Pablo José Montoya Campuzano (Barrancabermeja, Colombia, 1963) vendrá a Caracas, en agosto, para recibir el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, el cual ganó con “Tríptico de la Infamia”, obra que triunfó sobre las 162 enviadas
Pablo José Montoya Campuzano (Barrancabermeja, Colombia, 1963) vendrá a Caracas, en agosto, para recibir el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, el cual ganó con “Tríptico de la Infamia”, obra que triunfó sobre las 162 enviadas de 17 países. Jacques Lemoine, cartógrafo y pintor de Diepa; Francois Dubois, pintor francés que pintó “La masacre de San Bartolomé” y el grabador de Lieja, Théodore de Bry, protagonizan estas tres historias de Montoya, que demuestran el genocidio de la conquista española bajo el tamiz de una mirada estética.
—¿Qué significado guarda el hecho de ser el quinto escritor colombiano en ganar el Rómulo Gallegos? —Motivo de orgullo, de honor, de honra. Trato de no hacer muchas elucubraciones o comparaciones con estos compatriotas que han ganado el premio: Gabo, Fernando Vallejo, William Ospina y Manuel Mejía Vallejo. Creo que una de las diferencias está en que, de algún modo, ellos cuatro, cuando lo recibieron, eran escritores bien conocidos. Figuras públicas, muy mediatizadas.
Cuando ganó El Gabo, por ejemplo, él ya llevaba cinco años entre los lectores, Cien años de soledad había sido traducida a varias lenguas. Eso no ha pasado conmigo. Creo que cuando se anunció que yo había ganado el Rómulo Gallegos, casi nadie sabía quién era el ganador. Guardo una especial expectativa por la manera cómo el público latinoamericano, en general, va a recibir la novela. Porque no la ha leído y, en consecuencia, mantengo unas altas expectativas y espero no defraudarlo cuando la hayan leído. —¿Podría sugerir una invitación al lector para que se encuentre con Tríptico de la infamia? —En primer lugar, el lector tiene que prepararse para un viaje por el siglo dieciséis, hecho bajo cierta óptica erudita. Sin embargo, creo que el lenguaje que utilizo, la manera como está escrita la novela, creo que atrapa al lector. Pensé imprimirle a la novela un ritmo vertiginoso. La primera parte cuenta más o menos ese viaje que hacen a América, su encuentro con el indígena a través de las pinturas corporales, lo que fue la Conquista sin hacer una épica de ella, no decir que esa gesta, entre comillas, fue un acto de valentía por parte de los españoles, sino un acto criminal y bárbaro. También muestra un panorama artístico de esa época. La novela es muy visual. El lector va a encontrar la oportunidad de poder comparar, digámoslo así, ciertos cuadros con el cuadro mismo. Y como ahora tenemos internet, creo que el lector podrá leerla acudiendo a esas imágenes de primera mano, lo cual le brindará una aventura literaria muy poco usual. —¿Deviene entonces internet en un recurso de nuestro tiempo para que el lector y el autor puedan visualizar, sensorializar, de una manera más directa el discurso literario? —No olvidemos que la literatura no es más que pura imaginación, aunque yo no hago literatura audiovisual, ni escribo mi obra pensada en el cine, ni nada de esas cosas. En mi caso, como hay tantas interpretaciones de cuadro, la novela se apoya mucho en la imagen. Entonces creo que sí, que internet deviene en una bella herramienta para tener un goce más amplio, y que haga un viaje continuo entre texto e imagen. —¿Usted habla de viaje en el sentido que da Homero en La Ilíada y la Odisea, o, como en el poema Itaca, de Constantino Kavafis? —El viaje, en Tríptico de la infamia, sí, es como la búsqueda del otro, la utopía, también entre comillas, del Nuevo Mundo. Un poco jugar con lo que fueron los Cronistas de Indias, el aventurero, un viajero que yo pongo no es un militar, un religioso que viene atraído por el oro y por la plata, sino que es un artista. La final de su perspectiva es el descubrimiento del color en ese Nuevo Mundo. Y lo encuentra particularmente en el tatuaje de los indígenas. Allí se va a encontrar con el horror de la Conquista, pero su motivo principal es, en términos contemporáneos, estético. La indagación de ese imaginario europeo.
