En un andén distante, sendos personajes se encuentran y comienzan a reflexionar sobre su condición desarraigada. Víctimas del exilio forzado, ambos intentan escapar de sus respectivas tragedias. Bruna y Oscar, se llaman. Nuestra Señora de las Nubes. Así se reconocen, como oriundos del mismo pueblo así llamado.
Es el marco idóneo para comenzar un viaje teatral por distintas vidas de esa misma comarca. Una obra teatral que inició su vuelo, miércoles y jueves pasados, con sendas funciones en las que ocurre un maravilloso despliegue de situaciones ubicadas en medio de un círculo de tiza histórica. Los protagonistas, Lolimar Suárez y Arnaldo Pirela, acompasaron una cadencia escénica sublime, durante la hora y media que dura la representación. Sobre eso escribimos ahora…
Llegar al Teatro Baralt, esa joyita siempre emocionante de visitar, sentarse en la tercera fila, contemplar el plafond del eximio maestro Antonio Angulo (urgente entrevistar a Élida Salazar sobre este adelantado estético) y aguardar por este miiagro del buen teatro que nos ha puesto en escena el bienamado maestro Javier Rondón, quien tomó el texto del dramaturgo y actor argentino Arístides Vargas (Córdoba, 1954) y, junto con la correctísima y atemperada interpretación de Lolimar Suárez y Arnaldo Pirela ofrendaron una función de estreno de una obra que, cero coincidencias, permite vislumbrar, advertir y reflexionar sobre cualquier país
«El verdadero exilio aparece cuando uno comienza a matar las cosas importantes», destaca ella en un momento clave de la pieza. Los maestros venerables del grupo Malayerba, Arístides Vargas y Charo Francés, representando al Ecuador. El director de la pieza, Javier Rondón, dispuso de ese espejo circular donde mirarse, como si la historia fuese redonda como la luna que alienta el sueño y las esperanzas de los exiliados del orbe.
Sobre el escenario el espectador avezado advierte esa mezcla sustancial de fundamentos que refieren nociones acerca de la naturaleza de el viaje, la bondad prolija de la (des)memoria, la fortaleza que jamás cesa a partir de la definición concisa de términos como «(des)arraigo» e «identidad», el constante fantasma de la violencia (oficial y marginal), la transida perturbación que produce la palabra «pérdida» y, una vez más, el desarraigo. Todo con un despliegue de fino humor que matiza con una insólita terneza que siembra esperanzas en el corazón de quien mira la obra.
Ellos dibujan un círculo (El escritor Enrique Romero confidenciaba del guiño al dramaturgo alemán Bértolt Brecht y su obra El círculo de tiza caucasiano) que aparece sobriamente iluminado (la buena iluminación dispuesta y manejada por José Cabrita, fortalece y sustenta cada una de las transiciones de la obra), representa distintos escenarios: el andén de un indescriptible puerto o estación solitaria y fría como la desventura, la casa de una vieja mujer y su nieto, la sala del alto gobierno de ese ¿país?, el teatro donde ensayarán una imaginaria fábula (“Si el país fuese un instrumento musical, en el «concierto de las naciones», ¿cuál sería?..¡Un bombo!! porque hace harto ruido y a final de cuentas es prescindible”).
La música compuesta especialmente para la pieza por Enrique Rincón también coadyuva en el logro de las distintas transiciones dramáticas, aportando ese toque de teatralidad y buen gusto que hace de este montaje una muy digna referencia del alto nivel de oficio que ha ido consolidándose acá mismo, en Nueva Zamora de Maracaibo. Lolimar Suárez regresa a las tablas con un manojo de flores que va regando en la medida que avanza la pieza, poseída de un ritmo y una fuerza interior tales que nunca decae el interés por la palabra, correcta y muy bien dicha por este par de artistas que, desde la esfera de lo real trascienden al universo regio del escenario.
Arnaldo Pirela propone un rol mesurado y tan sobrio que por momentos ambos intérpretes bien podrían asimilar todo el repertorio chejoviano, dada la calidad de las pausas, el valor y el sentido de cada silencio, en fin, una delicia, muy bien apoyada en la complicidad rigurosa de Silvia Martínez, Yajaira Machado, Denny Fernández, el escenógrafo Heberto Morales y un toque de distinción aportado por el compinche ceramista del director, don Adolfo Morales.
