Ese 8 de diciembre de 1980, John Lennon no sabía lo que iba a suceder, nadie sabía lo que iba a suceder. Ni siquiera Mark David Chapman debe haber sabido si realmente era capaz de cometer el crimen que cometió. El cantante se despertó en su departamento neoyorquino y se preparó para una jornada bastante ocupada: tenía programada una sesión de fotos para la revista Rolling Stone, dos entrevistas y también tenía cita en el estudio de grabación con su esposa, Yoko Ono, con quien estaban trabajando en un disco.
Afuera de la residencia, había gente esperando. Estaban Paul Goresh, un fotógrafo aficionado cercano a Lennon, y un tal Chapman, quien le pidió que le firmara un autógrafo en un ejemplar de su último disco Double Fantasy. Lennon lo hizo y partió. Ya había hecho fotos para RS, las notas, solo le quedaba el ensayo.
Cinco horas después, John volvía a su casa en el edificio Dakota, Chapman lo esperaba en la puerta. Le disparó cinco veces con su revolver. El sonido rebotó en la noche y se hizo oír en todo el mundo. Su asesino había viajado desde Hawaii y había estado todo el día en la puerta de la residencia esperando que Lennon regresara. De las balas, cuatro fueron a parar al cuerpo del ex beatle. No hubo nada más que hacer. Lennon había muerto.
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