Hace 90 años, el 11 de junio de 1928 nació el escritor venezolano Salvador Garmendia.Fue un destacado narrador, escritor, guionista de radio y televisión, en la década de los 70 reconocido por sus novelas urbanas.
Según la comunidad literaria este escritor, es considerado como el mejor representante de la novela urbana en el país, dentro de sus obras más emblemáticas se encuentra: “Los pequeños seres” (1959), “Los habitantes” (1961) y “Días de ceniza” (1963), dichas narrativas inspiradas en la alienación de los habitantes de las ciudades, ya iniciadas por Guillermo Meneses y exploradas bajo la óptica de Garmendia donde la vida rural había sido destrozada irremediablemente.
Su interés literario despertó en su adolescencia debido a la tuberculosis que lo obligó a permanecer en su hogar durante tres años, donde el joven Salvador los tomó para adentrarse en el mundo de las letras mediante la lectura que lo inspiraron a escribir. En 1945 comenzó a publicar y se vinculó con el medio radial y periodísticos en Barquisimeto, su ciudad natal.
A continuación algunos fragmentos de sus obras:
El parque por Salvador Garmendia
«A Aquiles Nazoa desde su mirador de infancia.
Hacían falta músicos uniformados de dorados galones y relucientes kepis, sobre la parisina glorieta y niños felices, riendo y cantando ─ el canto de los niños es la forma más pura de la risa ─ entre los setos impasibles.
Faltaba el exclamar de los cobres bruñidos en la pueril alegría de una obertura vienesa y la risa de los niños, fresca y gozosa, coreando el ulular de las trompetas y la ronca respuesta de los bajos ancianos.
Roberto el Diablo…Poeta y aldeano…músicas felices, pueriles, contentas, para hacer más evidente la risa de los niños ─su espuma innumerable─ el esplendor del sol y la alegría galana del domingo.
Risas…risas…risas; jocundas risas de niños, la música feliz de la glorieta, el sol gozoso y franco desparramado alegre, las parejas sonrientes…Risas…
Y acá, desde el banco impasible, un hombre de ojos cansados y gestos tristes, aspira la brillante, bullente, despreocupada tibieza del parque.
Un hombre entre las risas, el sol, los niños, la glorieta. Uno que parece haber perdido la costumbre de reír y regresa para aprender de nuevo.
Su cansancio se aduerme en el vivo estridente de las risas…
Más, solo la ceniza imperceptible del crepúsculo se reclina en los setos rechonchos.
El hombre está solo en el parque. Sin pensar: extraviado. Por dentro lleva suelta la fantasía del atardecer.
Entonces, uno de esos perros despojados que parecen motas de lana sucia, pasó, despectivo, frente a él, moviendo la robusta cola llena de fango. Era un perro de elevado linaje caído en desgracia. Un noble arruinado. Sin embargo, no se resigna a despojarse de sus reales atavíos. Sostenía aún el orgullo de su casta. Era un mendigo en frac. Como él: «Álvaro Fernández, un mendigo en frac». Podía no serlo, acaso era él solamente un mendigo sin frac, siempre agachaba la cabeza y no había tenido nunca un buen traje. Pero sonaba bien esa frase: rotunda y redonda como le gustaba hacerlas; paladearlas, moldearlas en todas las cavidades de la boca.
Tenía la pasión de las frases bonitas. Algunas las maduraba semanas enteras y luego se complacía en decirlas en todos los matices de la voz, hasta cansarse. Ahí estaba una que sonaba muy bien: Álvaro Fernández, un mendigo en frac.
Su corbata estaba desteñida y rota, daba cierta impresión funeral de abandono y pobreza, pero no acertaba a despojarse de ella. Le daba autoridad sobre los que no podían llevarla. Allí radicaba la diferencia entre él y el picapedrero.
Aunque este llevara más dinero en el bolsillo se vería bien con corbata. No pensaba que él tampoco se vería muy bien en overall».
