# En la piel de… Una semana en el horno rodante

> Un chispazo en el empalme de dos cables pelados, situados donde una vez funcionó el freno de mano, enciende el motor del Dodge Aspen, año 79. Es un carro azul, marcado con el número 224, de la línea de carritos por puestos de La Limpia. La unión de aquellos cables, que hace las veces de

Por Diario Panorama · 2 de septiembre de 2015 · Opinión

Un chispazo en el empalme de dos cables pelados, situados donde una vez funcionó el freno de mano, enciende el motor del Dodge Aspen, año 79. Es un carro azul, marcado con el número 224, de la línea de carritos por puestos de La Limpia. La unión de aquellos cables, que hace las veces de un suiche, no es la única maraña del carrito. Una delgada cabilla incrustrada al piso, conocida como “tripa e’ pollo”, permite realizar los cambios de la caja automática. La palanca original, situada junto al volante, dejó de funcionar hace 15 años.

Ése es el escenario que encuentro al sentarme en el por puesto, el tradicional transporte público zuliano, donde trabajaré como chofer por una semana.

La escasez de los repuestos, debido al modelo y año del automóvil obliga al dueño, Daniel Lozano, un hombre creyente de la fe cristiana, de 59 años, y con 28 de experiencia en el transporte público, a “emparapetar” el Aspen que utiliza como herramienta de trabajo para sustentar a su esposa y sus cinco hijos.

Salir a buscar un carro de línea alquilado, que me permita vivir en la piel de uno de los casi ocho mil choferes que, día y noche, suben y bajan pasajeros en las 108 rutas urbanas y suburbanas de Maracaibo, no es una tarea fácil.

Durante dos semanas asisto a varias paradas como 18 de Octubre, que atraviesa avenidas comerciales de la zona norte; Paseo El Marite, que pasa por los sectores pobres al oeste de la ciudad; y Las Veritas, que entra a los barrios más antiguos, pero las respuestas son negativas.

No parece razonable que en una metrópoli de 1 millón 500 mil personas y en la que circulan cerca de 150 mil carros por puestos por día, no exista una vacante.

Maracaibo es la única ciudad de Venezuela que, desde hace 89 años, utiliza el carro de cinco puestos para trasladar pasajeros. Un 85% de los usuarios del transporte público lo utiliza, por su aparente rapidez.

 

En el 2004 fueron declarados patrimonio cultural de la ciudad. Pero no lucen como antigüedades de museo, sino como insoportables hornos de óxido rodantes, que castigan al pasajero y al propio chofer.

Los conductores sólo alquilan sus vehículos a amigos o familiares. Gracias a los contactos de un vecino mío, por fin tengo mi primer acercamiento para obtener un cupo.

Con uno y otro argumento: “¡Yo te cuido el carrito! y ¡Te pago al día! ”, logro convencer al dueño del carro para que me dé una oportunidad.

Mientras damos una vuelta a bordo del Aspen me hace tres advertencias: “En los huecos dale suave, porque tiene los amortiguadores malos; si el medidor de la temperatura pasa de 200 grados, parálo porque está recalentao; y si se apaga en la vía llamáme porque él tiene sus truquitos y es difícil que lo logréis prender”.

Todo está listo. Me esperan siete horas diarias tras el volante, para desplazarme como balón de fútbol, de un lado a otro, alrededor de los 20 kilómetros que tiene La Limpia.

El techo del carro está a punto de caer. Los asientos botan la goma espuma y hasta los resortes, y un desgastado piso chamusca los talones de los pasajeros.

Ya no es el carro que hacía tres décadas ofrecía un “ambiente fresco y confortable”, según rezaban los anuncios publicitarios, cuando el Aspen recién salía al mercado.

Debo adaptarme. Me pongo un sombrero, lentes oscuros y un pedazo de manga, cortada de una vieja franela, para cubrirme el antebrazo izquierdo.

Mi primer viaje comienza a las 9:00 de la mañana.

Arranca desde la parada de la ruta, ubicada detrás del sanatorio más viejo de Maracaibo: el Hospital Chiquinquirá y termina en la Curva de Molina, al oeste de la ciudad.

La colección de autos viejos, de los años 60, 70 y 80, como Dodge Dart, Malibú, Galaxie, Impala, Fairmont, Caprice, LTD y Zephyr, que simulan un museo automotor, esperan su turno de partida en la parada.

Un fiscal de la ruta mantiene el orden. Cada carro le paga a él 2 bolívares fuertes diario, para el mantenimiento de la sede de la línea y un servicio de grúa gratuito.

El tumulto de gente que atraviesa la calle y la estridente combinación de música, cornetazos y silbatos distraen mi atención. Cinco personas: cuatro mujeres y un hombre, quienes miran ansiosos el Aspen, se convierten en mis primeros pasajeros.