—Hay aquí algo de Alejo Carpentier… —Es uno de mis maestros. Incluso, aquí en Colombia, colegas escritores han destacado la influencia que él ejerce sobre uno de mis libros de cuentos, La sinfónica y otros cuentos musicales (de 1997). Ese libro fue finalista en un concurso de literatura infantil y donde hubo dos finalistas: un libro, que recogía la influencia de Charles Bukowski y, el mío, influenciado por Carpentier. El jurado dijo que había ganado la influencia de Bukowski (risas). Sí, en Tríptico, aparece esta influencia de Alejo, en cuanto a ciertos ecos, como, por ejemplo, en la fundación de La Florida. Sin embargo, yo no caigo en la fascinación del Barroco, no caigo en esa imaginación acompañada con lo real maravilloso y el realismo mágico, nada de eso tiene que ver conmigo. Es una etapa que, no es que superé, sino que tales tendencias nunca las he abordado. —La fusión de disciplinas artísticas es una tendencia irreversible dentro del panorama literario contemporáneo… ¿Cómo funciona en su trabajo? —Creo que es una de las apuestas que le he hecho a mi escritura o a mi literatura. Es uno de los rasgos más originales del Tríptico y es uno de los perfiles que caracteriza y diferencia con calidad mi obra de la literatura contemporánea colombiana, más influenciada por lo urbano, por el realismo sucio, por la literatura de la violencia, por lo que aquí llamamos la picaresca o la narcoliteratura o la paraliteratura (ésta última dedicada a los paramilitares). Una literatura paranormal. En este caso, todo este conflicto colombiano resulta tan interesante, tan atractivo para llevar a la literatura y que desafortunadamente, en Colombia, son muy pocas las novelas que escapan a esos planos. Lo mío es diferente, no porque le haya dado la espalda a la violencia ni mucho menos. Creo que yo hago una apuesta a la apuesta intertextual, al diálogo entre las artes. Yo tengo una formación musical, llegué a la literatura a través de la música. Tengo un ensayo largo dedicado a Carpentier y la música, y abordo el caso de su obra, Los pasos perdidos. Tengo una historia breve de la música a través de la semblanza que hago a diferentes músicos. Como usted apunta, leí mucho a Theodor W. Adorno para entender mejor algunos fenómenos de la música. Toda esa labor intertextual e interdisciplinaria agrega mi condición académica, en los niveles de postgrados y maestrías. Por ahí me fui metiendo en el mundo del arte. Yo no pinto, ni soy fotógrafo, pero tengo ojos e imaginación y así propongo, con imaginación, una mirada poética y desde la perspectiva de la narrativa, de esos mundos.
—¿La novela histórica y el periodismo coinciden de alguna manera en su proceso creador? —Solo he hecho una especie de periodismo cultural. Pero no predomina. En el caso de la novela histórica, las cuatro obras que tengo publicadas lo son de algún modo. Tengo una investigación, un libro que hice para la Universidad de Antioquia, que es donde yo trabajo, que es sobre el tema, Entre la pompa y el fracaso. También hice un libro de cuentos, Adiós a los próceres. Me ha preocupado mucho como ir al pasado, reinventarlo, siguiendo las enseñanzas de nuestros novelistas latinoamericanos, tipo Carpentier, Uslar Pietri, Fernando del Paso. —¿Surge como una necesidad urgente, para entender estos tiempos? —Surge como una necesidad perentoria, como para entender todo este maremagnum que vivimos. Es como mirar al pasado, rastrear y tratar de entender este momento que vivimos. Pasa que la novela histórica, desde el caso de Walter Scott, con su “Ivanhoe”, ha sido como un caballito de batalla, además de un éxito masivo impresionante. Decir novela histórica es como garantizar de alguna manera las ventas y la adhesión de un público que se conecta de inmediato con todo esos productos literarios. Las mías son principalmente novelas, a pesar de que se interesan en el pasado y existe una investigación que las soporta. Lo que hago es literatura, no libros de historia. Hago una interpretación creativa del pasado, pongo a dialogar el presente con el pasado. —¿Cuánto le interesa atender la preceptiva editorial actual… Cómo ha hecho para establecer sus propios cánones? —Comencé, y casi todos mis libros han sido publicados en pequeñas editoriales alternativas. Comencé pagando con mis libros. Yo gané unas becas en Francia y entonces seguí publicando de esa manera. Luego comenzó como una especie de coqueteo con las grandes editoriales, porque mis libros, hasta éste, no se venden. Pero ahora, con el Premio Rómulo Gallegos, eso podría comenzar otro esquema. Mis libros aparecían como con una franja naranja de advertencia, porque están muy bien escritos y mantienen una apuesta directa con el lenguaje poético, muy claro, pero eso, a las grandes editoriales, no les interesa en absoluto, lo que a ellos les importa es el dinero. Sin embargo, a pesar de mis iniciales relaciones conflictivas con Alfaguara y, en principio, con Random House, el nuevo director editorial de ésta última en Colombia, Gabriel Iriarte, le apostó a la novela. Leyó las primeras cien páginas y asumió su publicación, lo cual le agradezco de corazón, porque el hombre de las jugó. Vio que había un grado de exigencia. Ahora, un jurado en el extranjero la premió y eso ha llamado la atención sobre mis libros. Ya veremos qué pasará de ahora en adelante.