Otro maestro, del ensayo, Miguel Ángel Campos, escribe en la nota entregada al público: «Pieza para ser oída…Sabemos que estamos siendo puestos a prueba (los piropos de los hermanos Aguilera)..La mise en scene debe afrontar la prueba de la elocución, cómo decir esto, de transmitir a un público una carga despojada de información y llena de comunicación». Y, es el logro sustancial de esta puesta en la que Bruna y Oscar terminaron recibiendo un prolongado, sentido, aplauso de afecto y reconocimiento a la buena vibra que vertieron sobre el escenario durante hora y media..
Esta producción realizada por Viviana Márquez es un montaje que florece en la medida que recordamos sus detalles íntimos, como esa escena donde Bruna esparce las cenizas de ¿un país? que de no ser por el arte del teatro sí que se nos estaría terminando de morir. Pero, como parafraseamos al cineasta Francis Ford Coppola, «El arte nunca muere».
El director Rondón observa, luego de la función, algunas claves: “La obra fue escrita en Ecuador en 1998; nuestro montaje se apega rigurosamente al texto original (con excepción de una inflexión del verbo “bachaquear” que introduje yo, confieso ante todos). A muchos espectadores les cuesta creer que esos diálogos no hayan surgido en estos días, en este país y en esta crisis.
Lo que pasa es que la Historia es cíclica, quizás porque no hemos aprendido, o tal vez porque nuestro destino es el desatino. Yo creo que las historias del poder, y también las del amor, suelen ser circulares. Esta es, actualmente, la pieza más representada en el continente. Es una obra a la vez pertinente e impertinente. Pertinente, como son y seguirán siendo los clásicos, que siempre hablan de nosotros; impertinente, porque sus diálogos son duros y severos, y no piden disculpas por ello. Pertinente para nosotros los venezolanos, porque “Nuestra Señora de las Nubes” nos habla de cosas que duelen: de amigos, hermanos, sobrinos, que se van “vacíos y asombrados” como dice Bruna, pensando, al igual que ella, que “lo que viví cabe en una caja de fósforos que vendía una señora… ¿cómo se llamaba?…” Sólo debemos cambiar la caja de fósforos por una maleta de 23 kilos, y estar preparados para el golpe en la boca del estómago”.
Lolimar es actriz-periodista: “Con esta alianza con el proyecto de Commedia del Lago, de Javier Rondón, estamos refundando o reincorporando a la escena regional al grupo Teorema, que tuvo mucha actividad en la facultad de Humanidades de LUZ en los años 80. La experiencia como Bruna fue una tarea difícil porque involucró reencontrarse con el oficio del actor y todas sus complejidades. Javier, a quien admiraba como espectadora de sus trabajos pero que personalmente no conocía, me recordaba que el actor no olvida su instinto, que manejar bicicleta jamás se olvida, entonces me propuse poner a prueba esa verdad. Pasado el estreno, entiendo que parte de esa alegría por el resultado deviene de muchas pequeñas acciones que asumí para calzar los zapatos de Bruna, como dedicar domingos y muchas noches a su comprensión, ensayar, ensayar, observar y hacer conciencia de la importancia de la memoria, de la palabra y de la voz en este trabajo.”.
Arnaldo Pirela trazó sus líneas: “Los textos de esta pieza, son tramposos para la memorización. Sin embargo, fue la tarea primera para realizar y obviamente la responsabilidad de todo actor: memorizar sus parlamentos. Aquí en NSDLN Arístides Vargas, te coloca más allá de lo dialogal, en la poesía y dialogo que dificulta “el pie” de la concatenación dramatúrgica a la que nos enfrentábamos. Gracias a Javier Rondón por pensar en que pudiera ser yo el actor para esta puesta. Destaco la mística, la sensibilidad y entrega del personal del teatro Baralt, gente que con poco hace mucho y que sin ellos sería imposible escuchar un aplauso. Una dirección solícita y unos actores de oficio dan cuenta de esto que ofrecemos a usted señor espectador y a quien exhortamos a que nos acompañe en la siguiente función…”.
Espectadora y actriz, Nurielcy Guerrero comentaba:
Esta noche ha sido uno de los mejores momentos que he vivido en el teatro. No pude tomar una buena foto porque mientras lloraba me temblaban las manos y cuando reía ni se diga… Pasar de una emoción a otra de tal manera como nos hizo sentir «Nuestra señora de las nubes» es saber que más allá de lo que vemos, siendo nuestro reflejo, es el valor y el trabajo que estos intérpretes han hecho para sentirnos dentro de ellos con el mismo sentimiento. Estoy infinitamente agradecida al director; Javier Rondón (mi maestro) por tan impecable y conmovedora puesta en escena. Un trabajo que debe seguir mostrándose».