El hombre, que es mayor y va bien vestido, es el primero en subir. Lleva un maletín y una lata de refrescos. “¡Cóbrese hermano!”, me dice. “Cómo váis: ¿largo o corto?” —le pregunto— “Voy hasta la sede de los chavistas”.

Desde el centro hasta el sector la Fusta el pasaje tiene un valor de 1,5 bolívares fuertes, por ser un trayecto corto. De ahí en adelante, hasta La Curva, el pasaje es largo y cuesta dos bolívares fuertes.

“Soy empresario, pero mis hijos están pendiente del negocio. Voy a hablar con Tabaquito, mi socio, para comprar unas maderas. Con su permiso, voy a echarme un traguito…¿Si alguien desea uno?”, dice elocuente y con voz ronca, el hombre del maletín.

En su corto trayecto, el pasajero establece un monólogo acelerado y sin sentido. De su maletín saca la botella de ron blanco y un vaso pequeño, para tomarse un trago cargado, seguido de un sorbo de refresco.

Los rostros de sorpresa y temor del resto de las pasajeras sólo desaparecen cuando el hombre se baja, pero no se ponen de acuerdo a la hora de comentar lo ocurrido.

“¡Yo pensé que nos iba a atracar!”, dice una. La otra: “¡Ay Dios!, pobrecito no tiene pinta de ‘Cañerito’ ese señor … ¡Más bien tenía pinta de evangélico!”.

Mi pañuelo empapado de sudor da cuenta de la crudeza del sol. A partir de las 11:00 am y hasta las 3:00 pm sus rayos cocinan a los ocupantes del Aspen, a una temperatura promedio de 40 grados centígrados.

El puesto del piloto carece de tapasol y el parabrisas tiene un desgastado papel ahumado. Los chorros de vapor que salen por los ductos del otrora aire acondicionado, convierten el interior del Dodge en un verdadero infierno.

 

Sólo un pedazo de cartón puesto en la ventanilla, como el que utilizan otros tantos conductores, sirve para ventilar el horno que rueda por toda la avenida La Limpia.

En verdaderos espejismos, en medio de un fuego urbano, se convierten las coloridas jarras plásticas que parecen recién sacadas de un congelador.

Con provocativos guarapos de panela con limón y pequeñas bolsas de agua, supuestamente tratadas, los vendedores ambulantes intentan calmar mi sed. Y la de los viajeros.

En varios tramos de la vía como: Galerías, Tostadas El Reloj, Los Postes Negros y Panadería Mérida debo esquivar en zigzags innumerables huecos, como si fueran ratoneras.

Las alcantarillas y bocas de visitas al descubierto, situadas en los sectores Los Aceitunos, semáforo de la calle 70 y la entrada a la Curva, completan mis obstáculos al conducir.

“La rosca”, como dicen los conductores en su argot para referirse al uso de los carros, que por 20 años, desde 5:00 am hasta 8:00 pm, le ha dado Daniel Lozano a su Aspen se traduce en un deterioro, casi inevitable, de su principal herramienta de trabajo.

Sin duda, la pésima vialidad acelera el desgaste de los cuatro cauchos. Uno de ellos ya asoma sus alambres.

“¡Lleváis el de atrás espichao!”, me grita con desespero y asombro otro chofer de La Limpia, al ver el caucho derecho trasero vacío.

Desvío mi ruta, casi de emergencia, le regreso la plata a los pasajeros y voy a la cauchera.

“¡Chamo!…tenéis dos clavos enterraos en el caucho…¡Buscáte un repuestico papá, porque éste no tiene vida. Ya le habéis sacao cinco clavos, mira el viaje de parches”, me dice el cauchero.

Al fin, no hay otro remedio que aumentar el número de parches, el sexto, en el mismo neumático.

Como chofer de avance pago un diario, previamente establecido, al dueño del carro. En una jornada normal de trabajo, de 5:00 am a 7:00 pm, se hacen unos 12 viajes que dejan entre 180 y 200 bolívares, según el día. El 40% le queda al propietario, el resto es para mí, pero yo debo pagar el aceite y la gasolina.

Durante todo el trayecto un ruidoso “concierto” de piezas y autopartes desajustadas de los guardafangos, las puertas, el tren delantero y los amortiguadores me impiden escuchar a los pasajeros.

“!Miiiiijo!, dejáme por aquí. Vos como que estáis sordo, a ver si le metéis plata al carro, porque hasta la gasolina le suena… piden y piden aumento del pasaje, pero no le meten nada al carro”, grita histérica una pasajera que viaja atrás y cuyo malestar remata al lanzar con rabia la puerta, sin ni siquiera escuchar mis disculpas.