—¿La postmodernidad fragua una nueva representación filosófica de los asuntos estéticos de esta era? —Eso es un asunto más como de los filósofos, de los estudiosos de la cultura y de la estética. Eso ha generado mucha tinta. Cuando escribo solo pienso teóricamente en ese asunto. Hay una serie de problemáticas contemporáneas que, me parece, hay que ponerlas a dialogar con la raíz de las mismas, la cual está en el pasado. Por ejemplo, tengo una novela que se llama Lejos de Roma, de las más elogiadas de las cuatro, la cual trata sobre el exilio del poeta romano Ovidio. Imagínate que esa novela la estudian los psicoanalistas, los lacanianos, para tratar de estudiar o de entender, desde una óptica actual o postmoderna, no solo el asunto del exilio de Ovidio, sino del exilio de los desplazados colombianos, lo que llamamos aquí el incidio, que son millones de personas que han sido expulsadas de sus tierras, de las ciudades, y que están atravesadas por las heridas que producen esos enfrentamientos entre ejércitos que en este país propician crímenes y ese exilio interior. La literatura está comprometida en actualizar, en revisar y contemporaneizar esas viejas temáticas, que se repiten a lo largo de la historia de la humanidad. La postmodernidad es como eso, como poner a dialogar eso que sucedió en el pasado, de una manera distinta, nueva, pero que carga nuestro presente. es más o menos lo que yo trato de decir.
—¿El tema de la violencia es una condición sine qua non para el quehacer literario colombiano actual? —La violencia es ubicua y se encuentra en todos los sectores de nuestras vidas. Está en las raíces de nuestra fundación. El colombiano tiene que lidiar con toda esa violencia, afectiva, social, histórica. Es urgente y necesario abordarla, el problema es cómo hacerlo, cómo tratar esos conflictos. Muchas literaturas colombianas están abordando esos temas, por lo que se corre el riesgo de caer como en una especie de amarillismo. de literatura espectacular. Cuando leo esa literatura me echo un poquito como para atrás y reflexiono mucho sobre ella. —Fernando Vallejo levantó una polémica sobre este asunto crucial… —Yo estaba en París cuando se produjo esa cumbre para la paz en Bogotá. Me parece que fue un error haber invitado a Vallejo. En primer lugar, porque es un escritor cuya visión de Colombia es catastrófica, es muy apocalíptica, muy visceral, antipopular. Su visión de Colombia es muy racista, misógina. Un hombre completamente extremista. Él anduvo muy bien en sus primeros libros, pero después se tornó un personaje distinto. Fue invitado a una mesa redonda allí y le quitó la palabra a las personas. Es un personaje muy narcisista y megalómano, insoportable, que como escritor se lleva muy bien con la literatura, pero invitarlo a hablar de paz fue negativo, porque a Vallejo no le interesa la paz, sino el show mediático. Fue un discurso repetitivo. Un nihilista narciso.
—En este orden de ideas, ¿encuentra algún vínculo entre nuestros dos países en cuando al discurso imperante en arte y la cultura? —No estoy muy enterado de la literatura actual venezolana y cómo ha asumido todo este acontecer político y social que ustedes están viviendo, desde el ascenso del chavismo hasta nuestros días. Pienso que la literatura venezolana clásica es de un muy alto nivel, con José Antonio Ramos Sucre, Arturo Uslar Pietri, José Balza, Salvador Garmendia, Vicente Gerbasi. He leído muchas novelas históricas venezolanas. Solo eso.
—¿Su labor como traductor y su estada en Francia guardan alguna relación significativa en su obra? —Viví en Francia once años e hice mis estudios de doctorado allá. Es muy importante como centro de información, Asisto como invitado en varias ocasiones. He traducido algunos autores franceses y, recién, traduje la obra de 25 poetas africanos en francés. Voces africanas se llama el libro. Traduje el Cándido, de Voltaire. Como estudioso de la literatura francesas de los siglos veinte y el que corre, mi labor ha sido como difundir, en el medio colombiano, especialmente en Medellín, la labor de escritores menos conocidos. Estuve trabajando antes como traductor para el Festival Internacional de Poesía de Medellín, aunque ahora estoy distante de ellos. —¿Su tránsito por el ensayo, la novela, la poesía, refrenda algún método particular de acción creadora… ¿Cuál le resulta, desde el punto de vista del lenguaje, más difícil y compleja? —El género más difícil para mí es el ensayo. Hay que leer casi todo. He trabajado más en el cuento, he publicado siete libros. La novela que escribo requiere de una profunda investigación y me exige más tiempo. La poesía es un género donde se juega más con la intuición, es un impacto, un misterio.