El maracucho de 18 años y estudiante de derecho recuerda con dolor el 2011, cuando su vida cambió por completo al sufrir una parálisis a frigore, que le dejó el lado izquierdo de su cara caído, por entrar a la casa luego de jugar fútbol, sudado y acalorado, y de inmediato abrir la nevera para tomar agua.
“El sábado cuando mi mamá me vio me dijo ¿qué tienes en la cara que la tienes torcida?, porque pensaba que yo estaba haciendo muecas. Pero, no era así, cuando me vi al espejo sentí un temor terrible, no sabía lo que me pasaba y me daba miedo que fuera algo que no tuviera solución”, cuenta con desespero.
Su caso empeoró porque no fue rápidamente al médico pues era sábado y debió esperar hasta el lunes para ir, por lo que perdió 70% de la movilidad del rostro, lo que hizo que su recuperación resultara más lenta y traumante.
Ernesto durante sus vacaciones en Margarita en 2011. Su cara se ve afectada por la parálisis facial
El médico internista Elio Ríos explica que la parálisis de ese tipo, se relaciona con los cambios bruscos de pasar del calor al frío, por lo que es recomendable refrescarse primero y si se sufre una parálisis, el primer paso es acudir al médico para un diagnóstico, tratamiento y rehabilitación temprana.
“Mi mamá me comenzó a masajear la cara porque me quedé en la casa por ser sábado y eso hizo que el grado de parálisis fuera más intenso. El lunes fui corriendo a primera hora al médico y me dijo que iba a ser más difícil la rehabilitación, que generalmente era cuestión de semanas para tratarla, pero como me compliqué tardé dos años en terapia y fue lo que me ayudó a mejorar”, detalla Ernesto.
Ernesto Isturrieta a los 13 años cuando sufrió la parálisis
Aproximadamente 12 horas pasaba el menor de tres hermanos fuera de su casa, entre el colegio y las terapias, lo que hacía que poco a poco, el cansancio lo fuera venciendo.
Levantarse a las 6:00 de la mañana para ir al colegio, salir a la 1:00 de la tarde, llegar a su casa, almorzar algunas veces, pues otras no le daba tiempo y se llevaba el almuerzo, salir corriendo a la clínica y llegar a su casa aproximadamente a las 6:00 de la tarde para hacer tareas y estudiar, era la rutina que lo fue desgastando.
“Siempre estaba muy agotado porque tenía que acostarme tarde por las tareas y exámenes. Recuerdo que un día llegué del colegio y me quedé dormido, mi mamá me levantó para ir a la terapia y me puse a llorar porque no podía más. Ya tenía casi un año en ese plan y mi mente y mi cuerpo no daban para más, pero mi mamá me dio unas palabras de aliento que fueron las que me ayudaron a seguir y no rendirme”, narra Ernesto.
Su madre, quien fue su pilar fundamental, confiesa que esa etapa no fue fácil, pues el cansancio también se adueñaba de ella, quien era la que lo llevaba y estaba con él de lunes a viernes en sus terapias. Pero, no se permitió demostrarlo, al contrario, le daba fuerzas a su hijo porque lo veía muy mal, e incluso bajó su promedio en el colegio.
Ernesto junto a su mamá Rosalba Vargas a los 15 años
“Era un muchacho de 20 puntos y bajó el promedio a 16. Yo lo esperaba con el almuerzo listo, a veces no le daba tiempo ni de bañarse, y nos íbamos a la rehabilitación. Hubo momentos que tuvo que hacer las tareas allá, yo lo ayudaba, pero él ya no quería hacer las terapias porque se sentía muy agotado, se me quería debilitar y yo también me sentía agotada, pero insistí tanto, le decía pa’lante y no dejé que él se rindiera”, cuenta Rosalba.
Su madre lo acompaña en cada concierto con la Orquesta Sinfónica Juvenil e Infantil Fundación del Niño Zuliano
Ernesto, quien además de estudiar, es músico y toca el contrabajo en la Orquesta Sinfónica Juvenil e Infantil Fundación del Niño Zuliano, a sus 13 años quería tener la vida normal de un adolescente, pero no podía, pues debía vivir aferrado a sus terapias, de hecho ni las vacaciones, que eran su único respiro, las pudo disfrutar.
