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«Beto», una vida iluminada

 El relámpago del Catatumbo ilumina muchas de las hermosas imágenes de Albert Frangieh, el mismísimo “Beto” de la escuela de fotografía “Julio Vengoechea” y de su taller de luces y sombras en el mall de Las Delicias, donde ocurre esta plática de arte y parte, citando temas de filosofía, política y     detalles melómanos por “Si volvieran los dragones”, donde Fito Páez y Joaquín Sabina dicen: “Si la angustia no tuviera tantos meses, si pudiera huir de esta ciudad…”.

Un diálogo al mediodía, en su taller donde el tiempo detiene sus incandescencias inexorables. Heredero de la   pasión con la que su paisano, Juan Rulfo, disparara, unas seis mil veces, al imaginario paisaje de Comalá, la tierra cárdena donde desarrolló su obra literaria, “Pedro páramo” y “El llano en llamas”. Ese gran escenario cósmico.

Hamid Albert Frangieh Moro, “Beto”, nació en México, el 11 de mayo de 1956 y tres años más tarde arribó al puerto de Maracaibo, donde sembró sus instintos y quehaceres. Generosísimo con su oficio fotográfico, encontramos en él, al maestro poseído por la gracia del rayo.

 “Beto” rezuma sabiduría cuando habla de poética de la luz, o de teoría de la imagen, o de nuevos recursos y elementos técnicos, fundamentales para oficiar sus liturgias visuales. Cual heredero fecundo de la tradición azteca, este artista trasciende las anécdotas y personajes de la memorabilia fotográfica de la Maracaibo que habita y retrata, otorgándoles el preciadísimo don del arte y sus ceremonias visuales, retratadas con una factura de estilo incomparable.

La mirada de Rulfo permite vislumbrar el leit motiv clave en los fotógrafos zulianos. Rulfo, según Frangieh, “configuró un lenguaje fotográfico permeado de sentimiento y de un misticismo obtenido del realismo mágico con el que dio cuenta, desde un ojo poeta, del campo, la raza y las tradiciones. Sus fotografías representaban sus andanzas por tierras para muchos desconocidas, y por las que se detenía para capturar el gesto del paisaje, “de la barda, la pared y las personas”. 

Para Rulfo, la noche es el “cuarto oscuro” en el que se realiza el proceso de composición de su obra. Así, logró un lenguaje fotográfico donde la síntesis triunfa con el mínimo de elementos plásticos sin barroquismos. 

Albert Frangieh Moro estudió arquitectura. Pero, desde niño, invocó un linaje cultural harto sensible. Su familia materna incluyó a verdaderas leyendas de la gráfica mexicana. Sus tíos convergieron en la editorial  Novaro y dieron vida a personajes folletinescos que marcaron una época en Latinoamérica. Seres extraídos del rico imaginario popular mexicano y convertidos en paladines de la justicia y la libertad. Protagonistas de múltiples historias en las que la ternura y el humor se mezclaban con la fuerza mágica de la gran literatura, la misma que marcará la piel de “Beto”.

“Tenía 17 años cuando mi padre puso en mis manos ‘Yeah, yeah, yeah’, de Los Beatles. Una revolución distinta comenzaba a gravitar sobre mi vida y la de mis hermanos. Casi todas las tardes le acompañábamos a capturar imágenes de Maracaibo, con su cámara Bolex, de formaro Super Ocho. Así, un domingo aciago de 1969, nos sacó corriendo de misa, en la iglesia San José, para que le acompañáramos a las inmediaciones de La Trinidad y Grano de Oro, donde acababa de caer un avión, causando aquella tragedia increíble. Allí estábamos, con él, recreando los primeros pasos en este oficio de testimoniantes”.

