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MAXIME POPOV (ESPECIAL AFP)
«Vine en agosto, cuando un obús cayó en mi cocina, y se derrumbó mi casa», cuenta Tatiana Antolina, que vive ahora en un antiguo refugio antiaéreo soviético en Donetsk, bastión de los separatistas prorrusos del este de Ucrania. Como esta mujer de la limpieza de 49 años, que aparenta 60, unos 40 habitantes de la ciudad llevan meses viviendo bajo tierra en el barrio Petrovski, después de haberlo perdido todo durante los combates del verano. «¿Cuántas veces cayeron los obuses justo en la superficie? Todas las paredes temblaban», recuerda Tatiana, con las lágrimas en los ojos y el brazo en cabestrillo.
«Todos tenemos miedo a salir, aunque esto esté más tranquilo en estos momentos», gracias al alto el fuego instaurado a mediados de febrero en el este de Ucrania.
En el refugio viven cinco niños de corta edad. En todas partes hay ropa tendida, colgada de cuerdas que atraviesan habitaciones llenas de colchones y viejas mantas húmedas. Las velas encendidas recuerdan que no hay electricidad desde hace dos meses. «Todo el mundo huyó del barrio. Los que se quedan no tienen adónde ir», explica Elena, de 76 años, que asegura que en el refugio llegaron a vivir hasta 200 personas en el apogeo de los combates. Galina Lebedich explica, por su parte, que sólo regresa a casa para dar de comer a su perro. Aunque su casa no fue destruida, no puede dejar de pensar en las noches en que los obuses alcanzaron su vivienda. «Me da miedo vivir en casa. En cualquier momento puede pasar algo. Ya lo vimos en diciembre: nada durante un mes, y un día todo volvió a empezar», cuenta, decepcionada, en medio de viejas instrucciones soviéticas que explican cómo sobrevivir a un bombardeo estadounidense.
En el barrio de Kievski, uno de los más afectados por los combates en el cercano aeropuerto de Donetsk, la destrucción de los últimos meses ofrece un paisaje desolador. La mayoría de las fachadas guardan las cicatrices de los bombardeos. «¿Cómo podemos creernos la tregua? Siguen los disparos. Los oímos cada noche», dice Vadim, de 55 años, ante su domicilio, una casa sin tejado ni ventanas. Un cohete Grad arrasó su cobertizo y lastimó a su perro hace tres semanas. En el mercado local, único lugar que parece haber recobrado algo de vida con la reapertura de varios puestos de comida, los habitantes vaticinan un regreso de los combates a partir de abril, tras la Pascua Ortodoxa. «No tengo ninguna esperanza ni ninguna confianza en esta tregua. Seguimos oyendo los obuses, aunque con menos frecuencia que antes», explica Igor, de 30 años.
En el hospital número 21, cerca de allí, los voluntarios se afanan en intentar reparar los daños de los últimos meses. No hay ninguna ventana intacta, todas están recubiertas de plástico negro y cinta adhesiva. El edificio está rodeado de cristales rotos y, en el tejado, un grupo de obreros mueven tablas de madera calcinada cerca de una boquete provocado por un tiro de artillería, días antes del alto el fuego.
«Los disparos que vienen de la zona del aeropuerto y de Piski llegan muy fácilmente hasta nosotros. Eso es lo que llamamos un alto el fuego por aquí», ironiza la jefa de las enfermeras, Liubov Chakurova, de 53 años. Los obreros trabajan, sin embargo, a diario para conseguir que se reabra el establecimiento en abril. Un equipo de la ONG Médicos Sin Fronteras proporcionó medicamentos. Una asociación rusa prometió dar víveres. «Todos tememos que la tregua solo sea una dulce ilusión», reconoce Liubov. «Queremos la paz, queremos trabajar y tratar a nuestros pacientes. Hace casi un año que nos disparan».