“Si esta conversación debe darse, que sea en honor a todas las personas que estuvieron antes que yo y que abrieron el camino para que yo pudiese avanzar.”, advierte Máximo Pineda, antes de ofrecer su visión del teatro. A propósito de ser hoy el Día Internacional del Teatro, Pineda rompe el silencio habitual de su arte dramático para hablar de su oficio de vida.
De abuelos españoles y padres colombianos, Máximo Pineda nace en Maracaibo, la ciudad que habita.
Actor, director y docente, es egresado de la escuela de teatro Inés Laredo y conocido como máxima figura del grupo Mandrágora, además de ser uno de los pocos actores mimos del Zulia y del país. Fue alumno de Marcel Marceau, a quien admiró siempre.
Se inició como director del montaje «Jesús… su triunfo», el primer musical del estado Zulia. Ingresó a un grupo independiente de la Universidad Católica Cecilio Acosta, con el Teatro del Silencio o Mimos. Formó parte de la Compañía Regional de Teatro, bajo la dirección de Clemente Izaguirre y ha dirigido dos proyectos de Teatro Pedagógico y Teatro en Silencio, este último una suerte de complicidad entre la pantomima y los sordomudos.
– ¿Cómo llega al teatro?
– Yo llego al teatro por accidente (Risas). Empecé a los quince años. Un día, estaba caminando por una plaza, y veo que la Universidad del Zulia tenía instalado un Cine Cubo. Vi por primera vez la proyección de un corto donde aparecía un mimo, que era Marcel Marceau.
Me quedé paralizado y después de eso no pude quitarme de la cabeza esa imagen. Inspirado por ese recuerdo, empecé a hacer teatro en el liceo, en un grupo dirigido por Orlando Atique. El día de la función, me puse una braga como de granjero, una franela prestada, me pintaron la cara y literalmente salí empujado hacia el escenario (Risas). Esos fueron mis inicios.
– ¿Cómo ha sido su proceso de formación?
– Yo siempre he hecho cuanto curso ha habido en la vida. Siempre he sido muy inquieto y en mi formación siempre he estado atento de quién es el mejor, para aprender de él y hacer talleres.Estudié en la Escuela de Teatro Inés Laredo. Paralelamente hice danza contemporánea, ballet clásico, por ese fenómeno de integrar.
El arte escénico siempre tiene algo de empírico, es importante saber que los maestros obran con la acción y que tú eres el que tiene que saber buscar la respuesta, porque el arte nos es más que la simbiosis de todas las manifestaciones, y en el caso del teatro es esencial, porque une los otros lenguajes.
– ¿Cuáles han sido los maestros que más lo han influenciado?
– He tenido grandes maestros a lo largo de la vida. Marcel Marceau es un maestro fuera de serie, pero hay otras personas, más discretas, pero que te dan grandes enseñanzas, por ejemplo, Ramón Díaz de la Escuela de Mimodrama de Cuba, Gissel Barreto, en metodología de una didáctica muy cercana a la educación, Milena Basso, subdirectora de la escuela de psicomotricidad de Barcelona, España.
También Mark Clein, que trabajaba con poblaciones especiales (adictos, antisociales, prostitutas) y cómo transformarlas a través del teatro, ese es que uno de los fenómenos que marcan lo que para mí es el teatro, una herramienta de transformación.
Foto: Agencias
– ¿Cómo llegó a ser alumno de Marcel Marceau?
– Tuve la oportunidad de estar conMarceu en tres momentos. El primero fue luego de años de trabajo en la pantomima. Me tocó recibirlo en una función organizada en Maracaibo por la Institución Niños Cantores del Zulia. Cuando estoy en el hotel, y veo a Marceau frente a mí, casi me desmayé.
Lo único que se me ocurrió fue juntar mis manos frente a él y hacerle una reverencia, entonces él me dijo “ah muy bien, tu vida y mi vida, se encuentran para continuar”, refiriéndose al significado del gesto que yo había hecho. En esa primera oportunidad tuve muchos privilegios, pasé mucho tiempo con él y pude hacer algunos talleres privados.
La segunda vez, Marceau vino a presentarse en un escenario que habían habilitado en un centro comercial. En esa ocasión íbamos a compartir escena. El caso es que cayó un diluvio que desarmó todo el escenario y estuvieron a punto de suspender la función. Yo les pedí que me dieran unos minutos, pero que por ningún motivo cancelaran la presentación.
Resumiendo, se presentó el maestro, una hora después, pero se presentó. Yo terminé tan agotado luego de rearmar todo, que no pude presentarme.
Marceau estuvo muy agradecido, y me extendió una beca para la escuela de Mimodrama de Paris, en Francia. Desafortunadamente, la beca consistía en solo tener acceso a la escuela, pues los gastos del pasaje y la manutención corrían por cuenta mía, cosa que no podía costear y la beca se perdió.
Muchos años después, coincidió mi cumpleaños con una función que Marceau daría en Caracas. En ese momento trabajaba en el Maczul y mis compañeros me regalaron una entrada para la función. Yo viajé inmediatamente, y ya en el Teatro Teresa Carreño, fui reconocido por técnicos del equipo de Marceau. Ellos me escoltaron hasta el camerino. Hablaron con el maestro que iba a empezar a maquillarse.
