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Lea la última entrevista de Ramón Palomares en PANORAMA

Venía con el paso tardo. “Pajarito que venís tan cansado”. Tal como su amorosa poética dibujó a Polimnia, su madre, así se mostraba, con su ritmo manso, uno de los poetas más importantes de Venezuela, Ramón Palomares.

Así como el “pájaro esponjadito” se acercó al lobby del Hotel Venetur, Maracaibo  (en el año 2013) para dejar caer la noche en medio de una tertulia en la que comenzó por reconocer que sus tiempos distan de aquellos 23 años en los que el entusiasmo por la literatura lo llevó a fundar el grupo Sardio, y más tarde, en 1963 sumarse al movimiento estético El Techo de la Ballena, junto con su participación como editor de la revista Rayado sobre el Techo. “Bueno, esas fueron épocas diferentes. Yo prefiero aquella solamente por razones de juventud y de energía que disfrutaba en ese entonces y obviamente, hoy no están presentes. Si hoy no se ven esos grupos y movimientos literarios y artísticos es porque la gente de hoy tienen motivaciones muy diversas. Una de ellas es la de estar solo con las tecnologías, como herramienta de estudio, de satisfacción de la curiosidad, un camino para enfrentar la soledad y sus tristezas. Está también la música que ha ganado un terreno muy amplio dentro de la sociedad venezolana. Eso ha sustituido el placer que antes daban la lectura de la poesía y la literatura”. Su hablar transcurre pausado. Y ante esa realidad, dejó un silencio en el aire, habitado solo por la leve brisa de su respirar. —Cabe preguntarse, ante ese escenario, ¿cuál es la esperanza que tiene la poesía? —Siempre habrá situaciones de orden interior que a la gente le siga preocupando, y que las busque resolver con un lápiz y un papel, con la palabra. Puede uno pensar, de todos modos, que la gente de hoy puede acceder a una mayor cultura, a un cultivo interior de más profundidad y nobleza. La poesía estará allí, en ese cultivo interior, y ella en sí constituye una relación con el mundo, que proporciona esa significación de amabilidad, una postura amorosa para con la vida. —¿Realmente cree que los venezolanos actualmente podemos acceder a una mayor cultura? —Aún hay mucho por hacer. Siempre habrá mucho por hacer. Mas pienso en un factor muy importante que es en la edición de libros. Venezuela se convirtió, de unos años acá, en una gran editorial, una de las principales de América del Sur. Aquí se han publicado millones de libros, y uno supone, espera, que la mayoría de ellos llegan a un destino donde se siembran como una semilla de prosperidad. —De sus amigos de Sardio, ¿siente que la labor de Salvador Garmendia se ha honrado como se debe? —De Garmendia me queda el extraordinario recuerdo de su amistad. El mundo de la literatura venezolana ha tenido en él —aunque no lo ha valorado de manera justa— uno de los más grandes escritores. Él no solo fue mi compañero en Sardio, sino que además estuvimos muy cerca en el trabajos de edición de nuestros libros, en nuestra ideología. Su escritura es sorprendente, llena de fuerza. De Sardio también debo mencionar a Adriano González León, que fue un ser con una gran experiencia y talento a quien también le debemos mucho culturalmente. —Las motivaciones reaccionarias y críticas del Techo de la Ballena (1963), se han dejado de ver en éstos tiempos por falta de ideología, censura o autocensura, ¿qué opina? —La crítica siempre será necesaria, en los tiempos que sean. Yo respondo por los tiempos que correspondieron a mi juventud. Mi generación y yo enfrentamos nuestro contexto político con la crítica, con una clara posición política. Por otro lado, es muy importante para los jóvenes poetas conversar con otros poetas de una manera crítica, constructiva, que abone la amistad. En eso, aquellos grupos fueron muy generosos. —¿Es vital para el artista demostrar su ideología o es preferible no hacerla notar en su trabajo? —En cuanto a mi se refiere yo no oculto mi ideología. Creo que está clara en la participación de las actividades a las que asisto. Más, muy personalmente no considero necesario pronunciar un mitin, esa no es mi manera de ser. Puedo decir sin tapujos que soy oficialista, chavista, sin ninguna militancia. Es muy importante tener frente a sí mismo una idea sincera de autenticidad, para ser uno mismo, y no la caricatura de otro. —¿En por esa búsqueda de autenticidad que conservó el hablar de los campesinos de los Andes en su poesía? —No es una búsqueda. Esas son las voces de mi infancia. De ahí deviene que mi relación con el idioma sean diferentes a las de otros poetas . Más que lector yo soy un oyente, y el orden de mi trabajo en poesía, está mucho en el sonido del habla de las gentes. También está reflejado en mi trabajo poético el inmenso amor que siento por Venezuela y por mi lar, con todos los defectos y dificultades. —¿Cómo logró conservar un lenguaje tan puro? —Con una conexión constante con mi infancia que me permite hacer un redescubrimiento de las cosas y los seres, fiel a un lugar y a un habla. De mi niñez y adolescencia recuerdo el mundo de lo familiar, la pobreza y al mismo tiempo la dulzura con la que fuimos tratados, pese a padecer el hambre y la incertidumbre de no tener seguridad de dónde se va a dormir. De eso se aprende a ser gente, modesto, a respetar. El hambre no es amable, pero su dureza nos ubica en la necesidad de modestia. —También hay un claro amor por el paisaje… —Yo amo el paisaje, el agua, el mar, el Lago de Maracaibo, lo natural, la inocencia. Todo los que nos rodea, toda cosa es una lección. —¿Cómo es su proceso de escritura, su método, su horario, su disciplina?

