Dos veces al mes, Yasuo Takamatsu sale en una pequeña embarcación pesquera desde el puerto de Onagawa, en la prefectura de Miyagi, y se interna en el mar para bucear en las aguas que se llevaron a su esposa, Yuko, durante el tsunami de 2011 en el noreste de Japón.
Una búsqueda que se volvió ritual
La mañana del desastre, Yasuo llevó a Yuko al trabajo. Durante el corto trayecto hablaron sobre la cena. Horas después, cuando sonaron las sirenas de alerta, ella subió con 12 compañeros a la azotea del banco donde trabajaba y desde allí le envió un mensaje: “¿Estás a salvo? Quiero volver a casa”.
Yasuo creyó que su esposa había sobrevivido, pero al día siguiente le dijeron en el hospital municipal donde estaban los sobrevivientes que el tsunami se la había llevado. “Después de eso, no podía ni mantenerme en pie”, recordó.
Durante dos años observó cómo los buzos de la Guardia Costera de Japón buscaban cuerpos y recuperaban pertenencias entre los restos. Entonces decidió aprender a bucear. Desde entonces ha completado más de 760 inmersiones.

