El consumo de antidepresivos en España ha seguido una curva ascendente durante las últimas tres décadas y, en ese contexto, reaparece una propuesta…
El consumo de antidepresivos en España ha seguido una curva ascendente durante las últimas tres décadas y, en ese contexto, reaparece una propuesta filosófica antigua para pensar el dolor social: autonomía, amistad y libertad. La idea parte de Epicuro y no busca sustituir tratamientos médicos, sino ofrecer una vía ética para enfrentar la dependencia emocional y el malestar que surge cuando la realidad de los otros rompe las expectativas propias.
Un aumento sostenido del consumo de antidepresivos
De acuerdo con datos del informe de la OCDE difundido a finales de 2025, el uso de antidepresivos se incrementó un 1.060% en España en los últimos 30 años. En 1992 se consumían 10 dosis diarias por cada mil habitantes, mientras que en 2024 la cifra llegó a 106 dosis diarias por millar. La Organización Mundial de la Salud estima además que para 2030 esta problemática podría convertirse en la primera causa de discapacidad entre jóvenes y adultos en el mundo.
Ese panorama abre espacio para volver sobre una preocupación que ya estaba presente en la filosofía antigua. Epicuro conocía padecimientos de este tipo, aunque los describiera con otros términos, y los vinculaba a lo que puede entenderse como dolor social: una herida ética que aparece cuando la vida en común no encaja con lo que se esperaba de ella.
El jardín de Epicuro y una comunidad poco convencional
Epicuro vivió cerca del puerto del Pireo, a las afueras de Atenas y próximo a la puerta de Dípilon, en una propiedad donde se presume que había una vivienda y un huerto amplio. Ese espacio sirvió como sede de su escuela en el año 306 a.C. y se conoció como el Jardín. Allí tenían cabida hombres, mujeres, esclavos y hasta cortesanas, una convivencia que desafiaba a los vecinos de la época.
La entrada del huerto resumía el espíritu del lugar con una frase que hoy suele leerse como una defensa del placer: “Huésped, aquí estarás bien; aquí el bien supremo es el placer”. Sin embargo, esa afirmación puede llevar a una interpretación incompleta si se reduce únicamente al goce material.
En la tradición epicúrea, el placer no se limita a la comida, el lujo o la satisfacción inmediata. También puede entenderse como la búsqueda de la ataraxia, es decir, la calma interior y la ausencia de perturbación. Desde esa perspectiva, el objetivo no sería acumular sensaciones agradables, sino disminuir la dependencia de aquello que puede faltar y causar sufrimiento.
Autonomía: dirigirse a uno mismo
Entre las nociones más importantes de esa propuesta aparece la autonomía. El término procede de autos —uno mismo— y nomos —ley o norma—, y remite a la capacidad de gobernarse y conducirse por cuenta propia. No se trata, sin embargo, de una independencia vacía ni de una mera autosuficiencia económica, sino de la posibilidad de orientar la propia vida con sentido.
Esa autonomía no surge del aislamiento ni de la soledad absoluta. Su base está en el reconocimiento de la utilidad personal y en la comprensión de aquello para lo que cada quien es bueno. Cuando una persona identifica su capacidad de aportar al conjunto, su valor deja de depender por completo de la mirada ajena. La pertenencia a un “nosotros” pasa entonces a ser parte central de la construcción de sí mismo.
En ese punto, los demás dejan de aparecer solo como causa de dolor o de frustración y se convierten también en espejos. A través de ellos es posible reconocer habilidades, límites y formas de contribuir a la vida común. Saber para qué se sirve o en qué se destaca se vuelve, así, un componente esencial de la autonomía.
La amistad como sostén y conocimiento
Epicuro añadió a esa autonomía otro elemento decisivo: la amistad. No se trata de relaciones ocasionales o de vínculos superficiales, sino de presencias reales y sostenidas. No importa tanto la cantidad como la calidad del lazo. Bastan el pan compartido, una conversación o la certeza de no estar solo para que el espacio común se convierta en refugio.
La amistad, en ese marco, permite aprender en compañía y refuerza la capacidad de comprender quién se es y cómo se participa en el mundo. No es un adorno emocional, sino un componente que ayuda a dar forma al pensamiento y a la vida ética. Desde esa perspectiva, convivir con otros también enseña a ubicarse dentro del conjunto.
Libertad como capacidad de elegir
El tercer componente de esta propuesta es la libertad. No se reduce a una consigna, ni a la simple posibilidad de consumir o escoger entre opciones de mercado. En sentido filosófico, la libertad es la facultad de decidir con criterio, con conocimiento y con conciencia de las consecuencias.
Cuanto más amplio es el conocimiento, mayor es el margen real de decisión. Quien solo conoce un par de caminos tiene una libertad muy limitada; en cambio, quien entiende más formas de relacionarse con el mundo y con los demás dispone de más herramientas para elegir. El saber, en ese sentido, amplía el horizonte y evita que la dependencia del azar externo marque por completo la existencia.
Autonomía, amistad y libertad forman así una secuencia que permite pensar una salida ética al dolor social. Identificar la propia utilidad, sostener vínculos significativos y comprender el mundo con mayor amplitud no elimina por sí solo el sufrimiento, pero sí puede reducir sus efectos más dañinos. En esa combinación se resume una antigua receta que sigue vigente para pensar la vida en común.
Lejos de proponer el encierro o el aislamiento, la filosofía epicúrea sugiere una forma de estar en el mundo con menos dependencia de lo incierto y con más conciencia del lugar que cada persona ocupa dentro de la comunidad. El remedio, entonces, no estaría en apartarse de los otros, sino en aprender a convivir con ellos sin perder la capacidad de dirigirse a sí mismo.