“…(Cómo es que) no se haya contado con las mujeres para proteger su seguridad… El sexo femenino, Señor Gobernador, no teme a los horrores de la guerra, antes bien, el estallido del cañón no hará más que alentar, su fuego encenderá el deseo de libertad, que sostendrá a toda costa en obsequio el suelo patrio…”. El anterior, parece un texto muy atrevido para una fémina del siglo XIX, pero fue un documento titulado Bello sexo al Gobierno de Barinas, firmado por Josefa Camejo, también conocida como Doña Josefa, el 18 de octubre de 1811, enterada de la invasión que intentaban los realistas guayaneses por San Fernando. Josefa Venancia de la Encarnación Camejo fue una de las heroínas de la historia independentista de Venezuela, nacida en Paraguaná (Falcón) un día como mañana, hace 225 años (1791). Ella fue la mujer destinada a declarar la libertad de Coro (1821) a favor de los libertadores y tras derrotar a las tropas realistas, en una época en que las noticias iban a pie, en burro o en caballo. ¿Acaso Josefa era una esclava agobiada por el sometimiento de los colonizadores españoles a Venezuela? ¿Una mujer impulsada por sus bajos recursos a cambiar el destino de su país? Pues no, en todas sus biografías se le describe como integrante de una familia insigne, hija de Miguel de Camejo y Sebastiana Talabera Garcés, propietarios de un fundo en que vivían en Aguaque, en Curaidebo, Pueblo Nuevo. De acuerdo con lo que recopila la docente universitaria Berta Vega, en los hatos y posesiones de Paraguaná se cultivaba maíz, yuca, ajos, auyama, cebolla, frijoles y algodón. Si la cosecha había sido buena, el padre de Josefa llevaba maíz hasta Coro y lo vendía al mejor precio que pudiese. O lo llevaba a las islas. Su padre hablaba constantemente de la lluvia. Dos ojos de agua había cerca de Pueblo Nuevo. Don Miguel de Camejo decía que era agua cristalina y buena. Solía empezar a llover en septiembre u octubre, y si proyectaba ser un buen año —como lo acostumbraba a decir—, llovía hasta enero. Al tiempo de lluvias lo llamaban tiempo criollo. También los esclavos y sirvientes estaban pendientes de que se llenasen de agua los estanques para el consumo de la casa y de los animales. Si además llovía en mayo, se apresuraban a sembrar. Todo dependía de la lluvia. Pero Josefa no pasó toda su vida criada en ese ambiente agricultor. El historiador Luis Alfonso Bueno cuenta que Josefa recibió una esmerada educación. Estudió en el colegio de las hermanas Salcedo (Coro) y después la enviaron a un convento de monjas, en Caracas. Fue allí, donde ésta mujer de piel blanca, ojos y cabellos negros, mulata pues, se encontró, a sus 19 años, con el estallido de la revolución del 19 de abril de 1810. Inmediatamente se sintió identificada con las ideas independentistas y se sumó a las acaloradas discusiones de la Sociedad Patriótica. No era la primera vez que estaba ante la presencia de un hecho histórico, pues cuando tenía 15 años, el 3 de agosto de 1806, Francisco de Miranda desembarcó en La Vela de Coro e izó el Pabellón Nacional. En 1811, Josefa viaja a Barinas, donde residía su tío monseñor Mariano Talavera y Garcés, quien tuvo una influencia clave en la vida política de Josefa. Él se desempeñaba como vocal de la Junta Patriótica en calidad de diputado por el clero.
En Barinas se reunían en las casas de las familias Briceño, Méndez, Iribarren, Coeto, Villafañe, Linares, Porras, Montes de Oca y otras. Los asuntos de la guerra de Independencia eran los más tratados. Se divulgaban noticias de las dificultades y los triunfos del Ejército libertador. Tras firmar el documento de Barinas, la ciudad fue asediada por tropas realistas al mando de José Antonio Puey, por lo que el gobernador Manuel Antonio Pulido se vio en la necesidad de llevar a cabo el traslado de la población a San Carlos, Cojedes, travesía a la que se incorporan Josefa Camejo y su madre, pero esta última muere ahogada intentando cruzar el río Santo Domingo. Josefa contrajo matrimonio con el prócer coronel Juan Nepomuceno Briceño Muñoz. Vestida de hombre, vagabunda o a veces de mendiga, Josefa logra pasar desapercibida en las tropas. Así llegó hasta San Carlos. En 1815 viaja Nueva Granada. Ya estaba embarazada de su primer hijo. Allí encontró refugio en la casa de la familia del general Francisco de Paula Santander. Su esposo había regresado a Venezuela a continuar la lucha. Así pues, su primer hijo, Wenceslao, nació en Bogotá. Allí Josefa también se ocupó de los asuntos de la patria. La noticia de la liberación definitiva de la provincia de Guayana, en 1817, por el Ejército patriota comandado por Simón Bolívar, así como la restauración de las instituciones republicanas, se constituyeron en una alegría inmensa para ella. Pese a los espías, Josefa participaba en reuniones clandestinas para estar al tanto de lo que en Venezuela ocurría.
La falconiana permaneció en Bogotá hasta 1818. Ese año, en agosto, Bolívar, al mando de un ejército de Venezuela y de la Nueva Granada en la Campaña de los Andes, con Francisco de Paula Santander y José Antonio Uzcátegui, derrotaron en Boyacá al ejército español. Y fue como reflejan los libros: Bolívar entró en Bogotá y se hizo firme la independencia de la Nueva Granada.
La guerra, no obstante, parecía interminable, aunque los deseos de libertad de Josefa eran más fuertes. En 1821 se puso al frente de 300 esclavos que trabajaban en su hato de Paraguaná, para de esta manera conducir una rebelión contra las fuerzas realistas de la Provincia de Coro, aunque fue derrotada, no desmayó.
