La caída de la subalimentación que reportó el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo no describe por sí sola la experiencia de miles de familias en Venezuela. Organizaciones y especialistas advierten que, mientras algunos indicadores mejoran, los hogares siguen sacrificando medicinas, educación y otros gastos esenciales para poder alimentarse.
Ese contraste quedó expuesto en cifras recientes: una encuesta divulgada este mes registró que 56% de los hogares venezolanos enfrenta algún grado de inseguridad alimentaria, mientras el informe de la FAO y otras agencias de la ONU señaló una reducción de la prevalencia de subalimentación de 17,6% a 5,9%.
Claves
- —La FAO reportó una baja de la subalimentación en Venezuela de 17,6% a 5,9%.
- —Una encuesta reciente ubicó la inseguridad alimentaria en 56% de los hogares.
- —La investigadora Marianella Herrera Cuenca sostiene que comer a duras penas no equivale a bienestar.
La comida existe, pero comprarla sigue siendo el problema
Marianella Herrera Cuenca, investigadora del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela, explicó que las distintas mediciones no son incompatibles, pero sí describen realidades diferentes. Según dijo, una cosa es medir disponibilidad y consumo aparente de alimentos, y otra muy distinta es evaluar si los hogares tienen ingresos suficientes para acceder a una dieta variada y estable.
En su lectura, el hecho de que haya productos en los establecimientos no significa que las familias puedan comprarlos sin desatender otras necesidades. “Cuando la gente logra alimentarse a duras penas, no significa que haya superado la inseguridad alimentaria”, afirmó.

Herrera añadió que, en muchos casos, las familias consiguen comida porque dejan de pagar medicinas, sacrifican gastos educativos o postergan otras necesidades esenciales. Por eso insistió en que la presencia de alimentos no equivale automáticamente a seguridad alimentaria.
Ingresos insuficientes y una brecha que persiste
De acuerdo con la encuesta divulgada este mes, la inseguridad alimentaria bajó 11 puntos frente a mayo de 2025, cuando se ubicaba en 67%. Aun así, el estudio advierte que la mejora no puede leerse como una recuperación consolidada.
El mismo trabajo indica que, en los estratos pobres, que representan casi 60% de la población según la clasificación usada por la firma, la inseguridad alimentaria alcanza 60%. En los sectores de clase media y media popular, que agrupan cerca de 30%, llega a 47%.
La encuesta también calcula que el ingreso mensual promedio de los hogares subió de 357 dólares en 2025 a 435 dólares en 2026, un aumento de 22%. Sin embargo, estima que una familia necesita alrededor de 900 dólares al mes para cubrir todas sus necesidades. Esa diferencia explica por qué, incluso con una mejoría parcial, los hogares siguen sin margen suficiente para sostener alimentación, vivienda, salud y educación al mismo tiempo.
Una lectura más amplia que las calorías
La Fundación Bengoa y otras organizaciones han advertido que la subalimentación y la inseguridad alimentaria no son el mismo indicador. El primero estima la proporción de personas cuyo consumo habitual de energía alimentaria queda por debajo de los requerimientos mínimos; el segundo permite observar dificultades de acceso, reducción de cantidad y calidad de la dieta, y estrategias de supervivencia de los hogares.

En su informe Seguridad alimentaria y nutricional en Venezuela, esas organizaciones cuestionaron que el dato internacional se interprete sin considerar sus límites y el contexto venezolano. También señalaron que el cálculo de la FAO se basa en estimaciones de disponibilidad alimentaria y consumo aparente que no permiten conocer con precisión cómo se distribuyen los alimentos ni cuánto consume realmente cada persona.
Herrera recordó, además, que una familia puede aparentar estabilidad alimentaria mientras recorta en otras áreas básicas. Mencionó como ejemplo el concepto de seguridad alimentaria marginal usado por el Programa Mundial de Alimentos, que puede esconder mecanismos de supervivencia como dejar de comprar medicinas, posponer útiles escolares o dejar de pagar servicios como la electricidad.
La investigadora sostuvo que el problema no se limita a contar calorías. La seguridad alimentaria, dijo, exige que los alimentos sean accesibles, suficientes, inocuos, nutritivos y sostenibles, sin obligar a las familias a renunciar a otras necesidades esenciales.
La falta de estadísticas oficiales agrava el vacío
El informe de la Fundación Bengoa también advierte que la ausencia de estadísticas oficiales actualizadas sobre consumo, nutrición y condiciones de vida dificulta medir el alcance real de la crisis y evaluar el efecto de los programas sociales. En ese vacío, la sociedad civil, universidades y organizaciones humanitarias terminan ocupando el espacio con estudios parciales o regionales.
Herrera advirtió que esa falta de medición pública, continua y transparente impide saber con claridad qué grupos requieren asistencia urgente y si las mejoras registradas se sostienen en el tiempo. También recordó que, cuando la FAO reconoció avances venezolanos hacia metas internacionales de reducción del hambre en 2013, hubo cuestionamientos sobre la manera de interpretar esos resultados.
La lectura que dejó la discusión actual es directa: que un indicador baje no significa, por sí solo, que los hogares coman mejor. En Venezuela, muchas familias siguen resolviendo la comida a costa de otras necesidades básicas, una señal de que la subsistencia continúa imponiéndose sobre el bienestar.






