# REPORTAJE// Narcomula venezolano contó los secretos que se esconden en este peligroso ‘negocio’

> Las autoridades practican con frecuencia detenciones en los aeropuertos nacionales e internacionales a personas vinculadas con el narcotráfico. La mayoría de los traficantes son jóvenes. Tres viajes al año, durante tres años, fue el promedio de Luis Alberto (nombre ficticio), quien, haciendo caso omiso a los riesgos, tomó su pasaporte con rumbo a Europa, para

Por Diario Panorama · 28 de octubre de 2013 · Sucesos

**Las autoridades practican con frecuencia detenciones en los aeropuertos nacionales e internacionales a personas vinculadas con el narcotráfico. La mayoría de los traficantes son jóvenes.**

Tres viajes al año, durante tres años, fue el promedio de Luis Alberto (nombre ficticio), quien, haciendo caso omiso a los riesgos, tomó su pasaporte con rumbo a Europa, para regresar a los pocos días con una cantidad considerable de euros, en efectivo.

Suma que le permitía gozar de una vida más cómoda, de la que ya llevaba, en la zona de Bello Monte, sector clase media de la ciudad capital.

Ni siquiera el hecho de caer preso en su primer viaje hizo que desistiera de estas incursiones.

El hombre de 32 años estaba convencido que ser narcomula era “súper fácil”, dinero rápido, viajes al exterior y poco tiempo invertido. “Te vas el viernes y regresas el martes a continuar con tus actividades rutinarias y algo más de dinero”.

Desde hace un año dejó este nuevo “oficio” que ejerció desde el 2006. Al regresar de un viaje a España, con su socio, una comisión de la división contra Drogas del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalística lo esperaba en el aeropuerto internacional Simón Bolívar, de Maiquetía, en el estado Vargas.

Fue interrogado, revisado exhaustivamente, le practicaron radiografías, tanto a él como a su acompañante, pero no encontraron nada. La droga había sido evacuada dos días antes en España. Sin embargo, el procedimiento le indicó que las autoridades ya conocían de sus actividades y lo estaban vigilando. La posibilidad de volver a pisar una cárcel lo acobardó, y más una venezolana.

Luis Alberto encaja en el perfil promedio de los narcomulas venezolanos, que salen de los aeropuertos internacionales de Venezuela, cargados con una cierta cantidad de cocaína, sustancia que generalmente es la que más demanda tiene, aunque la mejor pagada en el mercado es la heroína.

Es un hombre clase media, de buenos padres, sin necesidades elementales que cubrir, casado, con un bebé de apenas nueve meses. Jamás ha trabajado en una actividad regular, ganando un salario de 15 y último.

Tampoco tiene una profesión, pero vive en una muy buena casa, con un buen carro y moto de alta cilindrada. Sin embargo, desea más dinero.

La ventaja de Luis Alberto, en comparación con otros hombres, es que siempre ha viajado al exterior, tiene nacionalidad estadounidense, es decir, posee visa, y un pasaporte sellado innumerables veces por distintos servicios de migraciones. Tiene la experiencia para moverse sin temores en los terminales internacionales; además conoce de memoria la rutina de los chequeos y posee los contactos necesarios para tratar de salir bien librado en cada viaje.

Esta condición es casi que la demanda sine qua non para dedicarse a esta actividad ilegal, en vista de que la seguridad será el principal aval (entre comillas) para no ser ni siquiera percibido por algún funcionario aeroportuario y, evitar sometimientos a interrogatorios y evaluaciones físicas, única manera de determinar si la persona lleva en su organismo dediles.

El experto criminólogo Javier Gorriño admite que es difícil detectar a los narcomulas en los aeropuertos, por ello, ya algunas aerolíneas le han otorgado entrenamiento a su personal, especialmente a las aeromozas, para vigilar la actitud de los pasajeros, ya que es “extraño” que una persona no consuma ni siquiera agua durante un viaje, por más corto que sea, no es el comportamiento habitual del viajero.

“La única manera de detectarlos es por los rayos X y por algunas actitudes, como que no pueden tragar ni alimentos ni bebidas, no consumen nada, ni refresco y cuando lo abordan las aeromozas se ponen algo nerviosos. Generalmente viajan en pareja, para que la travesía parezca más corta, generen menos suspicacia y puedan manejar mejor los nervios”, explicó el experto.

Agregó que el narcomula promedio es un hombre joven —aunque también hay mujeres vinculadas con estas actividades— muchas veces estudiantes universitarios, que han viajado en otras oportunidades, y son captado sobre todo en locales nocturnos. Los sujetos les prometen dinero rápido, sin riesgo, y le pagan el viaje y la estadía. Para tranquilizar a los padres les indican que digan que ganaron un viaje al exterior con la universidad o con un concurso promocionado por alguna empresa.

“Lo lamentable es que muchas veces son jóvenes con futuros brillantes, que arriesgan sus vidas de manera innecesaria, ya que con solo explotar un dedil tienen garantizada la muerte, además del riesgo de la cárcel, esto sin contar que en muchas ocasiones son los propios narcos los que los entregan a las autoridades, porque no les conviene una relación duradera, para que no conozcan los pormenores del negocio”, acotó Gorriño.

