Al fanático Frank Fernández le importó poco que su equipo, las Águilas del Zulia, perdiera el partido frente a Tiburones de la Guaira, 3 carreras por 2, el pasado 4 de diciembre en el estadio Luis Aparicio pues ese día se llevó lo que más quería en esta temporada: una pelota firmada por Alex Romero, más otra que capturó de foul por el dogout de los anaranjados.
“Yo llevé una pelota para que me la firmara Alex, lo cual conseguí antes del juego, pero mi mayor alegría llegó cuando una bola de foul cayó muy cerca de mí y logré atraparla, aunque tuve que pelearla con otros fanáticos, que me la querían arrebatar. Estuvo fuerte la pelea, pero me quedé con la pelota”, afirmó Fernández quien en lo que va de temporada había buscado en vano el autógrafo de su ídolo y la alegría le llegó por partida doble.
Así como Frank vivió esa inolvidable experiencia de atrapar una pelota por primera vez en su vida, en cada partido celebrado en el “Luis Aparicio” son muchos los fanáticos que sienten esa sensación cuando una bola cae en sus alrededores y logran capturarla.
“Yo doy la vida por una pelota por eso siempre vengo preparado con un guante y en cada temporada me llevo aunque sea una de recuerdo. A veces las agarro de ‘fly’, pero si no tengo esa suerte se las pido a los peloteros. No siempre me la dan, sin embargo, conseguí varias así”, revela Samuel García quien disfruta de los partidos colocándose a lado de los bullpens, cerca de los lanzadores, “porque por allí caen muchas”, asegura, aunque el azar sea lo que impere en la caída de las esféricas.
Es una pintoresca escena que se repite muchas veces en un partido. Una bola sale de foul hacia la multitud y esta eleva las manos en pos de atajarla. Todos las quieren y en ese afán se forman trifulcas y hasta peleas. El más fuerte se la llevará. Cuando cae en las gradas, donde por lo general hay pocos fanáticos, los niños y jóvenes corren tras ella si medir peligros.
Esta acción, más de una vez, ha puesto en el tapete la decisión arbitral cuando la bola en juego cae en la barda de los jardines pues los fanáticos, en el frenesí de atraparla, obstruyen el fildeo del jardinero produciendo una interferencia, que muchas veces llevan a discutir los reglamentos para decidir.
En la mayoría de los casos sucede un fenómeno muy curioso: el fanático que le llega a bola en picada, en primera instancia, nunca se queda con ella aunque recibe el doloroso golpe en sus manos. Por lo general se la llevará uno de quienes le rodean.
“La bola siempre rebotará de sus manos antes que logre cerrarla a menos que tenga guante”, explica Jesús Marcano Trillo, uno de los peloteros que más regala pelotas a los fanáticos en el estadio Luis Aparicio y que se suman a las 50 esféricas (4 cajas) que, en promedio, se gastan en cada partido.
A los peloteros les gusta hacer ese obsequio a los fanáticos. “Regalar una pelota, sobre todo a los niños, es muy grato porque ellos jamás podrán atraparla de foul. Siempre que pueda lo haré aunque sospecho que ya los dueños del equipo estén pensando en cobrármelas por lo caro que están”, sostiene el “Indio” Trillo.
Esa es la otra parte del “fuera de juego” que también se disfruta en cada partido pues siempre resulta cómico ver las disputas que se forman en las tribunas por atrapar una pelota donde muchos dejan hasta el último aliento por conservarla y celebran eufóricos cuando logran el objetivo.