Desde su trayectoria, este maestro de la fotografía condensa su formación en tres líneas clave: Estudiar, no solo fotografía. “Este es un oficio de grandeza y admiración por el mundo y sus protagonistas, por sus maravillas y fuentes de elocuencia ontológica; necesitamos conocer y reconocer a los constructores de historia”. En este punto, recordábamos aquella frase leída en el mural de Siqueiros en la entrada de la facultad de medicina de la Unam: “El que solo sabe de medicina, ni de medicina sabe..”. Para “Beto”, un segundo asunto clave para desarrollar una praxis adecuada de la imagen como hechizo gregario consiste en el constante ejercicio de la humildad: “Sé bueno, un día; al siguiente, intenta ser mejor; supérate, a cada instante, porque lo real, la realidad, tiene que encontrarte siempre preparado para intentar aprehenderla”.

 En este sentido, invoca al gurú Roland Barthes, quien, en su pequeña Biblia de la fotografía, el ensayo “La cámara lúcida”, determina un rasgo inminente de toda buena imagen: “La fotografía debe ser silenciosa: no se trata de una cuestión de ‘discreción’, sino de música. La subjetividad absoluta solo se consigue mediante un estado, un esfuerzo de silencio (cerrar los ojos es hacer hablar la imagen en el silencio)… no decir nada, cerrar los ojos, dejar subir sólo el detalle hasta la conciencia afectiva”. Pues bien,  es  menester subrayar que los fotógrafos zulianos  tienden a revertir el aserto “bartheano”.  En sus fotos hay casi siempre sonoridad contigua al estruendo, una musicalidad extrema permea estos estallidos de luz, estos contornos de fuego visual que subyugan y hechizan y fascinan a este Espectador que también perfila el sabio galo.

El tercer acuerdo fomentado por “Beto” en sus clases tiene que ver con un continuo sentido de la ética. “La fotografía es un compromiso de vida. No se puede retratar lo que no se ama con la profundidad y pasión suficientes como para transformarla”.

Henri Cartier-Bresson ayuda a comprender mejor los principios de “Beto”: “El periodismo es una forma de constatar, de observar… Bueno, algunos periodistas son escritores maravillosos y otros simplemente colocan los hechos uno tras otro. Y los hechos no son interesantes. Es el punto de vista sobre los hechos lo que es importante. Y en fotografía es la evocación. Algunas fotografías son como un cuento de Chejov o Maupassant. Son rápidas y en ellas hay todo un mundo. Pero uno no es consciente de ello mientras dispara…”.

“Beto” tenía tres años cuando sus padres le regalaron su primera cámara. Desde entonces su compromiso de vida combina armonía con inteligencia visionaria. 

Un creador que ha nutrido su técnica bajo la tutela de maestros que evoca con dilección y respeto: Arnold Newman, Joyce Tenneson, Ann Griffith, Arthur Elgort, Jill Enfield, Michael Wraw. 

Un recorrido espléndido para el exalumno de la escuela de arte Neptalí Rincón y quien emerge como fundador de la Julio Vengoechea, la escuela de fotografía donde aún imparte cátedra lucida.

Es la esencia que orienta “Momah”, un proyecto ambicioso de documentación e información, concebido para la “producción y registro de obras de arte empleando la técnica del ‘gycleé’ (que consiste en impresiones digitales sobre medios bidimensionales de alta resistencia: tela, papel fotográfico de algodón, lienzos y papeles de seda)”. Es una manera de acendrar ese se sentimiento de imaginar y crear la fotografía como si de un hermoso blues de la mirada que piensa se tratare.

 Militante de sus principios, “Beto” cree en las nuevas generaciones, como  buen iluminado que él es. 

 Cazador deslumbrante de belleza y poesía en distintos formatos, armado casi siempre con su Yashica, confiesa que  “cualquier cámara vale para sublimar el instante en que se abre una crisálida”.

Y es que nadie se negaría a llevarse un compendio de las fotos de Frangieh, a cualquier lugar del mundo, para nunca olvidar esta región que él ha transparentado con sus enfoques, certeros y lúcidos, convencido del poder de su oficio estético.

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