El viaje por Salvador Garmendia
«Advierto a todos que no soy un maniático. Es cierto que, recuerdo, cuando era seguramente muy niño, había adquirido la fácil costumbre de desaparecer. Quiero decir, que me hacía el invisible sin importarme, creo, que los demás se dieran o no cuenta del suceso. Siempre había por delante una puerta, un espacio claro, abierto, que era necesario atravesar —eran puertas altas y angostas— con la seguridad de quedar imantado por el fluido que ocupaba por completo la delgada capa de aire blanco detenido en el marco. Al salir al otro lado, ya estaba listo. Como era invisible, sentía—me embriagaba hasta el miedo— una beatitud radiante que salía de mi piel, y en cuanto se me iba a la cabeza, oscilaba entre el sueño y el llanto.
Las cosas más comunes, los viejos muebles de esterilla, el lomo de un pretil, todo lo que no fuera gente, perdían el miedo y me permitían acercarme de veras a ellas, tocarlas casi como un pecado, como si fueran mi propio cuerpo. Entraba en ellas como en grandes lugares sin ruido, donde uno podía quedarse dormido.
Pero no soy un maniático. Hago bien mi trabajo y soy puntual. Ahora, que si paso la hoja del libro mayor —siempre delante el verde mate del trozo de pared— y por casualidad encuentro la cuerda a mi alcance, no pierdo tiempo y empiezo a deslizarme…”
Difuntos y Volátiles por Salvador Garmendia
“NO HAY, que tenerles miedo a los muertos —decía mi tía Hildegardis, y me golpeaba el coco con su uña larga, toda verde, que parecía bañada de esperma. (Como era encuadernadora olía a tarro de cola y a simiricuiri y tenía las manos de cuero viejo, engrudadas; de lejos, con su giba, parecía un hombrecito agachado). Pero yo sabía que al entrar al cuarto empezaría a volverse humo; el humo negro y fuerte le salía por debajo del camisón, por las orejas y le llenaba el pelo.
Ella sabía ocultarlo a los demás; aunque no sé por qué conmigo se confiaba menos de lo prudente en estos casos, hasta el punto de hacerme creer que su aparente descuido era intencional: si andaba debajo del mesón del taller reuniendo recortes de papel lustrillo, le miraba los pies colgando del travesaño de la silla, tan pequeños en sus chancletas de cocuiza, abrigados por unas medias de lana mohosas; me acercaba hasta tocarlos con la respiración y veía desprenderse el humo de aquellas pelotas de trapo; un humito incipiente, descolorido, que flotaba sin fuerzas.
Gateando, pasaba por debajo de las camas. Nunca podría salir al otro extremo del túnel, aquel foso sin viento apretado de olores de gente, olores vivos y profundos como si entrara bajo los vestidos de los mayores y fuera hacia un lugar oscuro lleno de cosas descompuestas. Perdía fuerzas y un sueño vaporoso me tendía boca abajo en los ladrillos, la mejilla en el polvo. Las voces de la gente sobresalían de un ruido muy lejano y perenne como el asiento o el ripio del mundo, que no tenía fin…»
Pájaros otoñales por Salvador Garmendia
«Los filatélicos destiñen la Plaza Mayor de Madrid, en una de esas mañanas del mes de octubre que apenas mueven la cabeza al paso de una ráfaga.
Ellos circulan de un mesón a otro, evitando pisar a unos gusanos blancos que abundan por allí: los numismáticos.
Sus miradas revolotean sin prisa sobre esas alturas donde reposa la escama de las artes gráficas. Pican aquí y allá como pájaros en tiempo de sequía, y más tarde se llevan a sus casas, ocultas bajo los abrigos, dos o tres de esas pequeñas hojas con la cara de un general muerto, un monoplano destechado o una pose de yak de Mongolia con fondo de montañas nevadas.
El adicto las arrulla con el calor de su cuerpo, mientras las conduce a su cuarto, y espera poder meterlas en su cama muy pronto, aún vivas…»
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