Yo le comento al resto de los pasajeros, buscando una justificación, lo que me dice el dueño del carro: “Así como entra la plata, así se va. Con una parte se compra la comida. Lo demás se utiliza para pagar la luz, los estudios de los muchachos y lo que necesite el carro. No queda nada para ahorrar”.

Pese a que la Ley de Tránsito exige la prestación de un servicio seguro, higiénico y confortable, son muchos los vehículos que están malogrados y deterioran pantalones, faldas y camisas de los pasajeros.

Entre 150 y 300 bolívares mensuales “se come mi Fairlane, dependiendo de la chancleta que le dé, de cómo lo trata el pasajero y de las colas en la vía”, me comenta un chofer, quien se llama Henry y le dicen “Nené”.

Al igual que todos los conductores de por puestos, “Nené” no paga la Ley de Política Habitacional, no goza de vacaciones, ni de horas extras. Tampoco de seguro social, aguinaldos, cesta de alimentación, ni seguro médico… “me muero y sólo dejo mi carro”, confiesa.

 

El excesivo tiempo sentado, aguantar las ganas de ir al baño y mantener una misma posición generan problemas circulatorios, estreñimiento y hasta cálculos en los riñones en los choferes.

La ruta es una verdadera selva y, sin quererlo, yo soy un salvaje más. Me trago la luz roja, freno de golpe y monto pasajeros en la mitad de la calle. Todo ésto producto de la competencia entre los choferes. Mientras más pasajeros se agarran más dinero se hace.

La frecuencia de usuarios cambia a partir de las 4:30 pm. Cinco pasajeros se montan en el centro y no se bajan más hasta el final de la ruta.

Para paliar la situación los choferes dividen la ruta en dos, de la Curva a Galerías y de ahí al centro, para que más gente se monte y las ganancias no se vayan a pique.

Un mediodía, seis amigas, con edades entre los 45 y 60 años, se montan en el centro. Parecen bedeles de una escuela. “¡Mirtha!, no te peguéis tanto, que no dejáis manejar al chamo”, le advierte la mayor de las pasajeras, una morena de pelo corto y rellena, a la mujer que iba mi lado.

Ella sería mi pretendiente durante el viaje. Es de cabello negro, recogido a la altura del cuello; de unos 50 años y con un rostro marcado por un extremo cansancio.

“Pero bueno chica, ¿cuál es el problema?, no ves que ahora las viejas les echamos los perros a los muchachitos”, suelta Mirtha entre risas.

“¡Ay chama!, esta vía no la conozco… ¿será que este chamo nos quiere es secuestrar y robarnos”, dice la amiga morena, al observar que tomé un desvío por una interminable cola cercana al distribuidor de la C-1.

“¡Bueno!…atraco es atraco… como dijo la monjita”, suelta Mirtha, seguida de una carcajada general de los presentes.

Con cierta pena en su cara, y antes de bajarse en la Curva, me mira y me dice: “Ay mi amor, voy a anotar la placa del carrito, pa’ montáme con vos mañana. ¡Chaíto pues!”.

Al caer la noche, el tráfico marabino cambia de forma radical. En su mayoría buhoneros, vigilantes y empleados de casinos copan los asientos.

El miedo y la tensión ocupan también un puesto en el Aspen. La oscuridad, en ocasiones, impide observar con precisión el rostro de los pasajeros. Cualquiera puede robar.

“Pasen los celulares, las carteras y los monederos. Ráaaapido, Están atracaos. ¡Y vos viejo!… hacéte el loco y seguí manejando”, es la frase que evoca Victoria, una de las pocas pasajeras que viaja de noche y recuerda un atraco que sufrió.

“El tipo era jovencito, con pinta de estudiante. Sacó un revólver y nos quitó todo. Una señora le dijo que no y la golpeó. El chofer se metió y le partió la cabeza de un cachazo. Casi le pega un tiro. Otro chofer lo vio y le atravesó el carro. Se bajó y huyó”.

La delincuencia es una de las grandes preocupaciones de los conductores, según escuché a diario a varios de ellos.

La Central Única de Trabajadores del Transporte reportó en el 2008 la muerte de 36 choferes a manos del hampa. En el 2009 se han registrado siete asesinatos.

Estampitas de Domingo Antonio Sánchez, el llamado “protector de los choferes”, puestas en el marcador de gasolina; calcomanías de San Benito o una Biblia son las únicas protecciones de los choferes ante los ataques del hampa. A Venancio Ochoa, un hombre de unos 70 años, de pelo y bigotes blancos, chofer de la línea Curva-Concepción, me lo encuentro en el quiosco de empanadas, en La Curva, donde siempre paro a desayunar.

