Maestra, sí, en el magno sentido que la gran pedagogía confiere a la palabra. Doña Inés Laredo enseña, aún en sus instancias más dramáticas, que el teatro es una cátedra permanente de vida, que en las circunstancias más difíciles, la dignidad ni se negocia ni se mendiga.
Es una verdad patente en todos y cada uno de los escenarios donde ella ha mostrado la fuerza del arte como magisterio irreductible.
Jenny Lind Izaguirre alertó, el pasado martes por las redes sociales, sobre el delicado estado de salud de la maestra chilena, quien, en 1948, junto con su esposo, el artista Carlos Áñez Urrutia, llegó a Maracaibo para sembrar un jardín de gestos y palabras que constituye su mayor legado.
Pero las circunstancias actuales requieren, más allá de la justicia de los reconocimientos y las loas, de una solidaridad tangible y concreta, sin discursos ni excusas, para que la atiendan los mejores médicos y con plena disposición de los medicamentos requeridos.
Es lo menos que se puede hacer por la Doctora Honoris Causa de LUZ. Reino de las aciagas paradojas, las clínicas a las que llevaron a la maestra Inés, se negaron a recibirla por el estado de morosidad de la institución académica.
La dramaturgo Yasmina Jiménez informaba del «ruleteo» que ha soportado doña Inés: «Ahora está estable, en la emergencia de la Policlínica Maracaibo, donde el diagnóstico previo señala dengue, aunque están descartando otras causas. Ayer la llevó AmeZulia, a La Sagrada Familia y la Paraíso, donde se negaron a atenderla por los trámites negados al seguro de la Universidad. La verdad es que la vemos muy delicada en su cuadro de salud». La entrañable colega y cómplice Marlene Nava, ayer muy temprano, redactó una carta al secretario de cultura, Wolfgang Viloria, donde le suplica que asuma el caso Inés Laredo como un clamor regional.
Nava suscribió, ayer, sus motivaciones y con un nudo en la garganta advirtió que toda la ciudad debería asumir como suya esta causa que trasciende el ámbito del quehacer cultural y se proyecta más allá, hacia el territorio de las vergüenzas públicas.
Insistimos en telefonear al secretario de Cultura, pero resultó infructuoso. Tanto Marucha Antúnez como Juana Inciarte, del Grupo Tablón, han multiplicado esfuerzos, junto con Ana Villalobos, para acompañar la convalescencia de su maestra. “Hay indicios positivos de una respuesta de ayuda. La trasladaron a una habitación y solo Dios dispone ahora de su ser”.
Es decir, que la situación crítica que confronta con nobleza de diosa nuestra Inés Laredo, representa una nueva y contundente lección de ética. Deontología para principiantes y legos. Al artista, sobre todo a los de 96 años bien servidos en causas tan nobles como las que definen su trayectoria, hay que cuidarlo, preservarlo, verbo y gracia, retornarle su recompensa. No sólo por esas más de 70 obras montadas del repertorio clásico universal, o por esos centenares de individuos bien formados en el arte de la paideia o por todos los artífices de la actuación y demás áreas inherentes al oficio teatral, sino por ese amor que ella ha magnificado con generosidad ejemplar.
Con sus alumnas dilectas activas en instituciones como Tablón y Mampara, compartimos este clamor por la vida de la fundadora del Grupo Sábado.
Desde los tres años, la hija de artistas de la escena en su Chile natal, mostró su talento innato. Y que en la Universidad de su país, en la misma que tuvo como alumno prócer a un tal Víctor Jara, ella aprendió muy precozmente que la acción y la intervención social resultan clave para la propedéutica teatral.
En su adolescencia, Inés iba con sus agrupaciones a las comunidades y barriadas de Chile, para desarrollar un teatro de alcance reivindicativo. Deberían recordar que cuando a un niño se le enseña a respirar, a vocalizar, y, sobretodo, a conectar su cerebro con su corazón, tal cual el magisterio que Laredo nos enseña, los resultados son definitivamente revolucionarios. Coordinar esfuerzos e iniciativas para atenderla representa el más trascendental rol que le tocaría a cualquier autoridad, no como político, sino como ser humano. He ahí la última lección de Inés contra el olvido.
Estaría extinta cualquier esperanza si el patetismo burócrata impide una prospectiva legal e institucional que impida la muerte de mengua de tantos hombres de ciencia y de arte. Por ahí sobran casos para acompañar, como el de la actriz Sol Sosa, por ejemplo. El Estado está en deuda. El tiempo corre.