La psicóloga Begoña del Campo sostiene que el problema no es que el cerebro sea incapaz de descansar, sino que ha aprendido a mantenerse en un estado de activación constante por el exceso de estímulos. En su análisis, ese entorno de urgencia permanente está favoreciendo una ansiedad que muchas veces pasa desapercibida, pero que impacta de forma directa en la salud mental.
Una sociedad de estímulos continuos
La ansiedad figura entre los trastornos más comunes en España, y Del Campo considera que el estilo de vida actual no ayuda a gestionarla. El acceso permanente a la información, el uso intensivo de las redes sociales, las exigencias laborales y la rutina diaria están creando un contexto en el que la atención se fragmenta con facilidad y la comparación se vuelve constante.
En ese escenario, la especialista describe una especie de ansiedad silenciosa, una forma de malestar que puede no llamar la atención de inmediato, pero que mantiene a la persona en vigilancia continua. Ese estado termina traduciéndose en señales como agotamiento mental y la sensación de no haber descansado, incluso después de parar.
Cuando el cerebro se recalibra
Del Campo explica que el cerebro sí se adapta a la cantidad de estímulos que recibe. El problema aparece cuando esa exposición es permanente: lo que antes era una activación alta pasa a sentirse como algo normal. En ese punto, cuando la persona intenta detenerse, puede aparecer incomodidad o inquietud, como si el silencio resultara extraño.
Para la psicóloga, esto no significa que el cerebro haya perdido la capacidad de descansar, sino que se ha habituado a funcionar en un nivel de activación que no favorece el reposo. Según su planteamiento, el sistema nervioso deja de reconocer la calma como estado habitual si pasa demasiado tiempo sometido a hiperestimulación.
No está diseñado para la activación sostenida
La experta considera que el cerebro humano necesita alternar entre momentos de activación y de recuperación, así como entre atención y desconexión, para desempeñarse de manera eficiente. Sin embargo, advierte que hoy muchas personas viven en una activación sostenida, sin pausas reales.
Incluso los espacios que se asumen como descanso suelen estar llenos de estímulos. Esa dinámica, señala, reduce la capacidad de concentración, incrementa la irritabilidad y genera una sensación constante de saturación. También ayuda a explicar por qué tantas personas dicen no descansar ni siquiera cuando se detienen.
En ese estado, la atención salta de un estímulo a otro sin que el sistema nervioso llegue a bajar el nivel de activación. Del Campo resume esa situación como un uso del cerebro fuera de sus condiciones óptimas.

Cómo recuperar la calma
Modificar lo que el cerebro ha aprendido no ocurre de forma inmediata ni con una sola acción puntual. La psicóloga afirma que no existe un tiempo exacto para ese proceso, porque depende del grado de cronificación, pero sí identifica una condición necesaria: la persona necesita vivir experiencias repetidas de calma para que el cerebro vuelva a calibrarse.
Desde la neuropsicología, la especialista recomienda estrategias orientadas a reducir los estímulos de manera consciente, entrenar la atención mediante prácticas como la respiración o la meditación y trabajar los patrones automáticos de pensamiento.
Del Campo concluye que el cerebro puede aprender nuevas formas de pensar, sentir y reaccionar, y que esa capacidad permite modificar la experiencia subjetiva de la realidad.
