Todo comenzó nueve meses antes cuando el retraso fue norma y te soñé por primera vez, comulgué con la idea de ser padre y poder tenerte en mis brazos. Entre alegría y miedo digerimos el test de farmacia con la doble línea rosa, aunque poco lo entendíamos celebramos porque así te sentíamos, era inminente tu llegada, y con tu arribo el trasnocho y los maratones propios de un papá.
La delgadez de tu mamá se fue ovalando y el esfuerzo de darle el beso de buenos días me recordaba entre pataditas tu continua presencia, mis mañanas fueron cambiando sin verte, sin tenerte de frente ya te amaba, contigo descubrí el amor a primera vista.
El maratón por el coche, el corral cuna, la ropita, el sinfín de cosas y un juego de teteros que nunca usaste porque preferimos la teta, me puso a -parir- antes que a tu madre. El salario nunca alcanza, y más cuando se trata de un primer hijo, lo novedoso del asunto y la inexperiencia. Todo se iba armando y fue tomando color, nos arriesgamos sin precisarte, queríamos varón, y dos exámenes y varias compras después lo confirmamos: Serías un niño.
Escoger el nombre
“Ponele fulanito” fue la premisa de todo el que se cruzó con la barriga, la lista de nombres además de insólita fue larga, entre los bíblicos de la abuela paterna, y los de reyes de la abuela materna. Salvador, Alessandro, ‘fulanito’ José o Antonio entraban en la puja.
Pasado los meses, los antojos de tu madre, los listados de nombres populares y hasta una aplicación de apelativos en el celular, se logró un acuerdo: Benjamín. El primer Benjamín de una familia acostumbrada al José, Jesús, Chiquinquirá y demás advocaciones de vírgenes.
El nacimiento
A las 8:52 am del 17 de junio de 2013 llegaste, un lunes después del día del padre rompiste fuentes en la madrugada, y mientras tu mamá se maquillaba para parirte (el evento ameritaba la buena presencia) yo corría de un lado a otro buscando bolso y llamando taxi. En Valera fue tu aterrizaje, entre montañas y el frío andino echamos raíces en las alturas venezolanas.
Para nuestra completa felicidad fue un parto natural, sin complejidades físicas, con una salud amplía para ti y al lado de una mamá con actitud de roble, la primera que te vio y te abrazó, la dadora de vida.
Escondido entre quirófanos logré escuchar tu llanto de bienvenida, minutos más tarde te vi, y fue mejor de lo que soñé. Aunque tenerte entre mis brazos por primera vez me dio cierto temor, una vez que te tuve descubrí un momento de esos que se quedan en la memoria para siempre.
Tu llegada a casa
En casa todo estaba listo para recibirte, sin embargo ante las decisiones de un bebé de días de nacido no hay quién se interponga, te hicimos un espacio en nuestra cama, preferiste la cercanía de mamá y papá, que siempre estábamos prestos a atender al mínimo quejido.
Las amanecidas fueron la pauta del día a día, tu sueño ligerito nos dibujó ojeras en el rostro, en dos meses de vida nos cambiaste el horario, descansábamos a tu antojo y vivíamos en un eterno -jet lag- sin embargo todo seguía valiendo la pena. Avanzó el calendario y con ello se establecieron rutinas, comenzaste a dormir por las noches y a reír por las mañanas justo cuando despertabas, el llanto de lo desconocido, de los primeros días cesó, y comenzó la fase de las sonrisas.
A los seis meses tocó la primera comida, el pecho de mami siguió siendo tu sustento que se complementó con las primeras sopitas, te la tomabas a tu antojo, jugabas, saboreabas y explorabas. Al final tocaba baño, acababas con sopa hasta en la cabeza.
Las primeras palabras y los primeros pasos
El corazón de un padre descifra el código de los sonidos que se transforman en las primeras palabras. Mamá y papá surgieron (para nuestra sorpresa) al mismo tiempo y al poco rato acompañada de la fluidez de muchas otras: Papá agua, mamá tetita, y demás frases cuyos sonidos fuimos decodificando.
Los primeros pasitos surgieron antes del primer año, y durante la celebración de tu fiesta mostraste el ímpetu de hacerlo. Cuando finalmente lo lograste fue en casa de tu abuela, en unas vacaciones en Valera, donde mismo naciste, caminaste.
El día a día
Hoy Benjamín ya tiene dos años, camina y habla con la fluidez permitida para su corta edad, aunque muchas veces sorprende con su avance e inteligencia. Disfruta dormir con papi y mami, ríe y juega mucho, es feliz y sigue tomando su tetita.
Conforme avanza su camino los momentos siguen dibujando mi bitácora de padre primerizo. Una vida de mucha alegría, pocas tristezas y un amplio cúmulo de satisfacciones. La sonrisa de la torta de cumpleaños, de la piñata, de la navidad con Santa y el niño Jesús, la mirada dulce de sus abuelos y las peleas con sus primas van escribiendo en su diario de vida maravillosas historias.
El ser papá ha sido para mí el mayor logro jamás alcanzado, pero ser el papá de Benjamín es mi mayor orgullo.
¿Cómo es tu historia de padre? Cuéntala, que todos queremos conocerla.