# ¿Zorro domesticado?

> En Harbin, una ciudad China en la frontera con Rusia, donde los tejados a cuatro picos abandonan sus curvas chinescas para adoptar la rectitud de los techos rusos a dos aguas, visitamos un centro comercial que bien podría levantarse en Marsella, Boston o Maracaibo. En la mañana habíamos visitado un iglesia al estilo del cristianismo

Por Ylich Carvajal Centeno// Periodista//  ylichcarvajal@gmail.com · 10 de marzo de 2015 · Opinión

En Harbin, una ciudad China en la frontera con Rusia, donde los tejados a cuatro picos abandonan sus curvas chinescas para adoptar la rectitud de los techos rusos a dos aguas, visitamos un centro comercial que bien podría levantarse en Marsella, Boston o Maracaibo.

En la mañana habíamos visitado un iglesia al estilo del cristianismo ortodoxo —como esas que se ven en las fotos de la plaza Roja de Moscú— que la revolución china convirtió en un museo para mostrar con fotos antiguas la historia común de chinos y rusos que aún se puede leer en los edificios más viejos de la ciudad. Y cuando al final del día me vi elevado por escaleras mecánicas, entre pasillos amplios y bien iluminados, llenos de vidrieras y avisos de colores, pensé: ¡Coño! el poder siempre impone su arquitectura.

La antigua iglesia cristiana ortodoxa convertida en museo, los viejos edificios cuadrados, simétricos, al estilo de la Rusia soviética y este novísimo centro comercial tipo gringo, bien resumen la historia de la ciudad que más se conoce por su festival de invierno, para el que construyen edificios y monumentos de hielo.

Como todos los centros comerciales son iguales, aunque estén en China, busqué qué hacer durante las dos horas que nuestros camaradas anfitriones —a petición de la delegación de periodistas latinoamericanos con la que viajé— habían reservado para el shopping y conseguí refugio en la única librería del lugar. 

No era, además, una tienda como esas que habré visto en alguna película donde los rollos de pergamino se apilan en cajones, ¡nada que ver! Era una de estas tiendas de libros en las que éstos se exhiben coquetamente, dejan ver sus brillantes tapas de colores y muestran descaradamente sus lomos, como modelos en una pasarela. 

Me puse a ver en aquel bosque de palos, que es para mí la caligrafía mandarín, qué había que me fuera familiar y allí estaba, de tapas rojas y como en un bosque caducifolio en otoño, el nombre de Gabriel García Márquez. Pensé que tenía en mis manos Cien años de soledad, pero nuestro camarada anfitrión me sacó del error y me dijo que allí, en esa danza de trazos indescifrables para mí, decía El amor en los tiempos del cólera.

¡Qué grande es el Gabo! me dije en perfecto castellano. Volví a la búsqueda y un par de estantes más allá no necesité la ayuda del camarada para saber que aquel libro de tapas azules, aunque estaba en chino, era El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Eso de que una imagen vale más que 100 palabras suele ser cierto.

Encontrarme en Harbin con la versión china de El amor en los tiempos del cólera me emocionó pero no me sorprendió. El Gabo es un brillante escritor, famosísimo y un camarada. ¡¿Pero El Principito?! Qué escribió ese señor aviador en francés que merezca ser traducido a casi todos los idiomas ya sea que la caligrafía de éstos se escriba horizontalmente, de izquierda a derecha como la nuestra o de derecha a izquierda como la de los árabes —con esos grafemas que parecen salidos de las dunas mismas del desierto— o verticalmente, como lo hacen los chinos con esos grafemas de palitos ídem.

Y me acordé del secreto que el zorro le reveló al Principito después de que éste se negó rotundamente a domesticarlo y, de alguna manera, a domesticarse él mismo por aquello de que te haces responsable de lo que domesticas: Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos. 

Debe ser verdad que solo quien nos ha visto desde su corazón sin pretender domesticarnos permanece en el nuestro. Hasta los chinos tradujeron El Principito.

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**Fuente:** https://panorama.onl/opinion/zorro-domesticado-20150310-0015.html
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