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REPORTAJE. Los Roques, aunque sea una vez en la vida

Situado a unos 176 kilómetros al norte de Caracas, el archipiélago de Los Roques está considerado con justicia uno de los destinos turísticos más emblemáticos del Caribe venezolano. Pese a sus elevados precios y a su efervescente turismo, este paraíso simboliza  a la Venezuela ideal.

Ricardo López/ [email protected]/ Fotografías: Cortesía

Esta es la historia de nuestra primera vez en Los Roques. Somos dos venezolanos que esperaron unos 39 años para conocer el paraíso en su propia tierra. Y llegó el día después de varios intentos cada vez que regresábamos al terruño. Antes las agencias no tenían  información precisa y ahora no pueden emitir  boletos. El misterio de visitar la isla crece. La clave para hacer posible el sueño es tener  un amigo con un  contacto quien consiguió dos pasajes en plena temporada alta, más la estancia en la posada más romántica y acogedora del archipiélago. Nada más y nada menos. Nunca hay que perder las esperanzas.

Todo comenzó un sábado. Amanece temprano en Caracas. El taxista llega puntual a la hora, 5:30 am. Se llama Alejandro, es alto, de origen italiano, lleva barba, y muy pronto nos dará una conferencia gratuita sobre  Venezuela. “Apúrense. Hay un accidente en la autopista de Guarenas, y es posible que nos retrasemos”. 

Alejandro sortea el accidente y la cola, y nos conduce por la autopista rumbo a Higuerote. En el aeropuerto, un pequeño y limpio edificio, esperamos una hora hasta que la avioneta (algo así como una camioneta familiar con alas y hélices) esté lista para llevarnos por el firmamento y sobre el azul del Caribe hasta el paraíso en la tierra. Una pareja de franceses y otra de valencianos y los pilotos, llegamos al Gran Roque unos cincuenta minutos después de haber despegado. El ruido de los motores nos ha dejado un poco sordos, pero la vista de tanta belleza pone los sentidos en su lugar. Algo tan simple. El Caribe se adivina con su feria de infinitos azules. Las calles son de arena, y, pese a que la vegetación es escasa, la brisa se encarga de aligerar los pasos. 

Los Roques es un parque natural declarado oficialmente desde hace unos cuarenta años. En 2011, el Gobierno creó la figura del Territorio Insular Miranda, entidad sin gobernador o alcalde dirigida directamente desde Miraflores cuya capital es el Gran Roque. Las guías turísticas destacan que Los Roques ya era parte de “la cartografía de los colonizadores españoles” en 1529, y ofrecen otros datos interesantes, como el de los comerciantes vascos de la Compañía Guipuzcoana que fueron seducidos por las materias encontradas ahí y seguramente por las potencialidades de aquel turismo colonial, o el de los pobladores de origen curazoleño o arubeño, que dieron nombre a algunos de los cayos más famosos como Francisquí o Madrisquí.

 

Entre islas, cayos y bancos de arena, Los Roques dispone de unas 360 formaciones terrestres regadas sobre la región más turquesa del Caribe. Algunas zonas están protegidas y no pueden ser visitadas. Al llegar al Gran Roque, nos esperan Giancarlo y Walter para conducirnos a la posada decorada con madera, cuadros, artesanías y buen gusto. El ambiente recuerda el hogar de una familia feliz. Pero no hay tiempo que perder. Todo ya está listo para que recorramos el trayecto de diez minutos en lancha que separan al Gran Roque de Francisquí. Mary Isabel, la encargada de la posada, preparó un pícnic compuesto por sándwiches, agua, galletas y sodas. Y hielo, mucho hielo. El lanchero ayuda a instalar la sombrilla y las sillas. El mar se mece. No hay muchos turistas. El sol sonríe y la arena blanca no quema los pies por tratarse del residuo de los corales milenarios, uno de los atractivos del archipiélago.  

Unos minutos más tarde, nadamos con el equipo adecuado por una zona del cayo en la que se aprecian mejor los corales. Es la llamada Piscina. No hace  falta de experiencia para sumergirse, llevas  aletas, máscaras y salvavidas.  En instantes el silencio y la grandeza de aquel minimundo submarino habitado por peces espléndidos ajenos al ruido y a las preocupaciones te desconectan del miedo. Allí todo es mágico. Al día siguiente toca el paseo estrella de la isla: Cayo de Agua. El trayecto en lancha dura una hora. Las vistas no pueden describirse. Hay playas solitarias, otras que unen sus orillas y mezclan su oleaje. Una vida no sería suficiente para fotografiar tanta poesía. 

 

 

De regreso, hacemos una parada  en Carenero. Unos perros labradores  saludan y nadan la embarcación. La población canina de Los Roques es asombrosamente numerosa. Parece que alguien llevó alguna vez una pareja de labradores, y el resto es historia. Alguien me dirá después que una campana de esterilización aspira a reducir la reproducción de los canes, que son, después de todo, parte del decorado, con permiso de los corales y las gaviotas golosas.  Por las noches se camina por el Gran Roque sin miedo. No hay inseguridad. Ni escasez. El pueblo es alegre y deja respirar a la mejor Venezuela, la ideal. La posible. 

Se come exquisitamente. En especial en la cocina de la señora Nelly Camargo, autora del libro Cocina real, cocina en movimiento. Nelly o Mamá Nelly, como la conocen todos, es una trotamundos que ha llevado el arte culinario del planeta a Los Roques. No la conocimos porque no estaba durante esos días, pero su hermana Mary Isabel supo mantener la magia de los fogones, como bien escribió después un turista en el libro de invitados. El menú es una sorpresa para el comensal. Pero sabemos que el pescado es el rey de la mesa. La primera noche sirvieron  un dorado y la segunda, unos filetes de barracuda rociados con salsa de ciruela. Todo acompañado con entradas y contornos inspirados en algún rincón de Asia o Europa. 

 

Por las mañanas, el desayuno llega acompañado con arepas, otras delicias y mucha música. El mar hace un contrapunto entre su sinfonía de olas y Simón Díaz, el cuatro y las maracas.  El tercer y último día visitamos Madrisquí. El final se acerca. Los turistas  vociferan  que cada minuto es oro.  Cada cayo o isla de Los Roques es única y a la vez capaz de ofrecer la misma sensación de bienestar. Los precios para disfrutar de semejante regalo, hay que decirlo, son más que astronómicos. Pero vale la pena ir, aunque sea una vez en la vida. 

Durante nuestra última tarde en Los Roques decidimos caminar por unos treinta minutos el sendero que conduce al peñón en el que se erigen las ruinas del llamado Faro Holandés. El sol se oculta y el horizonte del mar se enciende de rojos y naranjas. Es un atardecer que, como apunta con acierto el escritor Leonardo Padrón, quedará guardado en nuestra memoria con doble llave. Se hace de noche, y descendemos la cuesta. Una familia zuliana desanda el camino con nosotros. Ríen, y todos, de alguna manera, festejamos el milagro de no sentir miedo. El paraíso es así. Un conjunto de islas y cayos. Hay arena y magia. El mar mece sus olas, y el aroma de la felicidad es el mismo que trae la brisa salobre. Hay gaviotas y corales. Hay una eternidad de nubes estalladas en un cielo perfecto. El paraíso es así. Y se llama Los Roques.

 

 

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