La liberación de 500 tortugas africanas de espuelas en el límite sur del Sahara ha dejado señales de recuperación en áreas donde antes predominaba la…
La liberación de 500 tortugas africanas de espuelas en el límite sur del Sahara ha dejado señales de recuperación en áreas donde antes predominaba la arena. Cinco años después, imágenes satelitales muestran manchas verdes en sectores del Sahel, una franja de transición cada vez más afectada por la desertificación.
Una respuesta distinta frente a la desertificación
El Sahel separa el Sahara de las sabanas africanas, pero en las últimas décadas se ha degradado hasta acercarse cada vez más a las condiciones del desierto. La Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación ha advertido que es una de las regiones más vulnerables de África a este problema, que endurece el suelo, dificulta la entrada del agua y impide que las plantas arraiguen.
Ante ese escenario, la solución habitual ha sido plantar árboles. Sin embargo, se trata de una alternativa costosa y que no siempre funciona. Por eso, en lugar de introducir más vegetación, se planteó devolver al terreno una especie cuya actividad modifica por sí sola la estructura del suelo.
La excavación como motor de cambio
En 2021, un equipo de investigación soltó 500 tortugas africanas de espuelas en la frontera sur del Sahara. La intervención no incluyó maquinaria ni trabajos adicionales: bastó con permitir que los animales desarrollaran su comportamiento natural. Cinco años después, la comparación con imágenes satelitales reveló que donde antes había arena comenzaron a aparecer manchas de vegetación.
La clave está en que estas tortugas excavan. En su hábitat natural, el Sahel, construyen madrigueras de hasta 15 metros para protegerse del calor y del frío. Esa labor rompe la costra endurecida del suelo y facilita que el agua penetre, lo que crea condiciones más favorables para la germinación de semillas.
Una ingeniera del ecosistema
La tortuga africana de espuelas es considerada una ingeniera del ecosistema, porque modifica el entorno de un modo que beneficia a otras especies. Su capacidad para remover la tierra ayuda a mejorar la porosidad, reduce la temperatura superficial y favorece la disponibilidad de nutrientes.
Con más humedad retenida por más tiempo, las semillas encuentran mejores condiciones para desarrollarse. A esos espacios excavados también llegan insectos y microorganismos, lo que activa una cadena ecológica que termina atrayendo aves y pequeños vertebrados. No se trata de una jungla, pero sí de brotes suficientes para frenar la desertificación y recuperar biodiversidad.
En las comunidades locales, abrir hoyos en zonas semidesérticas para retener agua es un trabajo arduo. La tortuga lo realiza de forma natural durante toda su vida, sin necesidad de infraestructura ni maquinaria.
Una especie amenazada
Aunque es originaria de la región, la tortuga africana de espuelas es cada vez más difícil de encontrar. La especie está amenazada y su desaparición tendría efectos negativos tanto para la biodiversidad como para el suelo: sin su labor de excavación, la superficie se endurece, el agua se escurre y las semillas tienen menos posibilidades de prosperar.
Desde el año 2000 está bajo la vigilancia de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, con restricciones orientadas a su protección. También ha habido reintroducciones en el norte y el oeste de Ferlo y Senegal; en 2017, el African Chelonian Institute documentó la suelta de 20 ejemplares. Además, existen colonias en cautividad en varios países de África y fuera del continente.
La Lista Roja de la UICN indica que la población de la especie sigue disminuyendo por la pérdida de hábitat, la explotación para obtener huevos y carne, el comercio de mascotas y los efectos del cambio climático, entre ellos la desertificación.
Un avance que depende de más factores
La reintroducción de estas tortugas no resuelve por sí sola el problema. Para que el proceso avance hacen falta lluvias y una gestión sostenible y estable. También existe el riesgo de que la especie vuelva a ser cazada, algo especialmente delicado si se toma en cuenta su condición de amenaza.
Además, aunque ya está demostrado que su excavación mejora el suelo, todavía podría tener otro efecto adicional: dispersar semillas por el Sahel. Si eso se confirma, parte de los nuevos brotes verdes también sería resultado de su actividad directa.
La degradación del suelo en el Sahel es un problema de larga data. En 1977 se organizó en Nairobi, Kenia, la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Desertificación. Hoy, el continente africano sigue enfrentando una de sus mayores amenazas estructurales: dos tercios de África están clasificados como desiertos o tierras áridas, y se estima que dos tercios del suelo ya presentan algún grado de degradación.