Luis Alberto escogió para sus viajes uno de los destinos predilectos de los narcomulas latinoamericanos: España e Italia, aunque Holanda y Estados Unidos también tienen gran demanda, según explicó un funcionario de la policía científica, quien acotó que —en líneas generales— los narcos otorgan un 30% del valor real de la droga a las mulas, a pesar de que son ellos los que corren con todos los riesgos. “Algunos ni siquiera eso, los llevan engañados y después los abandonan en el país extranjero, a veces hasta sin pasaportes”.

La primera vez que Luis viajó al exterior, en calidad de narcomula, tenía 26 años. Conoció un contacto que lo convenció de la facilidad de la encomienda, le explicó cómo era el procedimiento y a quien debía sobornar en el aeropuerto para no tener ningún problema con las máquinas de rayos X.

Viajó un primero de mayo, en compañía de cuatro hombres y su esposa, quien se negó en varias oportunidades, pero al final se dejó convencer por el hombre. Él llevaba dentro de su organismo un kilo 100 gramos y ella 900 gramos. La droga sería vendida por cuatro veces su valor en el mercado nacional.

El destino era Italia. La pareja vendió —entre otras pertenencias— su vehículo Fiat Palio para cubrir los gastos de los pasajes, de los dos kilos de drogas, el soborno al funcionario y la estadía. Ellos no tendrían mayores intermediarios. En el país trasalpino los esperaba el comprador, quien se encargaría de pagar en efectivo. “Nada de transferencias, ni cheques”.

Salieron de Venezuela sin ningún inconveniente. El pago al funcionario aeroportuario garantizó que los rayos X perdieran su fiabilidad. Pasaron por los cuatro controles de Maiquetía sin problemas, ni sobresaltos. Todo parecía ser sumamente fácil.

Sin embargo, en Italia una de las personas del grupo se mostró nerviosa y todos fueron detenidos. Enseguida les ofrecieron de beber un refresco, invitación que fue rechazada por las seis personas. Once viajeros fueron interrogados y sometidos a radiografías. “Solo la cuarta vez que me la hicieron se vieron los dediles”, recuerda Luis Alberto, un hombre alto, de 1,88 metros, corpulento, de buen parecido.

En el país europeo estuvo ocho meses detenido. Siempre representado por un abogado público. Nunca recibió la visita de un familiar, solo mantuvo contacto telefónico con su hermano durante su estadía en la cárcel italiana. De su esposa conocía a través de cartas. Ella estaba recluida en otro penal. Su única compañía durante este tiempo fueron los cuatro hombres que viajaron con él.

Su único consuelo durante este tiempo fue que las cárceles europeas no guardan relación con las venezolanas. “Jamás se podrán comparar los niveles de violencia”. Además, el hecho de haber puesto en riesgo su propia vida al ingerir dediles contentivos de drogas les daba una consideración especial y estaban aparte de la población ordinaria. Sin dejar de tomar en cuenta que “nos tenían cierto respeto por ser venezolanos, ya que los demás presos sabían que aquí se matan todos los días con chuzos y armas en las cárceles”.

Salió a finales de diciembre, llegó a Venezuela sin haber sido sentenciado y aquí tampoco se prosiguió el proceso. Durante dos años estuvo dedicado a otras actividades ilícitas y fundó un gimnasio con varios socios. Comenzó a viajar recurrentemente a España para comprar mercancía para el local, al verlo fácil del proceso, decidió reincidir. Esta vez lo acompañaban los socios, su esposa no quiso volverse a exponer.

No le fue difícil retomar la rutina de las uvas, torontos, gelatinas y protectores estomacales. Asegura que con prepararse una semana antes basta para que el organismo se adapte a la presencia de los dediles. Nunca sintió temor porque una cápsula se reventara, ya que “tienes que buscar a un experto para que te los prepare. Yo siempre trabajé con el mismo, un sujeto de Coche (zona sur de Caracas), era un sádico”.

Sus viajes los realizaba ahora con uno o dos de sus socios, iban con droga y regresaban con productos metabólicos para el gimnasio. La empresa estaba registrada y tenía todos los documentos en regla, era capaz de pasar cualquier inspección. “No solo era mi negocio, sino la fachada perfecta para los viajes. Durante esos tres años no quise arriesgar mucho y viajaba cada tres o cuatro meses, no podía arriesgarme a volver a caer otra vez, ya tenía antecedentes en Italia”, asegura el hombre en modo de reflexión.

Al preguntarle si nunca tuvo miedo a morir, afirma: “Ése es el riesgo que se corre”. Por los momentos comparte con su esposa y su bebé, dedicado a actividades menos lucrativas, quizás más seguras en el país, pero la tentación siempre está latente. Los euros son un trofeo difícil de despreciar para hombres de pocas convicciones.

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**Fuente:** https://panorama.onl/sucesos/reportaje-narcomula-venezolano-conto-los-secretos-que-se-esconden-en-este-peligroso-negocio-20131028-0800.html
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