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El juego simbólico en la infancia se asocia con mejor salud mental años después, según un estudio con 1.426 niños

La capacidad de un niño para fingir que una caja es una nave espacial, que un muñeco necesita atención médica o que un objeto cotidiano representa otra…

La capacidad de un niño para fingir que una caja es una nave espacial, que un muñeco necesita atención médica o que un objeto cotidiano representa otra cosa podría estar vinculada con menos dificultades emocionales y conductuales varios años después, de acuerdo con un seguimiento a más de 1.400 menores en Australia.

Una conducta cotidiana que la ciencia empieza a mirar con más atención

Convertir una cuchara en una varita mágica, usar un zapato como coche o jugar a ser pirata, médico o astronauta suele formar parte de la rutina infantil. Para la investigación psicológica, ese tipo de conductas simbólicas ha empezado a cobrar interés porque no solo expresan imaginación, sino también una forma particular de organizar la experiencia y actuar dentro de mundos ficticios.

Un equipo liderado por la Universidad de Sídney halló que los niños con mayores habilidades de juego de ficción entre los dos y los tres años tendían a mostrar menos dificultades psicológicas más adelante, incluso después de considerar otros factores que pueden influir en el desarrollo.

El hallazgo llama la atención porque se refiere a una actividad universal que, por lo general, no se contempla como un recurso relacionado con la salud mental. Sin embargo, los resultados sugieren que la capacidad de crear realidades imaginarias podría mantener relación con el equilibrio emocional en etapas posteriores.

Qué se entiende por juego de ficción

En psicología, el juego de ficción se describe como una forma de comportamiento simbólico en la que algo se trata como si fuera otra cosa. Un muñeco puede asumir el papel de un bebé al que alimentar; una toalla puede representar una manta; una caja puede transformarse en una casa, una fortaleza o una nave espacial. También pueden aparecer compañeros imaginarios o elementos invisibles.

La clave no está en el objeto, sino en la transformación mental que realiza el menor. A diferencia de otras actividades lúdicas, aquí no existen reglas externas ni metas definidas de antemano. El niño o la niña construye una realidad paralela y actúa dentro de ella como si fuera verdadera.

La literatura científica señala que estas capacidades empiezan a manifestarse en los primeros años de vida. Las formas más simples aparecen alrededor de los dos o tres años, mientras que las expresiones más complejas suelen alcanzar su punto más alto entre los cinco y los seis.

Un seguimiento de 1.426 participantes

Para evaluar si esas habilidades tempranas podían anticipar diferencias observables en el bienestar psicológico, los investigadores recurrieron al Longitudinal Study of Australian Children, uno de los seguimientos infantiles más amplios realizados en Australia. El análisis incluyó a 1.426 participantes observados en varias etapas de su desarrollo.

Los educadores valoraron tres comportamientos concretos: fingir acciones sencillas, como alimentar a un muñeco; usar objetos como sustitutos de otros; y participar en juegos de rol junto a otros niños. Después, docentes y cuidadores completaron cuestionarios estandarizados destinados a detectar fortalezas y dificultades emocionales y conductuales.

La robustez del trabajo no se apoyó solo en el tamaño de la muestra. El equipo también incorporó variables como el nivel socioeconómico, la salud mental materna, las competencias lingüísticas, el idioma que se hablaba en casa y la calidad del apego con el cuidador principal. De ese modo, se buscó comprobar si la asociación seguía presente luego de descontar la influencia de esos factores.

Menos dificultades emocionales y conductuales

Los resultados fueron consistentes. Los niños con mayor dominio del juego simbólico mostraron menos dificultades emocionales y conductuales en etapas posteriores. La relación apareció tanto en problemas internalizantes como externalizantes.

Los problemas internalizantes incluyen fenómenos como la ansiedad, la preocupación excesiva y el retraimiento social. Los externalizantes abarcan la impulsividad, la agresividad y las conductas disruptivas.

La asociación se mantuvo visible incluso después de incluir todas las variables de control. Además, el trabajo señala que, hasta donde alcanza su conocimiento, se trata del primer estudio que cuantifica la relación entre juego de ficción y salud mental en una cohorte amplia y representativa de población general.

Eso no prueba una relación causal directa, pero sí convierte esta observación en una de las evidencias longitudinales más sólidas disponibles hasta ahora. En los datos, una caja convertida en nave espacial deja de ser solo un juego inocente y pasa a figurar como una conducta asociada con diferencias psicológicas detectables años después.

La hipótesis inicial no se confirmó

Antes de comenzar el análisis, el equipo manejaba una explicación razonable: que el juego imaginativo mejorara la regulación emocional y que ese avance ayudara a entender la relación con la salud mental posterior. La idea parecía coherente, ya que al interpretar personajes y representar situaciones ficticias los niños podrían aprender a reconocer emociones, manejar frustraciones y resolver conflictos de manera simbólica.

Sin embargo, las evidencias no respaldaron esa interpretación. La regulación emocional no funcionó como mecanismo mediador entre el juego de ficción temprano y el bienestar psicológico futuro. El vínculo existía, pero no por la vía que los investigadores esperaban encontrar.

Lejos de cerrar el asunto, esa conclusión abre nuevas preguntas. La asociación aparece con claridad, pero todavía no se conoce con precisión cuál es el proceso que la explica.

Una posible pista en la actividad cerebral

La discusión del estudio plantea otro escenario. Los autores recurren a la teoría de la cognición corporizada, según la cual pensar no consiste únicamente en procesar información de forma abstracta. El cuerpo también participa de manera activa en la construcción de la mente.

Incluso cuando las acciones son imaginarias, el cerebro sigue simulando movimientos y situaciones. Durante el juego de ficción, los niños improvisan, planifican, buscan soluciones y representan acciones que no están ocurriendo en la realidad. Estudios citados en el trabajo señalan que este tipo de simulaciones activa regiones motoras del cerebro vinculadas con la ejecución de movimientos reales.

Además, investigaciones de neuroimagen han encontrado actividad en el surco temporal superior posterior durante el juego de ficción, tanto cuando ocurre de forma individual como cuando se comparte con otras personas. Esa región participa en procesos relacionados con la empatía y la comprensión de los demás.

Por ahora, no existe una demostración definitiva de que ese mecanismo sea el que explique la relación observada entre juego simbólico temprano y salud mental años después, pero la hipótesis ofrece una línea de investigación para estudios posteriores.

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