Karol Wojtyla, mejor conocido como Juan Pablo II, es recordado por muchos hechos de su vida: sus viajes, su enfermedad, pero especialmente por ser el primero, y hasta ahora único, Papa en ser víctima de un atentado de gran alcance que ponga, incluso, su vida en peligro.
Transcurría el 13 de mayo de 1981, y el sucesor n° 264 de Pedro se disponía a celebrar junto a los fieles el día de la patrona de Portugal, , cuando entre el público apareció la pistola que portaba el turco Mehmet Ali Agca, de 23 años por entonces, y le disparó dos veces: sólo uno dio en el cuerpo del Pontífice.
Leonardo Porzia, enfermero Papal, en declaraciones al Diario Los Andes (Argentina) comentó que: «El día antes del atentado, el entonces Papa vino a vernos a la guardia médica, como hacía regularmente, para saludarnos y conocer algún equipamiento nuevo. En eso nos ponemos a explicarle y, de repente, yo quedo mostrándole la ambulancia que se usaba de guardia para las audiencias en plaza San Pedro. Y con buen semblante me dijo en chiste: «‘Espero que no la tengan que usar conmigo’. Y al otro día se dio al atentado», recuerda Porzia.
Stanislaw Dziwisz, su secretario personal por más de 40 años lo sostuvo en brazos junto a Leonardo Porzia, y juntos llevaron a Wojtyla rumbo al Hospital “Agostino Gemelli” de Roma, dónde el Papa se recluiría unas cuántas veces más, pero no nos corresponde narrar esos hechos… por ahora.
«En el trayecto no paraba de rezar», sostiene Porzia, quien agrega que Wojtyla «estuvo siempre lúcido, mientras le poníamos gasa en la herida para frenarle el sangrado y en el dedo meñique».
«Consciente en todo momento, el Papa nos agradeció el trabajo desde antes de que lo operaran. Luego, ese mismo año me invitó a una audiencia privada con mi familia para el 24 de diciembre, y al tiempo me hicieron Cavaliere de San Silvestro», recordó después de tanto tiempo pero con la emoción aún dibujada en el rostro, porque no caben dudas de que ese día se transformó en un personaje importante de la historia moderna.
La cirugía duró más de 5 horas y en ese transcurso de tiempo el mundo entero entre lágrimas y plegarias rezaba por la salud del joven jefe de la Iglesia Católica. Milagrosamente el Papa sobrevivió, y no sólo eso: atribuyó el milagro de su vida a la protección de la Virgen María en su advocación de Fátima, a quién el mundo celebraba aquel día.
Transcurrieron dos años, y hasta ese momento aquel evento había estado en tensa calma hasta que el mismo Juan Pablo II decide ir al reclusorio de máxima seguridad en Roma dónde el turco, para muchos entrenado por fuerzas comunistas de la “Cortina de Hierro” europea, había entrenado durante años para matar al Papa, dado su orígen polaco y su ferrea lucha contra el comunismo creciente en aquellos días de Guerra Fría.
La víctima se reunió con su victimario por espacio de 20 minutos en aires de confesión, en la que el turco se arrodilló y besó la mano del Papa mientras éste le dio un abrazo que quedó para la posteridad del tiempo. ¿Un misterio en todo esto? Nadie sabe lo que hablaron, pero se presume que el turco le preguntara: ¿cómo se salvó?… Nadie lo sabe, sólo él y aquel que hoy yace muerto en Vaticano desde hace 11 años. Juan Pablo II gobernó la Iglesia por un espacio de 26 años, y cuando esto ocurrió contaba con 3 años en la silla Papal, pero a partir de aquel hecho la salud del Pontífice se vio marcada por el sufrimiento, la enfermedad y el testimonio para muchos de vencer obstáculos físicos.
Luego padecería la enfermedad de Parkinson, que le acompañó a su muerte el 2 de abril de 2005 luego de más de una década entre artrosis, fractura de cadera, entre otros padecimientos. Aquél 13 de mayo de 1981 será recordado por haber hecho de una jornada más con el Papa una verdadera corona de espinas para un hombre que estaba destinado a llevar a la institución más antigua del mundo por un camino recto dentro de su turbulento entorno, porque una mano disparó y otra la desvió, siendo esta en testimonio del propio Wojtyla, hoy san Juan Pablo II para quienes profesan la fe católica, la mano de la Virgen María, a quién consagró el mundo un año después en Fátima ante centenares de miles de personas, y por quién gritó desde entonces: ¡TOTUS TUUS MARIA, EGO SUM – Soy Todo Tuyo, María!.