—Tengo bastante material, tanto escrito, desechado, como leído. Mi proceso de escritura es perseguir una idea, comienzo a luchar por ella, a ver si se revela. Esa búsqueda no siempre tiene sentido, y cuando no tiene sentido, no significa que se perdió el tiempo, se vivió el tiempo. Fue un camino recorrido que a veces no llega al castillo encantado que uno creía, sino a una casita donde no se quiere estar. Entonces hay que devolverse. Es un esfuerzo exigente. Tengo poca disciplina en el sentido de obligarme. No tengo horario, pero sí un trabajo constante. Eso es en mi caso, puede ser que a otros les haga falta, que el rigor de los horarios les ayude a ser productivo. —¿Cuáles son sus lecturas fundamentales? —En primer están los clásicos, Virgilio, Homero, Cervantes, Shakespeare, Quevedo, el romancero español, todo eso siempre es una lectura magistral. Luego, todo lo latinoamericano. —¿Desdeña a los autores norteamericanos y europeos? —Yo no rechazo a los autores norteamericanos ni europeos, ni a sus poesías en sí, sino como modelo, o como imposición. Uno tiene que tener conciencia vigilante, yo no diría que Allen Gimsberg es un mal poeta, pero no tengo por que tomarlo como modelo. Uno tiene que mantener una relación auténtica con el sitio y con la gente con quien vive, y debe asumir esa realidad no importa como, y sin tratar de hacer imposiciones personales o de ningún tipo, puesto que eso sería demasiado estrecho. Se trata en todo caso de una cuestión profundamente vital. —¿Los poetas, al igual que los artistas deben buscar el camino de la docencia para poder tener ingresos? —Yo nunca he vivido de la literatura, ni de la poesía. Esas son posibilidades de alcanzar algunos niveles de inteligencia, de sensibilidad elevados, que nos acerca al bienestar máximo del alma. En Venezuela no sé de ningún caso de un poeta que viva de su escritura literaria, puede ser de la novela, otras narrativas, pero no de la poesía. —¿Por qué? —Porque aunque suene duro, no tiene un valor comercial. La ganancia en la poesía está fundamentalmente en la aproximación al nivel sensible de la inteligencia, a su condición emotiva de mayor altura, que lo aproxima a uno a la belleza de la vida. —¿Es necesario amar para crear? —Para crear solo es necesario estar vivo. Pero sin amor no hay nada. En absoluto. Esa es la más profunda y bella raíz de la vida. Tras esa sentencia, el “señor de las flores” que es Palomares se levantó del mueble, y con su paso tardo tomó el mismo camino del Arroyo de su poesía. Dice que es Páramo, cielo verde, copas… Y se va.

 

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Vate El poeta falleció en la noche del viernes 4 de marzo de 2016. Entre sus poemarios más conocidos, destacan: El reino, 1958; Paisano, 1964; Honras fúnebres, 1965; Santiago de León de Caracas, 1967; El vientecito suave del amanecer con los primeros aromas, 1969; Adiós Escuque (1968); Elegía 1830; El viento y la piedra, 1984 y otros .

 

Doctorado con grandes autores El 14 de junio de 2001, una fiesta de la literatura venezolana se celebró en la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de los Andes cuando le fue conferido el doctorado honoris causa a Ramón Palomares junto con Juan Sánchez Peláez y Rafael Cadenas.  

 

 

 

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