Sus padres y dos hermanos estaban entusiasmados por unas vacaciones en Margarita que estaban planeadas desde hacía mucho tiempo, pero debido a las terapias de Ernesto habían decidido suspenderlas. Afortunadamente no lo hicieron, pues esas vacaciones resultaron muy beneficiosas para su recuperación.
“No íbamos a ir porque estaba en rehabilitación, pero la fisiatra nos dijo que era beneficioso para él, que se podía bañar en las playas, pero en la tarde porque no podía pasar sol. De hecho nos contactó con un fisiatra en Juan Griego, para donde íbamos y así hicimos. Dejábamos a los otros hijos en el hotel, y mi esposo y yo nos íbamos todos los días con él. Esas vacaciones fueron agotadoras pero beneficiosas porque las terapistas allá le tomaron tanto amor, pues en la clínica no habían niños, solo era él y le tomaron empeño a su caso, se dedicaron con él y ahí avanzó mucho más”, detalla Rosalba.
Aunque mejoró mucho mediante las terapias en esas vacaciones, Ernesto las recuerda como las peores, pues no pudo disfrutar, vivía como en su casa, de terapia en terapia.
“Él lloraba porque no se podía bañar, mientras sus hermanos estaban disfrutando, él estaba todo el día en terapias, y lloraba porque no disfrutó mucho sus vacaciones, llegábamos a las 12:00 del mediodía allá y salíamos a las 6:00 de la tarde, ya en la noche lo llevábamos para que se bañara en la playa y casi no había gente, fue un período de mucho esfuerzo y perseverancia y de darle ánimos, pero era lo mejor para él”.
Ernesto junto a sus padres Rugenio Isturrieta y Rosalba Vargas, y sus hermanos Endrick y Ender Isturrieta
Su cara aún no ha vuelto a la normalidad, a pesar de que fueron dos años de terapia. “Todavía tengo secuelas, aún se me voltea la cara cuando estoy estresado y cansado, pero he mejorado, no se me nota tanto”.
Unas de las cualidades que posee el joven son su seguridad y confianza, y en esta ocasión lo ayudaron mucho, pues no permitió que las burlas de sus amigos en el colegio por su cara caída lo afectaran.
“Ellos se burlaban de mí pero yo no les prestaba atención, lo dejaba pasar, eso no me afectó. Y como veían que no me importaba, dejé de ser el hazme reír. Las palabras de mi madre siempre me alentaron a no prestarle atención a eso”.
En 2014 se graduó de bachiller
En medio de esta experiencia, la música tomó un lugar fundamental en su vida. A sus 11 años ya estaba en academias de música, tocaba guitarra y teclado, pero al sufrir la parálisis quiso abandonarlo pues estaba decaído.
Comenzó en la música tocando el teclado
Sin embargo sus padres lo motivaron a seguir y a los 15 años ingresó en la orquesta Sinfónica Juvenil e Infantil Fundación del Niño Zuliano, tocando el contrabajo. Actualmente cursa segundo año del instrumento y se ha presentado en innumerables ocasiones, llenando de orgullo a su familia y a él mismo.
Actualmente toca el contrabajo y es su pasión
Leer, estudiar, ir a la orquesta y practicar contrabajo, forma parte de su rutina actual, que disfruta, nada parecida a aquella de hace cinco años; aunque confiesa que lo que vivió le cambió la vida y lo hizo madurar.
Ernesto durante un concierto con la Orquesta Sinfónica Juvenil e Infantil Fundación del Niño Zuliano
“Me di cuenta que el único salvador que uno tiene es uno mismo. Dios va a orientarte, a salvarte, pero el cambio lo hace uno mismo. Me hizo unirme más a mis padres, mis hermanos y familia y mi filosofía de vida cambió totalmente. Dejé de intentar la mediocridad, y me he esforzado en ser una mejor persona en mis emociones y sentimientos. Aprendí que no me tienen que pegar las cosas negativas, debo tomarlas como un motivo para seguir adelante”.
A sus 18 años Ernesto estudia sexto semestre de derecho 