más personas no lo pensaran tanto a la hora de tomar una decisión para favorecer la salud de sus familiares no hubiera tantos pacientes pegados a esas máquinas. Deben perder el miedo, como yo lo hice’.

Además, considera que ha sido actuación —que nunca consideró una obligación, sino un deber— ha servido de modelo de hermandad para mis sobrinos, Kelvin Andrés y Paul Eduardo. “Si algún día les llegase a suceder algo similar, Dios no lo permita, estoy convencida de que uno de ellos hará lo mismo que hice yo, porque se quieren mucho y son muy unidos, como mi hermano y yo’.

Yo también creo que el creador me ha puesto algunas tareas para este tiempo de sobrevida, como haber logrado, por mi trabajo reporteril, que Ángel Gabriel, un niño de 3 años, con una enfermedad terminal en el hígado, logrará ser trasplantado. Era su única posibilidad de vida. Desde hace ocho años es mi ‘colega’. 

Acudir regularmente a consulta con la nefróloga Beatriz Rosales, en el piso 9 del HUM, ha sido una de las claves de mi salud durante estos últimos años. El control permanente de la creatinina y de la tensión arterial, así como no abandonar nunca, por ningún motivo, la medicación se cuentan entre sus indicaciones y consejos. Sin dejar de lado la sana alimentación, cero grasas y carne roja) y el ejercicio constante, en lo que he sido un poco descuidado.

Además, ha influido grandemente mi actitud positiva, la fe y la confianza en Dios y en sus tiempos perfectos. 

En esta nueva celebración de mi ‘segundo cumpleaños’  —con una misa de acción de gracias, junto con nuestra madre Ada Elena, familia y amigos—  sobran las razones para estar alegres, por sentirme vivo e infinitamente bendecido y amado por Dios, por todas las maravillas que ha hecho en mí esta década, porque me siento sano y pleno, con un agradecimiento eterno a mi hermana María Elena, por su amor incondicional, y con la esperanza firme en que serán muchos más de feliz supervivencia”.   

 

 

 

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