Él se gira, me ve, y como saludo me hizo el gesto que yo le hice cuando lo vi por primera vez (tú vida y mi vida se encuentran para continuar). Fue hermoso, la última vez que lo vi.
– ¿Qué cualidades debe tener un actor?
– Eso no es absoluto, porque hay personas que no tienen formación pero son histriónicas de nacimiento, y hay personas que no tienen habilidad pero la pueden desarrollar. Creo que en prima instancia hay que ser honesto.
El teatro, en un punto, es doloroso, porque tienes que desnudarte el hueso, como ser humano, para luego poder llegar a ser actor, porque trabajas a partir de la verdad, tu verdad, luego, hay que tener disciplina y estudiar, lo demás se puede ganar con los años.
– ¿Si tuviera que hacer una lista de recomendaciones para los actores de hoy cuales serían?
– Primero ser honesto, cuando eres honesto no tienes el temor decir que no entendiste algo, eso es importante en el aprendizaje; luego hay que tener disciplina, la disciplina parte de que tienes miles de personas que se trasladan al teatro para verte y debes estar a la altura de las circunstancias. Y lo último es que el actor tiene la obligación de refutar todo, eso sí, desde el estudio y la preparación. El actor tiene que ser un ser pensante, no repetitivo.
– ¿Qué tipo de método interpretativo desarrolla usted?
– Soy ecléctico. He leído a todo el mundo y uso lo que me funciona. Si hay algo que rescatar, sería el agradecerle a toda la gente que ha estado delante de mi trabajando, a los grandes del teatro, y a los que siguen haciéndolo a pesar de las dificultades.
– ¿Qué significa la dirección escénica para usted?
– Ese un fenómeno interesante. Dirigir no es decir lo que vas a hacer, porque ¿dónde queda la autonomía del pensamiento del actor?, un director guía al actor para que consiga lo que se quiere, sin que el actor se sienta dirigido o manipulado. Es un proceso de inducción.
– ¿Qué dramaturgos admira?
A Samuel Becket que es más intimista, a Ionesco que es más teatro del absurdo y se presta para hacer montajes maravillosos más allá de la simpatía estética, y claro, Shakespeare.
– ¿Qué obra le gustaría montar y hasta ahora no ha tenido la oportunidad?
– Hay una obra que yo he querido montar siempre y nunca he podido, que es “Pedro y el Capitán” de Mario Benedetti, que es una obra en la que se habla de un opresor y un oprimido. Me parece una buena oportunidad para hacer un cuestionamiento sobre la democracia. También he pensado en “Sueño de una noche de verano”, de Shakespeare, quizás por mi necesidad de montar clásicos.
– ¿Cómo evalúa la calidad del teatro que se está haciendo en la ciudad?
– Pienso que hay agrupaciones se han autocensurado y eso en todos los ámbitos, pero en el teatro ha sido peor, porque el teatro, anteriormente en Venezuela, era una herramienta de crítica. Creo que hay que darles un gran apoyo y un gran aplauso a los artistas que en este momento están haciendo algo, y más allá de criticar, creo que hay que reevaluar lo que vamos a hacer luego, a futuro.
– ¿Cuál es su mirada sobre la gerencia cultural?
– Nosotros tenemos que sincerarnos sobre nuestras limitaciones, porque estamos viviendo un problema circunstancial, y luego trabajar sobre esa evaluación.
Si no lo hacemos podemos pasar 20 años más mordiéndonos la cola. Los problemas no pueden ser una excusa.
– ¿Cómo evalúa el teatro que se está haciendo en Venezuela?
– Venezuela siempre estuvo en la vanguardia del teatro mundial. Hablo de la Compañía Nacional de Teatro y del grupo de teatro Rajatabla, pero luego se hizo limitado. Creo que dejamos de ser vanguardia porque desatendimos a los núcleos, porque parte de lo que la nueva generación va a marcar depende de la generación anterior, por eso es que hay que insistir en la formación.
– ¿Qué proyectos tiene?
– Quiero trabajar, ya que hemos hablado de carencias en el área de la formación, pero desde la extrema rigurosidad.
– ¿Qué significa el teatro para usted?
– El teatro es la poetización de la verdad y es una herramienta de transformación en el ser humano. Porque si yo quiero vivir una cosa exactamente realista, voy a la calle y no al teatro.
El teatro es tan doloroso que tienes que desnudarte el hueso, como ser humano, para luego poder llegar a ser actor, porque trabajas a partir de la verdad, de tú verdad.
Muchas de las estrategias que yo como persona utilizo para sortear el día a día tienen que ver con la actuación. El teatro tiene que ver con la vida misma, es la interpretación de la vida misma. Puede abarcar muchos oficios, siendo solo uno. Yo, antes que actor, puedo ser una persona común y corriente, tímida, pero el oficio del actor es lo que me permite dibujar y desdibujar el arte sin afectar mi integridad.
Quien hace teatro es artista porque debe poetizar, y dejar la experiencia al espectador, la apetencia de seguir viendo y disfrutando del arte escénico. Nunca he podido alejarme del teatro, no puedo, es mi vida, yo como, hablo y respiro como actor.




