# La estetización del poder y su impacto en el espacio público

> Desde Napoleón hasta el chavismo, la imagen ha servido para convertir poder en mito y ocupar el espacio público con símbolos políticos.

Por Marielba Núñez · 3 de octubre de 2026 · Política

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La relación entre arte y poder vuelve a ponerse en evidencia cuando la estética se usa para reforzar relatos políticos, reemplazar hechos por mitos y convertir el espacio público en una extensión del discurso oficial. A lo largo de la historia, la representación visual ha servido tanto para embellecer al poder como para imponerle al ciudadano una narrativa conveniente.

## Del mito napoleónico al retrato idealizado

Uno de los ejemplos más conocidos es el de Napoleón Bonaparte. En 1801, Jacques-Louis David lo inmortalizó en **Napoleón cruzando los Alpes**, una pintura monumental en la que aparece sobre un caballo blanco encabritado. La imagen consolidó una visión heroica e infalible del líder militar. Sin embargo, la versión histórica descrita en este relato es menos épica: Bonaparte atravesó aquellas montañas arropado contra el frío y montado sobre una mula, días después de que sus tropas abrieran el paso.

Décadas después, Paul Delaroche ofreció en 1848 otra lectura del mismo episodio, con una representación más realista y humana. La comparación entre ambas obras muestra cómo una imagen puede construir prestigio político o desmontarlo, según la intención con la que sea elaborada. En ese terreno, la fidelidad histórica suele perder frente a la eficacia visual.

## Simón Bolívar y la construcción de un símbolo

Ese recurso no fue exclusivo de Europa. En Hispanoamérica, la pintura y la escultura del siglo XIX fijaron una imagen neoclásica de Simón Bolívar, reforzada por el trabajo de José Gil de Castro, que transformó al Libertador en un símbolo pulcro y casi sagrado. La figura del prócer quedó así asociada a una representación oficial que trascendió el retrato para convertirse en emblema de autoridad y nación.

El giro contemporáneo de este proceso llegó en julio de 2012, cuando el chavismo presentó una reconstrucción digital en tres dimensiones del rostro de Bolívar. La intervención alteró la iconografía tradicional y buscó dotar al prócer de rasgos que evocaran un parentesco étnico y político con Hugo Chávez. Más que una recuperación de la verdad, la operación funcionó como una reescritura visual de identidad y como un puente simbólico entre ambos personajes.

## Los ojos como marca de vigilancia

La lógica de ocupación simbólica del poder se hizo aún más visible con los llamados **Ojos de Chávez**. Lo que comenzó como un diseño para una campaña electoral terminó convertido, tras la muerte de Chávez, en una marca colocada por decreto en fachadas de ministerios, cuarteles y complejos habitacionales. El rostro se redujo a una mirada fija, sin cuerpo ni envejecimiento, capaz de transmitir la sensación de vigilancia permanente y de permanencia política.

La estrategia no solo sustituyó el retrato por un logotipo, sino que también degradó la tradición del retrato histórico y republicano. El símbolo dejó de ser una imagen de representación para convertirse en un recordatorio constante del compromiso ideológico exigido desde el poder.

## La ciudad como escenario ideológico

Ese mismo patrón apareció en el asfalto caraqueño con el intento de sustituir por decreto el nombre de la autopista Francisco Fajardo por el de Gran Cacique Guaicaipuro. El cambio nunca se impuso de forma orgánica en el habla cotidiana, pero sí fue acompañado por la instalación de una gran estructura de hierro forjado de más de veinte metros de altura en el distribuidor El Pulpo. La obra estuvo rodeada por palmeras doradas artificiales y un jaguar de cemento, elementos que reforzaban una estética monumental y cargada de intencionalidad política.

La pieza terminó desmontada y retirada bajo la excusa de fallas estructurales. Su destino evidenció la fragilidad de una imposición estética pensada más para saturar el paisaje urbano que para producir un homenaje histórico sólido. En esa lógica, la monumentalidad no buscaba integrar memoria y ciudadanía, sino imponer un relato desde arriba.

Walter Benjamin advirtió en 1936, al cierre de *La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica*, sobre la **estetización de la política**. Según esa idea, los regímenes totalitarios o de corte populista radical recurren al espectáculo, a la liturgia colectiva y a la arquitectura monumental para compensar la ausencia de derechos reales. El resultado es un ciudadano reducido a espectador, absorbido por una puesta en escena diseñada para desactivar su papel político.

En esa clave, desmitificar las narrativas visuales del poder no es solo una tarea de interpretación artística. También supone recuperar la capacidad crítica frente a los símbolos que ocupan la ciudad, los edificios y la memoria colectiva, para que el espacio público no quede convertido en una escenografía al servicio del poder.

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**Fuente:** https://panorama.onl/politica/la-estetizacion-del-poder-y-su-impacto-en-el-espacio-publico-20261003-0215.html
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