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¡Gracias por tanto, Inés Laredo, maestra del teatro!

La gran maestra del teatro en Maracaibo, la chilena Inés Laredo, falleció la noche del lunes 23 de septiembre en Maracaibo. Tenía 97 años.

Dedicó toda su vida al arte escénico. Actriz, directora y profesora nació en Valparaíso el 27 de febrero de 1922. En  1948, junto con su esposo,  Carlos Áñez Urrutia, llegó a Maracaibo para sembrar un jardín de gestos y palabras que constituye su mayor legado.

Inés Laredo se vino de Chile a Maracaibo a finales de la década de los 40.

Dos años más tarde hizo su primera presentación en Caracas el Grupo Sábado, dirigido por Inés Laredo. En febrero del ’78 se  inauguró en la capital del Zulia la Escuela de Teatro que llevó su nombre.

Una sala de teatro llevó su nombre en la capital zuliana.

Aseguraba que pudo adaptarse con facilidad en Maracaibo, porque Valparaiso, el pueblo donde nació, tenían las mismas características que la capital zuliana. “Las dos son tierras de agua”. 
 
Exigente en los ensayos, así la recuerdan algunos de los tantos actores que ella formó, los mismos que solicitaron el nombre de Inés Laredo para la única escuela de teatro de Maracaibo. 

Se distinguió por marcar cada uno de los movimientos y miradas de sus actores, como lo prefieren algunos directores de teatro de su generación. 

 Laredo recibió, junto con el escritor Salvador Garmendia y el lingüista Godsuno Chela Flores, el doctorado Honoris Causa, máximo reconocimiento que otorga la Facultad de Humanidades y Educación de La Universidad del Zulia (LUZ) hace más de dos décadas. 

Para Laredo, un hombre o mujer de teatro tiene que ser libre y sensible a su entorno, porque  el trabajo en escena resume un “hecho social”. 

Su trayectoria profesional mostró un afán permanente por el estudio. Formó parte de la primera promoción de egresados de la escuela de Educación de la casa de estudios que la distinguió. 

Una beca le permitió iniciar un doctorado sobre educación en la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. 
Debido a un llamado que le hizo LUZ, volvió antes de terminar el cuarto nivel en el extranjero. “Pedí estudiar en un tiempo, durante el cual la universidad necesitaba mucho de sus profesores”. 

Su inicio como actriz en Venezuela fue en la radio. Fue conocida, primero por su voz, antes que su figura. La emisora Ecos del Zulia  transmitía en horario vespertino las radionovelas, donde ella interpretaba a las jóvenes protagonistas. 

Haciendo memoria de su experiencia como directora de teatro contaba que en tiempos de Pérez Jiménez, su profesión resultaba amenazadora para el Gobierno. 
Durante esa época coordinaba el teatro universitario, pero   por presiones de las autoridades de la institución, el proyecto quedó solapado. ”El rector me llamó y me dijo que no quería payasos en la universidad”. 

La dama del teatro zuliano, Inés Laredo, consideraba que para hacer teatro resulta indispensable contar con un espacio capacitado para ensayar y un equipo de actores. 
 

Para Laredo, un hombre o mujer de teatro tiene que ser libre y sensible a su entorno, porque  el trabajo en escena resume un “hecho social”. 

La existencia de un actor está justificada, porque su tarea primordial consiste en ir al público, crearlo, entretenerlo y enseñarlo. Para lograr este objetivo, el individuo debe contar con una formación integral. Más que marginado, Inés Laredo estimaba que el teatro es muy incomprendido. 
 
“El pintor deja y retoma su lienzo cuando quiere. Inaugura exposiciones si se lo propone. El desarrollo de su disciplina solo depende de él”, expresaba. 
Enérgica y con cierto aire de decepción señalaba, desde el 2000, que el Estado no entiende las artes escénicas, ni a sus “pobres” ejecutantes. Pensaba que los gobiernos nunca le dieron a sus colegas una ubicación en la sociedad y en la economía. 

“He visto mucha gente con talento, haciendo sacrificios para reunir el pasaje con el que irán a ensayos. Necesitamos personas bien subvencionadas”, decía. 
 
Más que una medalla, a Inés Laredo la honraban sus discípulos cuando la llamaban maestra. Eso la halagaba, porque siente que le enseñó algo útil a alguien.

Hoy, cuando toca despedirla de este plano terrenal y aplaudirla de pie, le decimos ¡Gracias, por tanto, Inés Laredo!

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