# En opinión: Festín populista

> Si hay una característica común de nuestra región —analizándola ligeramente— esa sería: la práctica populista de nuestros gobernantes. Esa forma de ‘tatuar’ al Estado con las imágenes de “padre protector, madre veladora y abuelo alcahueta” aparentemente lo llevamos en nuestro código genético.  A lo largo de nuestra historia, son innumerables los personajes que inyectaron el

Por Óscar Morales Economista   omoralesrodriguez@gmail.com · 6 de abril de 2016 · Opinión

![En opinión: Festín populista](https://panorama.onl/app/uploads/1bc4d9084a1b6414.jpg)

Si hay una característica común de nuestra región —analizándola ligeramente— esa sería: la práctica populista de nuestros gobernantes. Esa forma de ‘tatuar’ al Estado con las imágenes de “padre protector, madre veladora y abuelo alcahueta” aparentemente lo llevamos en nuestro código genético.  A lo largo de nuestra historia, son innumerables los personajes que inyectaron el populismo idealizando la defensa de los intereses y deseos del pueblo, mostrándose como los salvadores y mejores intérpretes de los anhelos colectivos, prometiendo ilusiones que al final son asesinadas por las realidades, despertando pasiones que borran el razonamiento lógico, convertir a los individuos en seres más dependientes de ellos,  en lugar de darles herramientas para construir su mejor porvenir, dicho de otra manera, los populistas de nuestra América se encargaron de pervertir las posibles virtudes de sus ciudadanos. 

A decir verdad, nuestro país es tierra fértil  para el populista, pues, dormir sobre cuantiosas reservas de uno de los productos más codiciado del planeta seduce hasta al más honrado y pone a delirar al más sensato. No obstante, ser populista con ingresos inestables e impredecibles es más riesgoso aún.  

El problema del populismo es que no pregunta de “dónde y con qué” el Estado va a pagar todos los derechos —necesarios y obligatorios— que exige la población, no se preguntan sobre la viabilidad de las políticas públicas,  se crea un festín y después no se pueden cuadrar las finanzas. 

Pero como quieren seguir honrando su palabra al pueblo, acuden al endeudamiento y a romper la disciplina monetaria y fiscal. El resultado de esta conducta lo vive el país en todas las distorsiones económicas actuales. 

Es decir, irrespetan los principios elementales de la economía,  no ven ciudadanos, ven votos; no actúan sujetados por criterios de responsabilidad, sino por alcanzar, ejercer y mantener a toda costa el poder. Entonces, el populista lanza planes y programas sin sostenibilidad para cubrir  las demandas ciudadanas; pretende entregar respuestas sencillas a asuntos verdaderamente complejos.  

El populista tiene muchos objetivos definidos, menos administrar con prudencia las finanzas públicas,  ni mucho menos gobernar para el país a largo plazo. El populista tiene miopía porque no puede ver con claridad que los gobiernos no se miden solamente por lo que se hizo durante los años gobernados, sino que también lo evaluarán por dejar asentadas bases para el futuro.

El populismo es ilusionar, este modo de gobernar  no visualiza el objetivo de servir a la población, sino capturarla para servirse de ella, el populismo no está interesado en la disminución sostenida de la pobreza, sino en administrar la asistencia social que poco a poco termina degenerando en ‘asistencialismo perpetuo’. Su meta es conformar una sociedad clientelar-rehén y no una dueña de su propio porvenir. El populismo invalida, crea dependencia nociva. 

De la misma forma que los liberales endiosan al mercado, los populistas invisten al Estado con un carácter infalible (no sé cuál mirada es más peligrosa, pero las dos hacen mucho daño a la democracia y a la dinámica de la sociedad). Por estos tiempos, ya quedan pocos que se atreverían a refutar que francamente no todo lo resuelve el mercado y tampoco el Estado es capaz de solucionarlo todo.

Una lección que el país no ha podido aprender —porque siempre sucumbimos a sus ‘sutilezas’— en muchos años es el rechazo a los hábitos populistas, pero esta vez los hechos categóricos pueden dejarnos nuevas enseñanzas para convencernos que sin crecimiento económico no hay posibilidad de progreso social, lo demás es engaño y espejismo. 

Nuestra experiencia pasada y presente es útil para fundamentar —con suma evidencia— que las bases del desarrollo económico no están cerca del populismo. Da esperanza creer que estamos saturados de esa cultura política populista rodeada de trampas y ficciones. Ahí pudiera estar el antídoto contra ese estilo fantasioso de gobernar. 

Al final, el sendero del populismo lo que ofrece es una fiesta para embriagarse a corto plazo y la desilusión, nada más.  Y por ello, después terminamos preguntándonos, ¿por qué si somos tan ricos, acabamos siendo tan pobres?

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**Fuente:** https://panorama.onl/opinion/en-opinion-festin-populista-20160603-0136.html
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