¡Oh!, qué lindo y apuesto eres -dijo Michifuz, un gato muy gatuno a un ratón-. Ven conmigo, pequeño, ven… – No vayas, no -le aconsejó su madre-; tú no conoces los ardides de ese bribón.
– Ven, mi pequeño, ven -insistió el gato-. ¡Mira este queso y estas nueces!… ¡Todo será para ti! – ¿Voy, mamá? – No vayas, hijito. Sé prudente y obediente. – Te daré este bizcocho y muchas cosas más -continuó el intrigante felino. – Déjame ir, mamá -suplicó el ratoncito- – Te repito, tontuelo, que no vayas.
– Nada me hará, mamá. Quiero probar un pedacito… Y sin que su madre pudiera retenerlo salió el ratoncito de su agujero. Después de un rato se oyeron unos gritos: ¡Socorro, mamá, Socorro! ¡Me estrangula el gato! ¡Ay, lectorcillos!, fue demasiado tarde; la mamá nada pudo hacer para salvarlo. La desobediencia del ratoncito lo había perdido para siempre.
Obedece a tu padre y a tu madre y vivirás muy feliz, hijo mío.

