Desde los 14 años el maracayero Johnnel García levanta esculturas de arena en las playas de la costa venezolana. Actualmente radicado en Barquisimeto, el diseñador gráfico cuenta que su arte es empírico, nunca ha tomado un curso.
Luis Aguirre
Los días de playa del maracayero Johnnel García tienen una particularidad especial: unas esculturales sirenas de arena que seducen a los bañistas. Ellas, perfectamente torneadas y de larga cabellera, brillan en la orilla arrancando las miradas de todos. No hay quien se resista a voltear o pedir permiso para un selfie. Su condición natural es justamente posar y cumplirle los deseos a sus admiradores.
Y todo nace de puño y amor arte de su dueño: Johnnel García, quien con creatividad e ingenio, desde los 14 años descubrió en las finas arenas de playa del caribe venezolano a su musa, esas doncellas marinas que engañan a los navegantes con su gran belleza y la dulzura de su cuerpo virginal que de la cintura a los pies esconden en una escamosa cola de pez.
Ellas, todas anónimas, tienen el molde de Johnnel. Él a los 14 años lo convirtió en su pasatiempo cuando coincidió con un escultor desconocido en un viaje familiar a Choroní, estado Aragua.
“Hoy es parte de mi pasatiempo playero realizar esculturas solo en arena de playa. He dejado huellas en toda la costa venezolana, de Choroní a Chichiriviche, algunos cayos de Morrocoy (Sombrero, Varadero); hasta en Cancún, República Dominicana y España”.
Las primeras historias conocidas sobre sirenas aparecieron en Asiria, antes del 1.000 AC, según los estudiosos e investigadores. El hecho de representarlas con medio cuerpo de pez se debe a la leyenda referida por Diodoro Sículo en la que Derceto ofendió a Venus y entonces la diosa le inspiró amor hacia un pastor. De este amor nació una niña, Semíramis, que llegaría a ser reina de Babilonia. Después de nacer su hija, también por obra de Venus, acabó el amor. Derceto, llena de ira, abandonó a su hija, hizo matar al hombre a quien había amado y se arrojó al agua dispuesta a suicidarse, lo que los dioses no permitieron. Así dio origen a su morfología anfibia.
En el caso de Johnnel las sirenas vienen a representar la exhuberancia de la mujer venezolana, su coquetería en el mar. No tiene que rebuscarse en ideas o prepararse el mega proyecto con cientos de colaboradores. “La verdad solo yo soy el encargado de hacerlo, algunas veces participan amigos o gente que está en la playa, sobre todo los niños, quienes sacan el montículo de arena para luego yo proceder a realizar la figura”.
“Todo es espontáneo —continúa—, y lo que me permita la cantidad de arena y la resistencia con la que aguante las dimensiones de la misma. Por ejemplo, las sirenas suelen tener el tamaño de una persona; otras figuras alcanzan los dos metros de largo y una altura de hasta de un metro. La parte más complicada siempre es la que elevo más alto: cabeza, rodillas o torso. Con frecuencia se fractura por efectos de gravedad pero al estar erigida ya lo demás es hacer los detalles de expresión del rostro y cuerpo”. Sus obras le toma casi el mismo tiempo en hacerla: 30 minutos, todo depende si le ayudan a sacar la arena, “si la saco yo demoro como una hora aproximadamente en ejecutarla … por ello no sabría decirte cuál ha sido más rápida o que me ha tomado más tiempo. En algunos casos perdura por varios días dependiendo si el clima está con poco viento, hay humedad, y estén pernoctando en las playas y la gente las cuida”.
El creador, desde entonces, recopila buenas historias como consecuencia de sus sirenas. “La mayor de las anécdotas vienen por zulianos, hasta se las quieren llevar a su casa, me ofrecen dinero o, en el peor de los casos, que vaya a su casa a construirles unas. Las maracuchas me reclaman siempre que me paso de CC en los glúteos o senos”. Johnnel cuenta que una vez “una señora que le dio permiso al esposo de tomarse una foto le dijo: ‘Aprovecha aquí que es de arena… pero que no te vea viendo otra cosa porque te voy a dar hasta en la cédula’. Su marido se tomó muchas fotos y al final le responde a su señora: ‘Mi amor, te voy a hacer una escultura de arena, pero esperate que lleguemos al Lago de Maracaibo a ver si me prestan una retroexcavadora para poder hacerte las caderas’. Los curiosos soltaron las carcajadas”.
El escultor se siente afortunado de contar con la mejor arena para sus creaciones. Considera, hasta los momentos, que su mejor materia prima está en el estado Falcón, en playa Los Cocos en Chichiriviche. “Me han invitado a la isla de Margarita (no la conozco aún), donde me dicen que hay arenas muy finas”. Todo su arte es empírico. “Cada vez que hago una pieza aprendo cosas nuevas, no soy un experto, aprendí solo, no sabría decirte si lo que hago está bien o mal. Creo que la práctica hace al maestro”. Él, al llegar a la playa lo primero que monta es la sombrilla y pone la cavita cerca, ya de allí es ir a la orilla de la playa donde está la arena mojada y llevarla a un lugar lejos del oleaje, hacer un montículo de arena, y proceder a dar las formas iniciales. “Mucha gente dice: ‘Este señor tan grande y jugando con arena, pero cuando comienzan a ver las redondeces del cuerpo ya la cosa se pone mejor y comienzan a llover las fotografías”.