Experiencia Panorama

Tiempo de volver a «Popy»

“Poty” es un vocablo guaraní que significa flor. También fue el nombre del personaje de dibujos animados español que marcó una época en su género. Una tarde de 1970, en los estudios de la Cadena Venezolana de Televisión (hoy canal 8), Trino Mora y Dionisio Rafael López Ramos, integrante de Los Dionis, dialogaban en torno a la creación de un personaje muy especial, un payaso, que hiciera reír a grandes y pequeños con chistes y bromas cargados de candidez e ingenuidad.

Durante la grabación de una presentación ad hoc, López se confundió y exclamó Popy, en vez del vocablo.  Emergía el protagonista de un segmento “light” que le permitiría a López alcanzar fama y fortuna con un nombre magnífico, secuencia del gusto popular infantil vernáculo manipulado por el negocio televisivo. A

sí nació Popy, el nombre que signa en Venezuela el oficio hermoso de sembrar ternura y esperanza, sendos factores que hoy más que nunca se extrañan y que ningún otro oficio artístico encarna de tan fiel manera. La sola palabra “payaso”, con todo y las mutaciones y mutilaciones que la globalizada industria del espectáculo le han endilgado, inspira e instiga una emoción cándida y gratamente perturbadora.

 Popy prodigó esa imagen y marcó una huella indeleble en el alienado subsconciente del populacho. Heredero de su colega de medios, “Toco” Gómez, quien también participó en aquel iniciático “boom” de los performistas del arte del payaso (“Los dientes de abajo se cepillan hacia abajo, los dientes de abajo se cepillan hacia arriba; y tus muelitas debes limpiar  con un movi mien to cir cu lar”).

López  Ramos  (Caracas, 3 de marzo de 1946 – 27 de agosto de  2010) cantó, bailó y produjo material de indudable ascendencia sobre aquel pueril mercado. Junto con su colega, Gustavo Pérez Méndez, creó el grupo Los Dionis. Pero fue en 1970, en VTV, con el programa El club del clan, cuando perfiló su preferencia por el público infantil. Rutinas sencillas, con un toque “naif”, donde no pretendía  emular la grandilocuencia del concepto de gran pasayo o big clown, representado en el pasado siglo por eminencias de dicho arte, como el ruso Oleg Popov, ducho en el arte del retruécano y en el insólito oficio de amaestrar gatos bellos.

Lejano aquel Popy, como casi siempre lo estuvo, de la magnificencia del modelo inspirador de obras maestras del arte universal, codificadas en áreas sublimes de la estética, como por ejemplo, en la música, donde encontramos, por ejemplo, la obra “Pagliacci”, Payaso, del compositor italiano Ruggero Leoncavallo, una tragedia de amor y celos acontecida en el seno de una compañía teatral de la Comedia del Arte, interpretada por los más venerables tenores del mundo. Nada que ver con Popy, tampoco las adoloridas cuitas de los grandes cantantes, el mexicano Javier Solís o su colega español, Rafael, llorando y haciendo llorar con el asunto y patético del payaso.

Mientras se va vistiendo con su traje rojo, el actor zuliano Reinaldo Sánchez, quien creó el personaje de “Moikishii”, que en wayunaiki quiere decir “Hombre sin pelo”, declara su distancia clave con respecto a Popy, cuya trayectoria reconoce aunque deslinda: “Vengo de la calle, donde hace 35 años encontré sentido a mi vocación como hombre de circo, siempre declarado en calle. Mi primera actuación fue como ‘Niño Jesús’, en un pesebre viviente y desde ahí presiento que es el don y la facultad de promover e inspirar risas, suspiros y, de acuerdo, de vez en cuando un poquito de miedo”.

“Tolito”, el payaso que hace Roberto Morán junto con Héctor Nava, llamado “Watton”, encarnan en sus espectáculos esa vocación resiliente del arte del payaso. Resiliencia es un término que alude la voluntad o capacidad humana para superar traumas, léase conflagraciones y tragedias. En ese marco, ellos plantean una síntesis espléndida de lo que significa alegrar, entusiasmar, inspirar y fortalecer la autoestima, no solo de los infantes que los presencian, sino de los adultos mismos. 

Con ambos hemos recordado las peripecias del payaso interpretado por “Hans Schnier”, el fabuloso protagonistas de Opiniones de un payaso, la monumental novela sobre un artista ateo en plena crisis de su país, que le valió a su autor, el alemán Heinrich Böll, el Premio Nobel de Literatura. Un payaso con una rutina estupenda: “La partida y la llegada, una larga (casi demasiado) pantomima, en la cual el espectador  acaba confundiendo la llegada con la partida; puesto que frecuentemente vuelvo a ensayar dicho número en el tren (consta de más de 600 mutis, cuya coreografía debo naturalmente tener presente”. Risa y encanto. Esa fórmula es infalible.

Milagros Rodríguez costeó sus estudios con las funciones que ofrecía como payasita de un grupo de animación y entretenimiento: “Poco que ver con el verdadero oficio del payaso, que es una cosa muy seria. Un payaso verdadero no mata tigres ni vende su alma al papá mejor postor. Pregúntese por qué, en la película sobre la vida del médico que curaba con risa, el actor Robin Williams, haciendo de Path Adams,  “Ve lo que los demás no ven. Lo que los demás deciden no ver, por temor, conformismo o pereza. Ve el mundo de forma nueva cada día… Ríete de ti…”.

Popy creció como una franquicia. Anexó a Popylandia, luego El show de Popy”, a su esposa, Popina, además de sus colegas  payasos, Popó, Mr. Fabis y Don Potoco, además de El Mago Sabú Alsabú, La conejita de Popy y también a su hija, Carolina, con quien cantaba algunos temas. Venezuela, Colombia, Perú, Puerto Rico y otros países del área hispanoparlante registraron un eco de aceptación que puso a los gerentes de Venevisión  tras su rúbrica, generando así “Fiesta con Popy”. El producto estaba listo. Luego produciría allí “El club de los tigritos” y lanzaría nuevos talentos del negocio. Giras, fiestas pagadas, entre otras maneras de engrosar el  ícono por él recreado.

El director Román Chalbaud siempre cuenta una anécdota que lo mantiene siempre emotivo: siendo muy joven grabó una cuña vestido de payaso, junto con José Ignacio Cabrujas. “Siempre pensamos que la escena venezolana carecía de historias donde los payasos fuesen protagonistas fundamentales, cuando ellos mismos representan tanto para aliviar las cargas cotidianas. Un payaso bueno siempre hace mucha falta a un país donde abundan más los personajes de la picaresca”.

En este punto cabe la reflexiones derivadas del libro de Axel Capriles sobre el comportamiento del venezolano a propósito de los caracteres de la narrativa popular criolla, Tío Tigre y Tío Conejo. El nombre de Popy ha terminado siendo una devastadora metáfora. “Ponerse Popy” significa hacerse el problemático u oponer resistencia de maneras distintas. Así las cosas, no son pocos los reporteros de sucesos que registran las trágicas declaraciones de los criminales cuando intentan justificar sus actos abominables recusando a sus propias víctimas: “Se me puso Popy y lo quebré”, ha dicho más de uno de estos depredadores sociópatas.

En cualquier caso, lleguen todas las “potys”, las flores del mundo, tanto para el maestro ruso como para el entrañable payaso criollo. Que resuenen los aplausos. Son tiempos ideales para volver a recuperar ese payaso que todos guardamos dentro.

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