Experiencia Panorama

Reportaje: En las entrañas de las chirrincheras

El viaje inicia en una cola kilométrica y desordenada. No es la fila recta que enseñaron a hacer en la escuela, al contrario, parece una culebra con curvas que llegan a ocupar hasta tres cuadras.  Cuando llega la temida “hora pico”, la cola se acentúa aún más. Esta vez no es en un supermercado o un cajero automático de algún banco.  Es gente desesperada por un medio de transporte  en una de las calles más transitadas de la ciudad.

Pasa un carrito destartalado, full, de esos que tanto dicen, que si te cortas con él te da “tétano”;  pasan dos, tres, cuatro y la cola sigue intacta.  Se ve venir esta vez un microbús con el emblema en el vidrio: “Amor de madre” que está “hasta las metras”. 

 “¡Dios mío, no cabe un alma!”, exclama una señora cuarentona que lleva a cuesta una bolsa de verduras que compró en el centro.  En el pequeño bus viajan pasajeros sentados,  parados “espalda con espalda” y otra docena más de “banderita”, desafiando el peligro y como una especie de surfeo vehicular, medio cuerpo afuera y medio cuerpo adentro de la unidad.

La cola lleva intacta más de cuarenta minutos, es poco, pero bajo el sol típico del centro de Maracaibo, se hacen eternos. No hay agua o guarapo que pueda calmar la sed, el efectivo disponible  es solo para pagar la “carrerita”.  Por un momento a un joven le dan ganas de comprarse un jugo de caña por 15 mil bolívares, pero cuando recuerda la otra cola que debe hacer en el banco para sacar efectivo, se le quitan las ganas.

“Diositoo… ayúdame” grita una mujer con un niño de dos años en sus brazos, mientras le seca el sudor con un pañito que seguro se trajo de su cocina. De  repente aparece en la vía una camioneta destartalada con un armazón de hierro forjado en el cajón y un cartón que dice con marcador negro: “Bella Vista”.

La salvación de la cola interminable es una “chirrinchera”, que ante la falta de carritos por puestos y buses, la modalidad de transporte público traída directamente desde el pasado parece una especie de solución inmediata ante la problemática.

Las “chirrincheras”, esas camionetas pickup, camiones 250 y 350  acondicionadas para transportar gente sin orden ni comodidades, al mejor estilo de “sardinas en lata”,  quedaban muy pocas incorporadas en el transporte público y solo cubrían rutas, mayormente, en  la Guajira y Machiques de Perijá. Ahora forman parte de la flota de la mayoría de las líneas de Maracaibo y San Francisco.

La anarquía y el desorden reinan cuando pasa una “chirrinchera”: al cajón de la camioneta saltan los pasajeros que enfrentan a diario la lucha de llegar bien a sus casas. La cola no se respeta, todos corren para agarrar alguno de los cuatro puestos  que hay para sentarse en unas rígidas bancas de metal improvisadas hechas por el chofer.

Aquí no existe el tan repetido “no voy largo”, los conductores de las chirrincheras cubren todo el trayecto de la ruta de principio a fin, pero cobran lo que quieren. No se rigen por  ordenanzas municipales, ni  leyes.  Cobran a sus anchas y cambian el precio a su antojo. Dos mil, tres mil y hasta cinco mil bolívares por un pasaje hay que desembolsillar para poder llegar a casa. 

“Hasta en camiones cava me he montado. Es lo que se consigue, porque hay muy pocos buses operativos y en cuanto a los carros por puesto, por la tarde cobran hasta el triple. Al montarnos en chirrincheras, por ejemplo, sabemos que arriesgamos la vida, estamos expuestos a muchos peligros, pero es la única manera de movilizarse porque no hay nada más”, comenta, indignada, una ama de casa que espera transporte en  Ziruma para regresar a su hogar.

A partir de las 5.00 de la tarde es más común ver cómo estas unidades llevan a los pasajeros a sus destinos. Rutas como Socorro, Las Mercedes, La Limpia, Pomona, El Milagro, San Jacinto, y Las Mercedes, son algunas que cuentan con esta modalidad de transporte.

Viajar en chirrincheras es desafiar el peligro. Cojines ni  cinturones de seguridad existen en estas unidades.  Los conductores no esperan, hay que subirse y bajarse con velocidad o de lo contrario el chofer acelera para buscar más pasajeros. El riesgo se multiplica por el estado de los automotores.

La ciudad se ha convertido en un enorme botadero de autos dañados.  La proliferación de las chirrincheras  es causada por la falta de repuestos, la queja es constante entre los conductores: “Estoy parado, no tengo dinero para reparar el carro”. 

Un chofer de San Jacinto ‘emigró’ del transporte público al bachaqueo. “Es más rentable para mí ganarme cinco millones diarios llevando gasolina a Paraguachón, que trabajando ocho horas diarias en el tráfico”, dijo el chofer, bajo condición de anonimato.

Las chirrincheras no son las únicas unidades nuevas en el transporte público marabino. Camiones cava, carros fúnebres y hasta trencitos son usados para  trasladar personas.

En las colas para agarrar uno de los codiciados puestos se escuchan muchas historias. Una de ellas es la de un jubilado que transformó su camioneta en una chirrinchera. 

El sexagenario contó que le colocó barandas de hierro al cajón de su carro y un techo con una vieja pancarta de vinil que se consiguió en un basurero.

“Alquilo la chirrinchera por un millón de bolívares diarios”,  comentó el hombre. 

La chirrincheras no están matriculadas y no son reconocidas legalmente como unidades para transportar personas. Pero nadie le coloca el cascabel al gato. Las autoridades prefieren que haya transporte, así sea uno inadecuado e ilegal, a que no haya.     

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