Más de cinco millones de personas viven con diabetes en España, una enfermedad asociada al aumento de la glucosa en sangre y vinculada con el sedentarismo, el consumo elevado de azúcares refinados y la predisposición genética. Además de comprometer el sistema nervioso, los riñones y la vista, también tiene efectos visibles sobre la piel.
Cómo impacta la diabetes en la piel
La diabetes se caracteriza por la hiperglucemia, una concentración alta de glucosa en sangre. En el caso de la diabetes tipo 1, el problema se origina por un déficit de insulina cuando el páncreas deja de producirla adecuadamente. En la tipo 2, las células pierden sensibilidad para captar esa insulina, un proceso que suele relacionarse con la obesidad y el sedentarismo.
Ese desequilibrio no solo afecta al control de la glucosa. También deteriora la microcirculación, reduce el aporte de oxígeno y nutrientes a los tejidos y acelera el envejecimiento cutáneo. A esto se suma que el exceso de azúcar obliga al organismo a retirar líquido de las células para intentar eliminar la glucosa por la orina, lo que deja la piel más seca, con sensación de tirantez y picor.
La glicación, un proceso que endurece los tejidos

Uno de los mecanismos más relevantes en este deterioro es la glicación. Ocurre cuando el exceso de azúcar se une a proteínas como el colágeno y la elastina, formando moléculas dañinas conocidas como productos de glicación avanzada o AGEs.
El efecto de este proceso es progresivo: los tejidos se vuelven más rígidos, aparecen arrugas con mayor facilidad y la firmeza de la piel disminuye antes de tiempo. Además, la glicación no se limita al ámbito estético, ya que también está relacionada con el deterioro cognitivo y con enfermedades cardiovasculares. Se trata de un fenómeno que comienza a partir de los veinte años y puede intensificarse con la exposición al sol, el alcohol, los ultraprocesados y el estrés.
Antioxidantes y activos para el cuidado cutáneo
Frente a este escenario, en el cuidado de la piel han tomado protagonismo distintos antioxidantes de origen natural. Entre ellos figuran el licopeno del tomate, el té verde, el ácido ferúlico extraído del arroz o el trigo y la llamada sangre de drago. También se menciona el fullereno, un activo cuyo descubrimiento fue reconocido con el Premio Nobel y al que se atribuye la capacidad de frenar la oxidación y revertir algunos de sus signos.
A ese grupo se suman los asiaticósidos de la centella asiática, considerados importantes para ayudar a recuperar la capacidad de cicatrización de la piel en personas con diabetes. Con estos componentes, el abordaje del cuidado cutáneo se orienta hacia opciones más completas para atender uno de los órganos más afectados por la enfermedad.
