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Alzado con Ezequiel Zamora y su grito de guerra

Zamora es a la historia de Venezuela del siglo XIX lo que Emiliano Zapata sería para la historia de México de principios del siglo XX. Su grito de guerra, Tierra y hombres libres, tenía la sencillez de una copla llanera. La oligarquía, a qu

Zamora es a la historia de Venezuela del siglo XIX lo que Emiliano Zapata sería para la historia de México de principios del siglo XX. Su grito de guerra, Tierra y hombres libres, tenía la sencillez de una copla llanera. La oligarquía, a quien él pedía mirar con horror y a la que derrotó magníficamente en la Batalla de Santa Inés, solo pudo reducirlo por los tremedales de la traición.   Juan Zamora llegó a Calabozo decidido a guerra con la tierra y fundar un hato. Sin más recursos que sus manos y su ingenio hizo en medio del llano, entre selvas y tremedales, entre la lluvia que cae y lo anega todo y el río que pasa llevándose lo que queda, un hogar. Se enamoró de la tierra tanto como de una mujer de apellido Pereira y mientras una le multiplicaba las recuas y las madrinas la otra lo multiplicaba a él en tres hijos guariqueños.

Mateo, el mayor, quien se fue con las montoneras con las que José Tomás Boves atizó la guerra de castas que bautizó con sangre la Independencia. Juan que se une a la causa de los patriotas y muere tempranamente por ella y Alejandro, el menor, quien en 1814, siendo aún un muchacho, se incorpora al Ejército Libertador bajo las órdenes directas del general Simón Bolívar.

Como la guerra y el amor suelen cruzar sus caminos con más frecuencia de lo conveniente, Alejandro conoció a Paula Correa, quien había nacido en Villa de Cura, y la pasión debió ser como la guerra misma porque el 1 de febrero de 1817 nació en Cúa el hijo de ambos, Ezequiel Zamora.

 

Sangre combativa  Tenía cuatro años Ezequiel cuando su padre muere en 1821 combatiendo las últimas tropas realistas que se oponían al avance de las fuerzas de la libertad y su madre se traslada a Caracas en busca de seguridad y mejores condiciones de vida para sus hijos que, como muchos otros venezolanos de entonces, no tenían más herencia que la pensión por viudez de su madre y la condición de ciudadanos de la nueva República.

En Caracas asiste a la escuela de primeras letras que dirigía el maestro Vicente Méndez, pero las condiciones de vida de Ezequiel debieron ser particularmente estrechas porque en 1838, cuando apenas tenía 21 años, ya se ha establecido como pulpero y comerciante de ganado en Villa de Cura, la tierra natal de su madre.

 

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Esa condición de comerciante le mantiene vinculado a los sectores populares que se movilizan económicamente entre la compra y venta de ganado, el cultivo de la tierra y la adquisición de víveres, herramientas y los productos para el hogar y la familia.

Las pulperías eran para entonces no solo el lugar donde se hacía la economía, el mercado, sino el espacio de reconocimiento del pueblo, de los pobladores,    a dónde todos necesariamente acudían, donde todo se sabía y  en consecuencia las noticias, las quejas, las preocupaciones, circulaban incesantemente.

Es por lo menos curioso que los tres líderes que la historia venezolana del siglo XIX reconoce como auténticos líderes populares, José Tomás Boves, José Antonio Páez y Ezequiel Zamora, hayan compartido la condición de ser catires y  pulperos. 

Hombre honesto En el caso de Zamora sus biógrafos coinciden en subrayar la honestidad y pulcritud con la que llevaba sus negocios, incluso le atribuyen la virtud de ser afable y bondadoso en tiempos en que la violencia oligárquica conservadora, que para mayor pasmo de nuestra historia estaba entonces liderada por los próceres de la Guerra de la Independencia, José Antonio Páez, el centauro de los llanos, y Carlos Soublette, generaba, a su vez, la violencia de los renegados que, desde asentamientos conocidos como rochelas, practicaban lo que algunos han visto como bandolerismo, pero que bien pudo ser una forma de resistencia armada.

Eran tiempos duros los que Zamora vivió en Villa de Cura, pero su honradez y sus cualidades para entender aquella realidad compleja y adversa y poder sintetizarla en un discurso político debieron ser formidables. El respaldo a la Sociedad Liberal de Villa de Cura creada por su iniciativa gozó de un amplio e inmediato respaldo popular.

El programa político era tan sencillo y popular como una copla: Comunidad de las tierras, Hombres libres (fin de la esclavitud), Elección popular y principio alternativo y Horror a la oligarquía y el llano mismo se encargó de sintetizarlo en lo que era, a un mismo tiempo, un verso y un grito de guerra: Tierra y hombres libres.

 

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Tras las maniobras de los conservadores liderados por Páez y representados directamente en los hermanos Monagas para escamotear las elecciones que debían ser ganadas por los liberales liderados por Antonio Leocadio Guzmán, y tras la traición misma de los liberales guzmancistas que terminaron pactando con la oligarquía que Zamora llamaba a tenerle horror, estalla la rebelión campesina de 1846.

