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Fotos de nuestro ayer: cuando vendían Rolex en la plaza Baralt

Octubre de 1969. El trasiego comienza a multiplicarse en la plaza Baralt, corazón comercial de Maracaibo. La calle 99 (Comercio), abarrotada de negocios que parecieran lanzarse desde los edificios, late de bullicio. Dos avisos sobresalen de la gráfica, que no fue publicada en PANORAMA pero que pertenece a los archivos del Diario Centenario del Zulia. Uno de Rodania, y otro, de Rolex.

Sí. Podía comprarse un Rolex en la plaza Baralt. Las joyerías estaban ubicadas en ese triángulo dorado, cuando no existían otras zonas con más interés de negocios que el centro de Maracaibo. “Eso sí”, recuerda Mary Martínez, quien trabajó en varias joyerías por esos años, en esa zona de la ciudad. “No estaban allí, en exhibición. Había que pedirlos, estaban en caja fuerte. Pero era común venderlos. O no tan común, pero sí se vendían”.

De la gráfica, resalta la conjugación de esos dos emblemas -Rodania, fundada en Suiza en 1930; y Rolex, mítica marca de igual nacionalidad-, con varios elementos locales, estrictamente marabinos. El eterno por puesto (caracterizado por un elegante y lujoso Ford LTD; los buhoneros, adosados a uno de los edificios del centro, tapando las entradas de los negocios; y un carretillero, que impulsa una caja sobre su transporte, de madera, movido por tracción de sangre zuliana.

 

 

“Era un desastre, pero era maravilloso. Unos zarcillitos de niña, de oro de 18 kilates, podían costar veinte bolívares, había apartado, crédito, la palabra valía mucho. Esa zona era muy concurrida, cuando desocuparon el mercado, comenzó el declive. Ahorita por ahí no se puede ni pasar”, advierte, segura.

 

 

 

La plaza Baralt, con los años, se fue desocupando. Perdió la gloriosa pátina de otros tiempos, se llenó de olvido. “Esos proyectos para darle vida a la plaza  tienen que contemplar que vuelva el comercio activo, total. Si no, es difícil que se recupere”, explica Mary, quien pasaba, a diario, por el cruce donde se mezclaban las verduras del mercado, el queso palmita, la música de los picós que vendían discos en la esquina de McGregor, y el brillo eterno de las marcas de joyas más afamadas del mundo. 

 

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