“¿Y tu padre…se enfermó?”, me pregunta. “Seguro ta’ jodío… porque ése no le presta el carro nadie, a menos que ya no aguante la vaina”.

Le contesto que no: “ Soy un sobrino. Le estoy haciendo unos días, mi mujer está por parir”.

“No creáis que ésto es puro manejar y ya. Aquí váis a pasar arrecheras, sustos y hasta llanto”, dice Venancio, quien enseguida se despacha una de sus tantas historias: “Una noche, como a las 9:00, monté en la Curva a una paisana con una niña, como de dos añitos. Me dio 500 bolívares pa’ que la dejara cerca del Universitario.

Iba llorando y le hablaba chiquito a la hija al oído. Yo la miraba por el retrovisor y ella no me decía nada. Pero a los 15 minutos soltó un alarido y me gritó: ‘¡Señor apúrese que la niña no se mueve’.

Me estacioné y me bajé a ver lo que tenía. La toqué y no tenía pulso. Estaba muerta. Me dijo que se la había caído del chinchorro. Me tocó bajar a los otros dos pasajeros y llevarla pa’l hospital”, cuenta Venancio. Termina su café y se va.

A esta altura del partido yo ya conozco a la perfección las mañas del carrito. Los cambios de velocidades, que hago con un cabilla pegada al piso; y encender las luces, pegando los cables azul y rojo, dejaron de ser problemas para mí.

Pero el Aspen se rebela una tarde, como a las 3:00, en medio de un implacable sol. Mientras ruedo por el cementerio Corazón de Jesús, de forma inesperada, el motor pierde fuerza y se apaga.

Hago varios intentos para prenderlo, pero es imposible. Conmigo viajan dos pasajeros, una mujer con su bebé y un hombre.

“¡Verg….!”, escucho murmurar a la madre. No es para menos: lleva en sus brazos al niño dormido, una pañalera, un morral y varias bolsas con compras del supermercado.

Intento encender el motor de nuevo, pero todo es en vano. Una humarada sale de la capota. Lo primero que pienso es que se está incendiando. Trato de abrir el capó, pero no encuentro la guaya, está pegada al frontal, no se distingue. Tengo una cola de carros detrás del mío. Quizás, al igual que yo, imaginan que el carrito se prenderá en llamas. Aún así nadie me auxilia.

Logro abrir la capota y me doy cuenta que el denso humo blanco sale del distribuidor.

“Seguro le pasó aceite al distribuidor, pero tranquilo, lo lavo con tinner y empareja”, me dice Lozano, cuando llega a auxiliarme.

Su formula funciona. El Aspen ruge de nuevo y está preparado para recorrer una vez más La Limpia.

Durante mi última jornada, el tráfico está más congestionado que nunca. Dos operativos: uno de Tránsito y otro del Imtcuma hacen intransitable La Limpia.

Pronto descubro que pocos choferes quieren ir hasta el centro, porque ese viaje es muy largo y permite agarrar pocos pasajeros. Muchos retornan en el distribuidor de Galerías y regatean para agarrar pasajeros hasta la Curva.

Yo también quiero ganar más dinero y decido hacer lo mismo. Mientras mi brazo izquierdo está en alto, con el dedo índice arriba, para captar pasajeros; con la otra mano tomo el volante y toco corneta.

 

Mantengo el pie cerca del pedal del freno, por si algún chofer con “azogue” se sale repentinamente de su canal. Mis ojos constantemente miran el retrovisor. Los choques son frecuentes.

De las misma forma son frecuentes: El “¡Tome señor… cóbrese voy corto!” de la muchacha que viaja en el puesto de atrás y el sorpresivo “¡Primo!…dejáme por aquí…por aquí!, casi al unísono, que me retumban al oído.

Es viernes. Son las 6:00 pm y mis últimos pasajeros se quedan en la parada. La intensidad del sol baja, mas no así la cantidad de usuarios. Es la hora pico y la mayoría salen “desesperados” de sus trabajos para ir a casa. Estoy por culminar mi jornada.

El contacto con billetes, monedas, pasajeros neuróticos, un tráfico infernal y la brega con el Dodge Aspen durante siete días me dejan las manos sucias, la frente caliente y los lentes marcados en el rostro.

Un estrés revuelto con cansancio y ruidos ensordecedores que se repiten una y otra vez en mi cabeza están a punto de tumbarme. Por eso decido, tras entregarle las últimas cuentas a Daniel Lozano, colocar fin a mi experiencia como chofer de carrito por puesto.

****Este trabajo fue publicado en PANORAMA el 5 de mayo de 2009**

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**Fuente:** https://panorama.onl/opinion/en-la-piel-de-una-semana-en-el-horno-rodante-20140317-0049.html
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