“El Michael Jordan del béisbol”. Esa fue la frase que Jim Bowden, el gerente general de los Rojos de Cincinnati, empleaba en febrero de 2000 al ilustrar la adquisición de Ken Griffey Jr. Para que jugara con el equipo de la ciudad donde creció.
Y en ese momento, ese era el pedestal en el que se encontraba el jardinero tras disputar sus primeras 11 temporadas en las Grandes Ligas con los Marineros de Seattle. En 10 de esas campañas fue elegido al Juego de Estrellas
Dueño de un fluido y elegante swing a la izquierda, totalizó 398 jonrones en ese lapso, en el que fue proclamado como el Jugador Más Valioso en 1997 y obtuvo el Guante de Oro en 10 oportunidades en los jardines.
De raza negra, Griffey era una súper estrella con todas las letras, un pelotero idolatrado cuya imagen aparecía en chocolates y cajas de cereales, la clase de figura que el béisbol ha echado de menos en los últimos tiempos.