Pitoquito

La perdiz y los gallos

Había una vez un hombre que tenía un gallinero, lleno por completo de gallos. Pero sin saber por qué los gallos se peleaban continuamente. Eran unas aves quisquillosas y poco agradables, que todo el día andaban propinándose picotazos entre sí, y también a quien se les pusiera por delante.

 

El dueño de la casa salía a cazar a menudo, y un día encontró una perdiz viva, en una de las trampas que había colocado. La llevó a su casa y la puso en el corral, para que creciera junto con las demás aves. La perdiz esperaba que tanto en razón de su sexo como de su categoría de extranjera, sería muy bien recibida y tratada por las aves del corral.

 

Ella suponía que los gallos le harían los honores en su nueva residencia. Pero la pobre se llevó una desilusión enorme, pues los gallos no mostraron el más mínimo respeto hacia la recién llegada. Ni en razón de su sexo ni por ser extranjera mereció un trato especial, ya que los gallos le propinaban en cuanto se descuidaba unos buenos picotazos.

 

Al comienzo, la perdiz sufrió mucho, creyendo, que los gallos eran pacíficos y se habían ensañado con ella; pero al cabo de un tiempo de vivir en el gallinero se dio cuenta de que entre sí también se peleaban y propinaban picotazos.

Entonces, se dijo: -Ahora me doy cuenta de que los gallos no me trataban mal a mí sola, sino que entre ellos también se pelean. Veo que los gallos son así: pendencieros y malvados, y les compadezco. Por lo que veo, Júpiter no hizo a los seres iguales, ni con las mismas intenciones, sino que, por ejemplo, los gallos y las perdices son muy diferentes. A mí me gustaría poder pasar el resto de mis días en un sitio más acogedor que éste, pero como he tenido la mala suerte de ser cazada por el hombre, y éste ha decidido tenerme aquí, en su corral, no tengo más remedio que conformarme con mi suerte. Los gallos me inspiran compasión, pero sólo el hombre es capaz de inspirarme odio. Él ha sido el que me ha cazado con trampas indignas, y me ha puesto además a vivir en compañía de unos gallos desagradables y quisquillosos, que me hacen la vida imposible.

 

Realmente, sólo debo quejarme del hombre.

 

La perdiz y los gallos

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