Con 30 años y junto al héroe de la Guerra de Independencia Francisco José Rangel, conocido como el Indio Rangel, Ezequiel Zamora será el comandante de aquella rebelión popular que siendo bien cruenta serviría apenas de calentamiento para la guerra larga, la Guerra Federal que se llevaría buena parte de la segunda mitad del siglo XIX venezolano, sacrificaría la vida de miles de venezolanos, incluyendo la del mismo Zamora, para terminar, tristemente, en un nuevo pacto entre las oligarquías conservadoras y liberales.

Pero en 1846, cuando el cierra de las vías electorales y populares, por parte de los conservadores empuja al campesinado a la rebelión, en Zamora está pendiente la promesa que llevó a su padre a sumarse a las tropas de Bolívar y, a un mismo tiempo, también está la promesa que llevó a su tío Mateo a irse tras las montoneras de Boves.

 

¡Libertad! El derecho a la tierra y a disfrutar del fruto de la tierra. La libertad para los esclavos y la posibilidad para los campesinos, los indios, los renegados de las rochelas que ya habían sido cumbes, de hacer una vida con dignidad.

Mateo, Fidel, Epifanio, Juan y Wintila, primos de Zamora, hijos de su tío Mateo, se sumarían a las guerrillas zamoranas de la rebelión campesina y a las tropas de la Guerra Federal unos años después.

 

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Alzado con Ezequiel Zamora y su grito de guerra

 

En el hábil pulpero y eficiente agitador político que formó la Sociedad Liberal de Villa de Cura se revelará entonces un eficaz estratega militar con un amplio conocimiento del escenario de guerra, los llanos venezolanos, y una particular visión de la lucha armada que combina la tradicional infantería y caballería con cuerpos volantes a la manera de columnas guerrilleras que tienen como función hostilizar al enemigo, mermar sus suministros e interferir sus comunicaciones junto con la acción simultánea de informantes (espías) y prácticos (baquianos) encargados de confundir y cegar al enemigo.

Pero su condición de líder popular se galvaniza cuando Zamora logra lo impensable. Concentra las fuerzas dispersas en las llamadas rochelas, une a aguerridos líderes guerrilleros como el Indio Rangel, Pedro Aquino y Santiago Pérez y los enfoca bajo una sola bandera, Tierra y hombres libres, y en un único propósito, aniquilar a la oligarquía conservadora.

Páez y sus aliados en el poder incrementan la violencia contra el campesinado y los esclavos insurrectos. Se arrasan e incendian caseríos completos, se fusila y decapita a discreción de los jefes de tropas y quien fracase en la tarea de capturar a Zamora es castigado con la muerte.

Dionisio Cisneros, jefe militar conservador, derrotado por Zamora en Los Bagres el 28 de noviembre de 1846, en su única defensa antes de ser fusilado por Páez dice que el Jefe del Pueblo Soberano tiene un “pacto con el diablo”. El pensamiento mítico tratando de explicar lo que la razón es incapaz de aceptar: la enorme red social, popular, a la que se enfrentaba la oligarquía conservadora.

Una prueba de ello es la acción de Paguito. Las tropas del Gobierno, formadas y entrenadas por veteranos de la Guerra de Independencia, sufren 900 bajas. Aquello había dejado de ser una simple rebelión para convertirse en una seria amenaza para los conservadores. Pero lo que Páez no había logrado con toda su experticia guerrera y sus recursos como jefe del Gobierno, lo logra un revés imponderable: Zamora se enferma de tifus y sus guerrillas deben replegarse. La noche del 14 de marzo de 1847 es capturado.

La oligarquía que lo horrorizaba lo condenó a muerte y sólo la airada intervención de su madre Paula quien públicamente y a gritos defiende la vida que había procreado 30 años atrás, logró postergar el fusilamiento al que le habían condenado.

Zamora logra evadirse de la cárcel y huye a Curazao. El 20 de febrero de 1859 desembarca en la Vela de Coro como 53 años atrás lo había hecho el general Francisco de Miranda. Ese día la historia lo recogerá como la fecha que marca el inicio de la Guerra Federal.  

Santa Inés  Diez meses después, el enorme liderazgo popular de Zamora y su genio militar, combinado nuevamente con sus conocimientos del paisaje venezolano, esa capacidad para caminar sobre los tremedales llaneros, hizo posible la Batalla de Santa Inés y lo puso a las puertas de una victoria no sólo de las fuerzas liberales, sino particularmente zamoranas, populares.

La oligarquía toda estaba horrorizada. Y las fuerzas liberales prefirieron, otra vez, pactar con sus adversarios conservadores antes de que aquel “blanco de orilla” con la conciencia y el alma curtida por años de luchas insurrectas al lado de la indiada y la negrera rochelera fuera convertido por zambos y mestizos en el Presidente de Venezuela.

Zamora sabía moverse hábilmente por tremedales, pero no por los políticos que suelen ser peores que los naturales del llano venezolano. A las puertas de San Carlos, la misma mano que disparó en Berruecos, la mano de la traición, cobró la vida del hijo de Alejandro Zamora, el sobrino de Mateo, el nieto de Juan Zamora, el Jefe del Pueblo Soberano.

 

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