Lo llamaban “bajo”. No lo aceptaban en los grandes salones que comenzaron a aparecer en la Caracas que intentó “afrancesar” Antonio Guzmán Blanco. Pero el ‘rucaneao’, ese merengue mezcla de ritmos llaneros y caribeños, fue afincándose en el
Lo llamaban “bajo”. No lo aceptaban en los grandes salones que comenzaron a aparecer en la Caracas que intentó “afrancesar” Antonio Guzmán Blanco. Pero el ‘rucaneao’, ese merengue mezcla de ritmos llaneros y caribeños, fue afincándose en el sentir popular caraqueño de finales del siglo XIX e inicios del XX.
Criollísima. Merengue venezolano. Henry Martínez.
El músico y cantante Rafael “Pollo” Brito define al merengue ‘caraqueño’ como “un cinco por ocho. Algo único. Nada en el mundo tiene esa riqueza, esa versatilidad”. Una explicación que se acerca a lo que, como exponente y analítico de la música venezolana, condensó Aldemaro Romero.
“Es un seis por ocho cortado o mal tocado. Esa parrandita a la que se le quitó una corchea, un tiempo”, comentó el pianista y director en una oportunidad.
Un conjunto es líder y casi el único exponente del género: Los Antaños del Stadium. Ellos llevaron al disco el merengue caraqueño, sin las aceptaciones que le hicieron Luis Alfonzo Larraín, Rafael Minaya, Billo Frómeta y Porfi Jiménez.
Los antaños del Stadium: – Brujería – Pica Pica – Negra Mala
“Carmen la que contaba 16 años/ Carmen la más hermosa de la pradera/ que linda era, que linda era / con sus ojitos mira, mi negra / de primavera”, dicen los versos de Carmen, la que contaba 16 años, uno de los más populares merengues caraqueños.
A la lista se suman: El norte es una quimera —que desdeña de la emigración a los Estados Unidos en los primeros años del siglo XX—, El cumaco de San Juan, La burrita de Petare, y La pelota de carey, todos temas que ilustraban pasajes de la Caracas que comenzaba a despertar a la adolescencia de la urbanidad y el desarrollo.
“Era un merengue erótico, para la época. La gente no quería bailarlo porque la pareja se estrujaba, ‘puliendo la hebilla’, y en los grandes salones de la alta sociedad no se permitía tales pasos”, dice el investigador y cronista musical, Rafael Salazar.
Le correspondió a Luis Alfonzo Larraín, en 1939, llevar un merengue rucaneao a una fiesta de año nuevo. En el fragor de la pachanga se bailó, se aceptó y se quedó.