# Venezuela, Vietnam y los otros senderos

> Dos puntos de referencia para la izquierda venezolana han sido sin lugar a dudas Cuba y Vietnam. Por años, esos países representaron el ideal romántico del desafío del Sur Global contra el imperio Yanki y se erigieron como símbolos de la resistencia anti-capitalista y anti-colonialista mas vehemente. Estas pequeñas naciones se convirtieron en verdaderos David

Por Jairo Lugo Ocando  Periodista · 2 de enero de 2018 · Opinión

Dos puntos de referencia para la izquierda venezolana han sido sin lugar a dudas Cuba y Vietnam. Por años, esos países representaron el ideal romántico del desafío del Sur Global contra el imperio Yanki y se erigieron como símbolos de la resistencia anti-capitalista y anti-colonialista mas vehemente.

Estas pequeñas naciones se convirtieron en verdaderos David que efectivamente lograron enfrentar al Goliat del norte. Estas referencias llegaron a mantener vigencia en el imaginario de la izquierda incluso ante la caída del muro de Berlín y de cara al colapso estrepitoso de la Unión Soviética. Para muchos en la izquierda, tanto la isla caribeña de Fidel como la patria reunificada de Ho Chi Minh continuaron siendo, quizás hasta el nuevo milenio, banderas enarboladas de las utopías posibles.

Pero hace diez años sucedió lo que era inimaginable hasta entonces; Vietnam se adhirió como miembro pleno de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y como tal comenzó a implementar una serie de medidas que completamente reorientaron la economía de ese país hacia el mercado. Se privatizaron empresas, se abrieron enormes áreas a los inversionistas privados, se incentivó la creación de una clase burguesa y se expandió de forma agigantada el consumo de bienes de consumo masivo a los que los Marxistas tradicionales hubiesen tildado en el pasado de ‘lujos superfluos’.

Siguiendo los pasos de China, que bajo Deng Xiaoping(1904–1997) había comenzado su proceso de integración a la economía global 20 años, Vietnam dejó atrás todas las ortodoxias ideológicas del socialismo real y abrazó sin tapujos la economía de mercado más neoliberal posible. Todo se puso a la venta y poco se dejó al sector estatal. Incluso áreas sagradas para los socialistas como la salud y la educación, son hoy manejadas en ese país como bienes y servicios que se ofertan al mejor postor y que obedecen a las más puras reglas del mercado.

El resultado ha sido asombroso. Vietnam posee hoy el mayor crecimiento económico del mundo que ronda el 8% interanual. Con una población de unos 94 millones de personas se ha convertido en un receptor neto de inversión y ha firmado acuerdos de reciprocidad comercial con su otrora archienemigo los Estados Unidos que hoy junto con Taiwán, Singapur, Japón, China y Sur Corea es uno de los grandes inversionistasde ese país. Más aun, ante las crecientes tensiones por disputas territoriales marítimas con China, Vietnam desarrolla estrechos más cercanos con el Tío Sam, quien ahora resulta es también un aliado militar.En Saigón, hoy ciudad Ho Chi Minh, uno ve cómo el capitalismo transforma la ciudad en horas. Nuevos rascacielos le hacen sombra a los millares de motociclistas que se dirigen a sus lugares de trabajo como verdaderos enjambres humanos. La ciudad de noche se ilumina de neones y está tan viva como en el día.  Tiendas, restaurantes y discotecas repletos de la nueva clase media que se apresura a gastar sus ahorros en bienes terrenales y en alienaciones banales. 

Pero el capitalismo Vietnamita también trae sus fracturas y lenta pero inexorablemente la población pobre rural, que representa el 70% del país, comienza a desplazarse hacia las urbes, creando los cinturones de miseria a los que tan acostumbrados estamos en América Latina. Esto ante la mirada de la sociedad que ve la brecha entre ricos y pobres crecer cada vez mas. A pesar de ser nominalmente un régimen de orientación comunista, los vietnamitas deben pagar por su salud, la educación de sus hijos y por el transporte público. Nada es gratis y todos los precios los dictamina el mercado.

Durante mi visita a Hanoi, la capital, conozco a Ngo. Su padre un militar retirado del ejército del sur que apoyó a los norteamericanos, estuvo detenido después de la guerra por más de 10 años en uno de los campos de concentración a los que se les dio eufemísticamente el nombre de ‘centros de re-educación de nuevo hombre’. Al salir de prisión el padre de Ngo hizo todos los trabajos posibles, desde recoger latas hasta limpiar zapatos en la calle. “A pesar de todo, nunca dejó de poner comida en la mesa”, me comenta Ngo, quien hoy es emblema de ese ‘hombre nuevo’: trabajando en el  mercadeo en una fábrica de juguetes para la corporación Disney.

Nadie aún se arrepiente en Vietnam de la guerra, porque más allá de la utopía socialista estaba el proyecto de descolonización como nación. Para el Vietnamita promedio, el país está primero y la ideología después. Sin embargo, en las cenas no dejan de preguntarse quésería si se hubiesen quedado en la órbita capitalista. La respuesta es inequívoca en la mesa; “seríamos una potencia como Corea del Sur con nuestras propias fábricas y marcas globales”, me dice uno de los asistentes desde el otro extremo de la mesa mientas disfrutamos un ‘lu’, una sopa que se come compartida y que lo obliga a uno a sincerase en las conversaciones.

Paul Mosley, profesor de la Universidad de Sheffield en Inglaterra, y quien ha estudiado estos temas con una profundidad encomiable lo sintetiza así: “La gran lección que aprendieron los régimes autoritarios en el Asia es que si quieres mantener el poder tienes que hacer crecer la economía. La lección la dio originalmente Singapur que se convirtió en el modelo para los demás Tigres Asiáticos y en particular para China.

Hoy,Singapur, un país que comenzó su propia revolución capitalista casi al mismo tiempo que Cuba y que al igual que la isla caribeña se voy sometida a un embargo por parte de Indonesia y Malasia, exhibe uno de los ingresos per cápita más altos del mundo y se encuentra entre los primeros lugares en términos del Índice de Desarrollo Humano, mostrando los niveles mas elevados del planeta –compitiendo con los países escandinavos- y tasas de mortalidad infantil y expectativas de vida que son la envidia de muchos países industrializados. Es lo que el economista neoliberal Milton Friedman (1912-2006) llegó a llamar el ‘autoritarismo benevolente’, aunque de benevolentes en materia de derechos humanos tengan poco.

Es quizás por el hecho de que Vietnam comenzó a copiar a Singapur y a China que esa nación desapareció del imaginario –y vocabulario- izquierdista latinoamericano, el cual se enfocó más bien en Cuba como referencia. “Es que el socialismo se hizo para el trópico caribeño”, me decía un buen amigo Chavista hace algún tiempo cuando discutíamos la caída de la Urss, quien además me agregaba que “al socialismo hay que inventarlo a cada rato” y que lo que estábamos experimentando en Venezuela era un proyecto alternativo que “marcará el fin del capitalismo salvaje”’. Yo lo miré de la forma más incrédula posible y le dije de forma calmada; “deberías visitar Vietnam”.

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**Fuente:** https://panorama.onl/opinion/venezuela-vietnam-y-los-otros-senderos-20180201-0021.html
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