# Reportaje: Lo inevitable de Pearl Harbor

> Es cuando menos curioso que la primera visita de un primer ministro japonés a la base naval de Pearl Harbor se produzca luego que el presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, prometiera en la campaña electoral que haría pagar a Japón el costo de su seguridad en el ámbito internacional. Los medios hoy

Por Ylich Carvajal C · 12 de julio de 2016 · Mundo

![Reportaje: Lo inevitable de Pearl Harbor](https://panorama.onl/app/uploads/4d8da32a18f0ca3e.jpg)

Es cuando menos curioso que la primera visita de un primer ministro japonés a la base naval de Pearl Harbor se produzca luego que el presidente electo de los Estados Unidos, Donald Trump, prometiera en la campaña electoral que haría pagar a Japón el costo de su seguridad en el ámbito internacional.

Los medios hoy destacaran que la visita de Shinzo Abe a la base se realiza con motivo de conmemorarse los 75 años del ataque sorpresa más famoso de la historia mundial —sólo superado quizás por el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York— y que tiene como propósito devolver la visita que en mayo pasado el presidente Barack Obama realizó a Hiroshima.

La cancillería nipona ha dicho que se trata de “una visita de reconciliación”, pero descartó que el primer ministro Abe ofrezca una disculpa al pueblo de los EEUU y a su Ejército. ¡Bueno! Cuando Obama fue hace siete meses a Hiroshima tampoco pidió disculpas y miren que las diferencias entre un ataque con aviones a una base militar y lanzar una bomba atómica a ciudadanos civiles, cuando el Ejército de su país estaba prácticamente derrotado, tiene enormes diferencias.

Aun así, a pesar de la fecha redonda de 75 años, será inevitable que sobre el ambiente de la conmemoración sobrevuele la amenaza de Trump de hacer pagar a los japoneses la seguridad que les brindan y la no menos crispante advertencia del nuevo mandatario de que retirara a los EE UU del recién firmado acuerdo económico que une al Pacífico en un solo mercado, en el que Japón enfoca sus planes económicos más inmediatos.

Todo esto aderezado con la ocurrencia de Trump de llamar por teléfono a la presidenta de Taiwan, con quien al parecer tiene buenos negocios, que mereció una agria respuesta del gobierno de China y con la que el nuevo huésped de la Casa Blanca parece mostrar sus intenciones de revolver las tranquilas aguas del Pacífico.

Japón, que no tiene un Ejército propiamente dicho desde que fue derrotado por los EE UU en la Segunda Guerra Mundial, debe estar cuando menos inquieto por el carácter y las amenazas de su nuevo “jefe de seguridad” en Washington.

A pesar de Pearl Harbor y, sobre todo, a pesar de Hiroshima, los EE UU y Japón han construido en los últimos 75 años una alianza política y económica sólida. Primero, en los años de la Guerra Fría, se unieron para vigilar y mantener a raya a los chinos y a Corea del Norte y tras la caída del Muro de Berlín y el descalabro de la Unión Soviética, sus economías se hicieron prácticamente una, al punto de que se puede afirmar que en el ámbito económico ocurre lo mismo que en el militar.

Hace sólo unos años, cuando la globalización recorría triunfante el planeta entero, uno de sus logros más publicitados fue el hecho de que los carros, el gran símbolo del progreso y el ascenso social en la sociedad de consumo, ya no se hacían en los EE UU sino en Japón.

Entonces no faltaron las obvias alusiones a Pearl Harbor al hablar sobre aquel triunfo de la tecnología nipona sobre los siempre inteligentes estadounidenses y Hollywood completó la tarea al punto de que los últimos samuráis como los nuevos guardianes de la tradición milenaria del Haiku, el karate, el honor kamikaze y el pudor geisha, ahora son gringos. Aunque en términos cinematográficos pocos han fotografiado tan atinadamente esta relación gringa-japonesa como lo hizo Sofía Coppola con Perdidos en Tokio.

Pero hace 75 años atrás Japón era el Imperio del Sol Naciente. Había invadido Corea, Taiwán y China en busca de las materias primas que su industria militar, desarrollada con tecnologías propias, requería para “luchar contra la amenaza comunista”, como solía decirse en esos tiempos para ocultar las pretensiones imperiales.

Japón había trazado sobre Asia la misma ruta que Alemania e Italia, bajo el control fascista, habían dibujado sobre Europa y los tres gobiernos coincidían en la urgente necesidad de acorralar a los peligrosos rojos de entonces.

Sigue siendo una gran incógnita el por qué el Gobierno japonés, que para entonces se había cuidado en no meterse con los intereses europeos en Asia, se le ocurrió atacar los intereses de los EE UU en el Pacifico. Aunque las diferencias entre Tokio y Washington ya eran evidentes, estas se habían limitado a las sanciones de tipo económico.

Era obvio, además, que los planes del imperio japonés de ocupar las colonias francesas y británicas en Asia chocaban con los planes del imperio estadounidense que, previendo esa situación, en 1941, había trasladado parte de su flota desde su base natural en San Diego a Hawái, un territorio que se habían anexado en 1898 —por la misma época en que también se habían anexado Cuba, Filipinas, Puerto Rico y Guam— para que sirviera de puesto de vigilancia de sus intereses en ese lado del planeta.

Pero aun así, el gran obstáculo que los EE UU tenían para meterse en la guerra era que ésta aún no se percibía como mundial. La opinión pública estadounidense, a la que aún no le habían construido esa idea de que su gobierno y su ejército deben hacer de policías del mundo en nombre de la democracia y la libertad, era contraria a intervenir en un conflicto que se libraba del otro lado del océano.

¡A ver! para 1941 Franklin Delano Roosevelt aun no tenía el poder que ahora tienen los presidentes de los EE UU para manejar la opinión pública de su país y gracias al que, por ejemplo, George Bush convenció a su país y al mundo entero de que debían invadir Irak en 1991 y su hijo, George W. Bush, repitió la audacia en 2003.

Por ello, no deja de ser curioso que, aunque la confrontación era inevitable, los japoneses cometieran la peor torpeza que la historia militar y política del mundo reseña. No sólo porque le dieron al gobierno de Roosevelt el pretexto soñado para meterse de lleno en la guerra que habría de cambiar la geopolítica del planeta todo, sino porque convencieron al pueblo de los EE UU de que aquel conflicto también era de ellos.

Aunque el manejo de la opinión pública por parte de los presidentes gringos ahora sea más sutil y eficiente, la historia reciente nos advierte de que el espíritu de combate que guió a las tropas sobre Normandía está lejísimo de las pretensiones libertarias de las tropas estadounidenses sobre los desiertos de Irak o Afganistán.

La prueba está en que hoy el gobierno de los EE UU conmemorara una fecha trágica como una victoria mundial, pero dudo que puedan hacer lo mismo con respecto a las invasiones a Irak y Afganistán.

Más aún, aun cuando la invasión a Afganistán para derrocar a los Talibanes y la segunda a Irak para acabar con Saddam Hussein estaban justificadas en la opinión pública por el ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York, el resultado de esas guerras no le ha significado a la Casa Blanca ni remotamente lo que Pearl Harbor le significó en el pasado siglo para sus pretensiones de gobernar el mundo.

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**Fuente:** https://panorama.onl/mundo/reportaje-lo-inevitable-de-pearl-harbor-20161207-0094.html
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