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Hace 101 años murió el poeta nicaragüense Rubén Darío, lo recordamos con estos 5 poemas

Un día como hoy en 1916, hace exactamente 101 años falleció el poeta nicaragüense Rubén Darío, conocido como el ‘Príncipe de las Letras Castellanas’ y el “poeta-niño” ya que comenzó a escribir a una temprana edad. Durante sus 49 años de vida, el escritor dejó un legado literario que perdura hasta nuestros días.

Rubén Darío es uno de los máximos exponentes del modernismo literario y uno de los poetas con mayor repercusión en la poesía hispánica del siglo XX. La poesía francesa fue determinante en la formación del escritor quien estuvo influido por Víctor Hugo, Théophile Gautier o Leconte de Lisle. También destacan autores españoles como José Zorilla, Juan Ramon Jiménez y Antonio Machado.

Su obra estuvo marcada por la publicación de los libros ‘Azul…’ en 1888, ‘Prosas profanas y otros poemas’ en 1896 y ‘Cantos de vida y esperanza’ en 1905.

Aquí algunos de sus poemas más emblemáticos:

AZUL…

«El azul es el color del ensueño, el color del arte, un color helénico y homérico, color oceánico y firmamental».

«En las pálidas tardes yerran nubes tranquilas en el azul, en las ardientes manos se posan las cabezas pensativas. ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! ¡Ah las tristezas íntimas!¡Ah el polvo de oro que en el aire flota, tras cuyas ondas trémulas se miran los ojos tiernos y húmedos, las bocas inundadas de sonrisas. En las pálidas tardes me cuenta un hada amiga las historias secretas llenas de poesía; Lo que llevan las brisas lo que vaga en silencio lo que sueñan las niñas»

MÍA

Mía: así te llamas.

¿Qué más harmonía?

Mía: luz del día;

mía: rosas, llamas.

 

¡Qué aroma derramas

en el alma mía

si sé que me amas!

¡Oh Mía! ¡Oh Mía!

 

Tu sexo fundiste

con mi sexo fuerte,

fundiendo dos bronces.

 

Yo triste, tú triste…

¿No has de ser entonces

mía hasta la muerte?

NOCTURNO

Silencio de la noche, doloroso silencio

nocturno… ¿Por qué el alma tiembla de tal manera?

Oigo el zumbido de mi sangre,

dentro de mi cráneo pasa una suave tormenta.

¡Insomnio! No poder dormir, y, sin embargo,

soñar. Ser la auto-pieza

de disección espiritual, ¡el auto-Hamlet!

Diluir mi tristeza

en un vino de noche

en el maravilloso cristal de las tinieblas…

Y me digo: ¿a qué hora vendrá el alba?

Se ha cerrado una puerta…

Ha pasado un transeúnte…

Ha dado el reloj trece horas… ¡Si será Ella!…

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