Aniversario

La herencia negra vive en el repique del tambor

Foto: Cortesía Pdvsa La Estancia

La membrana no deja de vibrar. Es   23 de junio, en la noche, víspera de San Juan Bautista. El sitio: cualquier pueblo de la costa de los estados Carabobo, Miranda, Aragua y Vargas. El repique es continuo, metralla de música que incita al baile. Cadera suelta, figuras, sudor, color. El protagonista es el tambor. 

La Real Academia de la Lengua Española define al tambor como un “instrumento musical de percusión, de madera o metal, de forma cilíndrica, hueco, cubierto por sus dos bases con piel estirada, que se toca con dos palillos”.

Pero, no es una definición inflexible. Hay casos en los que solo uno de los extremos del cilindro está cubierto por una membrana, regularmente del cuero tensado de algún animal. En otros casos, hay tambores cuyo centro es estrecho, como una suerte de reloj de arena. En otros, son tan altos como el ‘mina’ (un tambor de 2 metros de alto), o tan livianos como los quitiplás de bambú que se hacen en el estado Miranda. 

Todos, sí, guardan una semejanza directa con algunos de los que se producen en la África profunda. Néstor Gutiérrez, “Er Chivo”, ha pasado buena parte de su vida tocando el tambor, aprendiendo de sus tonalidades y experimentando su música. Un recorrido que lo ha llevado a Europa (donde vivió 16 años), Asia y África. Grabó, además, 75 discos, acompañando con su percusión a artistas como David Bisbal, Manu Chao, Tasajo Tambó y Amparanoia. 

Percusión, con Jaime Vásquez y Néstor Gutiérrez, “Er Chivo”. Sonido del Tambor “culo e’ puya”.   Golpe Ajé.Tambores Chimbángueles de Bobures (Edo. Zulia – Venezuela)   Grupo Madera. Tambores de Caraballeda y San Millán.  

“El tambor, sí, vino de África. Los esclavos llegan a América y aquí hacen sus tambores, recordando a los que habían dejado allá”, explica, sosteniendo un cumaco que ha desarrollado con un tubo de pvc y tensado al estilo africano. 

Apunta una cualidad importante del tambor venezolano, y latino en general. “Este es un tambor que era esclavo. Allá en África era libre. Por eso, si vas a ese continente, verás semejanzas, pero no son cosas iguales, porque allá la música sigue siendo ‘libre’. Aquí el amo decía: ‘Toca más bajito, no toques tan fuerte, y le iban poniendo restricciones al esclavo”, explica. 

El carácter “esclavo” del tambor se demuestra en los diversos materiales usados para fabricarlos. “El tambor redondo de la fulía”, explica ‘Er Chivo’ está hecho de madera de balso, muy liviana. El culo’e puya también. Eso se hacía, porque si había que huir, se agarraban los instrumentos y se echaba a correr”, explica.

Ese carácter fue “modelando” la música de tambor lograda en Venezuela y transmitida con el paso del tiempo. Una gama rítmica, con colores diversos, pero más “estilizada” que la de sus ancestros africanos, aquella más cruda, más dura. 

“Er Chivo”, quien además tiene una larga experiencia en grupos dedicados a la difusión de este tipo de música —estuvo con Juan de Dios Martínez en Ajé, en Imbangala y en Huracán de Fuego—, apunta que “en todas partes del mundo hay tambores, con excepción de Noruega”, revela. 

Los tambores han prevalecido, principalmente, en los pueblos cimarrones —esclavos que escapaban de los amos y se escondían en zonas boscosas formando colonias—. Ejemplo de ello son los pueblos de Gibraltar y Bobures (en Zulia), de Farriar en Yaracuy, la larga ristra de pueblos de la costa de Aragua (Ocumare, Cata, Cuyagua, Choroní), Miranda (Barlovento, Caucagua, Curiepe, Tacarigua, Tapipa, Cúpira, Panaquire) y Vargas, donde la tradición se ha mantenido, principalmente, en Caraballeda.

Un Solo Pueblo, desde su aparición en los años 70, comenzó a recopilar música tradicional y reproducirla con los instrumentos que también recolectaba. De Caraballeda, culo’e puya, cumaco, mina y curbata. Y, uno a uno, fue metiéndolos en el disco. También lo difundió el grupo Madera. Era la primera vez que los tambores venezolanos, más allá de los de la gaita, resonaban en la radio, en el acetato.

“Leoleoleeee, leoleola/ leoleoleo, leoleola golpe/ Juana Apolinaria, la de Pozo Hondo / se lava la cara pero es muy jediondo ay Dios”, entonaban las mujeres, en el disco de 1982. Un tema que luego se popularizó bajo el respaldo de Tambor Urbano, en los años 90, con una sonoridad estándar, adaptando los distintos cantos de tambor, a su batería de instrumentos. 

La difusión alcanzó distintas latitudes. En el disco de 1982, Un Solo Pueblo agradece  a la gente que los aplaudió a rabiar en Londres. Destaca también  la investigación y difusión ejercida desde Caracas por el Grupo Madera, y por dos otros grupos que han llevado la música del tambor a una expresión comercial: Tambor Urbano y Vasallos del Sol. 

“El tambor da para hacer fusiones”, dice Gutiérrez, “Er Chivo”. “Lo importante es que aporta venezolanidad. Si haces música electrónica y metes un tambor criollo, ese producto será venezolano”, explica. 

Remigio Piñate, integrante del grupo Madera, ratifica que “los tambores forman parte de esa herencia africana. Muchos eran tambores de lucha, de guerra. Aquí se asimilaron con la cultura para las fiestas religiosas, de San Juan y de la Cruz de Mayo”.  

Como muestra, un botón. “El tambor redondo, es originario de la zona fronteriza de Angola”, explica Piñate. 

El baile, popular, único, no implica contacto permanente entre la pareja. “Es una suerte de danza de cortejo: el hombre procura, persigue a la mujer, se retan unos a otros, se cambian de pareja, todo  con rápidos movimientos de cadera y cintura”, dice Analí Campos, profesora de danza nacionalista. 

Los Diablos Danzantes de Yare (Miranda) son otra de las celebraciones que usa tambor: una caja que resuena a medida que avanza la rendición del mal ante el bien, simbolizado en los diablos avanzando hasta el Santísimo sacramento. 

 

Diablos danzantes de Yare.

Ritmos percusivos que, al comenzar a sonar, tienen un punto común. “Te mueven, haces que vibres, y te integras al baile. Es algo inmediato. El tambor es el corazón del negro”, recuerda Yamarí Luque, nacida y criada en Curiepe, uno de los pueblos de Barlovento. 

Un bombeo que toma vida, todos los junios y que, al cesar la fiesta al santo, queda en el alma de tamboreros, bailadores y cultores.

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