Nuevamente, Mariaca Semprún hace suyos los escenarios criollos y los devora con su talento. La actriz y cantante sube a la tarima como reina y se convierte en “La Lupe” venezolana, dentro de una obra que se pasea por la tormentosa y gloriosa vida de la cubana que hizo historia con su particular éxito y desenlace absurdo entre tinieblas.
Por fin le llegó el turno a los zulianos y el sábado 18 de julio disfrutarán —en el Aula Magna de la Uru— el montaje protagonizado por una de las actrices más taquilleras del país. Una mujer que cambia de piel en cada interpretación y que durante los últimos años ha ganado el respeto y admiración por su entrega.
A la expectativa y llena de emoción, la recordada “Popular Shirley” cuenta a PANORAMA, desde Caracas , el secreto que ha convertido esta obra en un éxito que traspasó las fronteras, llegando hasta agotar funciones en Miami.
—¿Qué tipo de emociones despierta en usted un personaje como “La Lupe”? —Son muchas a la vez porque como persona me conmueve mucho la vida tormentosa que tuvo La Lupe, ella no fue una persona de medias tintas; ella era blanco o negro, tanto con el licor, con las drogas, la religión y eso la llevó a su mayor auge, pero también a su peor caída y desgracia, que fue morir en el anonimato, muy pobre y sola después de ser una estrella. Ahora bien, como profesional me despierta mucho porque es el reto más grande que me ha tocado enfrentar, ya que no es una energía que se parezca naturalmente a mí. Tampoco es una voz similar a la mía, físicamente hay una caracterización, me maquillo toda la piel y ya eso me pide mucho como artista.
—¿Quién la escogió para subir a las tablas con esta obra? —Él se llama Gabriel Díaz, escritor y director de la pieza. Es venezolano, pero tiene más de 15 años viviendo en Alemania, dirigiendo teatro allá. Por lo tanto, La Lupe fue una excusa que tomó para regresar a su país y dirigir algo aquí. Gabriel y la productora Dayana Piñeros me vieron en “La novicia rebelde” a través de unos videos, y en la novela La mujer perfecta. No me conocían, pero tuvieron olfato. Me ofrecieron la obra y al principio dije que no porque me parecía un riesgo muy grande. Sin embargo hoy agradezco la insistencia porque el resultado fue abrumador, sobrepasó mis expectativas.
—Entonces “La Popular Shirley” la acercó a “La Lupe”? —De pronto, creo que sí. Él vio algo en común, pues Shirley era muy carismática, populachera. Sentía que podía dar la talla y bueno, no se equivocó, y lo digo sin mayor pretensión.
—Le tocó pasar la página y dejar atrás un personaje que la marcó tanto como lo hizo “Shirley”. ¿No lo ve así? —Digamos que sí y no, porque después de “La Popular Shirley” vino “La novicia rebelde”, acabando con cualquier rastro de otros roles. Pienso que “La novicia” arrastró mucha gente a ver “La Lupe” porque el público quedó con ganas de ver a esa cantante llamada Mariaca Semprún.
—¿Y cuáles cualidades de “La Lupe” habitan en usted? —El punto en común principal es la pasión que ejerció con su oficio: la música y el canto. A ella la salvaba la música y a mi también, el escenario es mi refugio. Si no fuera por mi profesión yo ahorita estaría deprimida, encerrada en un cuarto. ¡Imagínate! El país, la realidad…
—Es su ruta de escape… —Totalmente, y no solo para mí, sino para los espectadores, porque ellos ven ahí una salvación a lo que está pasando, un oasis. La gente se entretiene y por un momento se aleja de los gritos, insultos y todo lo que hay afuera. El teatro está generando reconciliación. Los artistas ahora somos como unos servidores públicos (risas).
—Dicen que en el arte no debe existir la política. ¿Está de acuerdo? —¡Claro! Mi discurso no es político porque no me interesa experimentar jamás esa faceta. Yo actúo y canto para un público sin distinción. Mis obras son para relajarse, reír, disfrutar.
—Si en lugar de ser la protagonista usted fuera la publicista de la obra, ¿cómo se la vendería a los zulianos? —(Risas). Garantizo un nivel musical altísimo que incluye salsa, boleros, música latina en general y afrovenezolana, porque La Lupe grabó nuestros géneros. Tengo una banda con cinco músicos, es un monólogo que narra una historia conmovedora y fascinante. Va desde la risa hasta el llanto, de la nostalgia a la euforia. Es un tránsito de emociones que tiene todo para gustar.
—¿Qué se exige al subir a tarima? —¡Todo! Me exijo un nivel de excelencia que hasta llega a ser neurótico. Cuando yo tengo un público de frente, para mí es sagrado. No subestimo ni cantidad, ni diferencias, ni tendencias. El público se respeta y siempre tiene la razón.