# De vuelta a Rusia, recordamos a Misha

> Comenzaba una década y la Guerra Fría era un asunto de todos los días, lo mismo que las noticias sobre la deuda externa en América Latina empezaban a convertirse en una pesadilla. Era el año de los juegos Olímpicos y la sede sería la flamante capital de la hoy extinta Unión de Repúblicas Soviéticas

Por M. Delgado Marcucci · 14 de junio de 2018 · Fútbol

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Comenzaba una década y la Guerra Fría era un asunto de todos los días, lo mismo que las noticias sobre la deuda externa en América Latina empezaban a convertirse en una pesadilla. Era el año de los juegos Olímpicos y la sede sería la flamante capital de la hoy extinta Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (Urss), la eterna Moscú (una ciudad que “no cree en lágrimas” según el guionista  y director ruso, Vladirimi Menshov –quien ese año se alzó con el oscar a la mejor película extranjera por su película).

La expectativa era enorme y además la televisión a Color había llegado para que tal acontecimiento fuera disfrutado a cabalidad por el nuevo continente. Con la expectativa se mezclaba  un poco de curiosidad por lo que presentaría al mundo la  Cortina de Hierro, pero también el morbo que despertaba el toma y dame entre Jimmy Carter y Leonid Brézhnev, los presidente de los dos imperios que se contraatacaban sin cesar (como la famosa zaga de las Guerras las Galaxias que ese año se estrenaría con el singular título).

Carter, que enfrentaba un año electoral, había, primero, decretado un embargo a los cereales rusos por su incursión en territorio Afgano, y como Brezhnev ni se inmutó e invocó el principio de no injerencia internacional en asuntos internos,  pues Carter decidió, por primera vez en la historia, boicotear los juegos olímpicos.

Con EE UU ausente (y otro grupo de países que se plegaron) la humanidad se perdió la ansiada batalla deportiva, una rivalidad que iba más allá de las medallas y loa récords y alcanzaba ribetes geopolíticos especialmente en disciplinas como gimnasia, baloncesto, natación y atletismo.

 

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Así llegó el día y todos sentados frente a la TV se disponían a presenciar la inauguración de los olímpicos “comunistas”. Poco importaba lo que ocurría en la embajada norteamericana en Irán con los rehenes, o que  Zimbabue hubiera decidido independizarse de los británicos y nombrar a Robert Mugabe su primer ministro, poco importaba nada… todo podía esperar, el espectáculo estaba por comenzar ¡Y vaya qué espectáculo presenció la humanidad!

Un impávido Breznhev dio inicio a la ceremonia que  deslumbró tanto a Occidente como a Oriente. Cada ejecución en la cancha de los gimnastas, bailarines y acróbatas era digno del diez que repetiría en las barras asimétricas la rumana Nadia Comaneci  (¡nadie como Nadia!). Cada coreografía superaba a la otra: el color, los trajes, la música y la ejecución fueron perfectas. Pero hubo dos cosas que aún hoy, 38 años después, con una guerra tibia en puertas, sin el bloque soviético en el mapa, con imperios rearmándose y deudas eternas desempolvándose, la audiencia de aquel momento no olvida: las asombrosas, novedosas e insuperables Pizarras humanas y al encantador osito Misha.

Fue precisamente Misha, el oso pardo, creado por el ilustrador soviético Viktor Chizhikov, quien le demostró al mundo que, contrario a la película y a lo que el planeta imaginaba de la implacable capital rusa, pues, Moscú, definitivamente sí creía en lágrimas. En la ceremonia final, una gigantesca figura del encantador Misha con globos en sus manos fue elevado a los cielos, mientras en la milimétrica pizarra humana de su figura brotaban lágrimas (la TV captó para la historia que justo en ese momento el rostro rígido e inexpresivo de Brezhnev  se dejó ver visiblemente conmovido).

Misha, contradictoriamente, comenzó la era del marketing para las mascotas de eventos de toda naturaleza, pero aún ostenta el trono de la más recordada y querida.

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Los juegos culminaron (cuatro años después los rusos boicotearon los Olímpicos en Los Ángeles); América Latina volvió a su trágica proeza de sobrevivir en Blanco y Negro. Monseñor Arnulfo Romero (hoy camino a la santidad) se convirtió en un mártir debido a las otras formas en las que la Guerra Fría hacía sentir su peso; varios grandes también se despidieron de La Tierra tras una loable labor: Jean Paul Sartre, Alfred Hitchcock y Alejo Carpentier. Casi culminando el año, justo en el día de los Derechos Humanos, uno que le cantó infinitamente a ellos, se fue antes de tiempo: John Lennon. Pero para alegría del fútbol que hoy vive su nuevo campeonato mundial, el vigésimo primero, ese año nació el mágico dientón que acarició el balón y redescubrió la fantasía en las canchas: Ronaldinho.

Hoy, no sabremos si Vladimir Putin podrá sorprender tanto como lo hizo el imperturbable Brézhnev, ni si tendrá el mismo impacto geopolítico para el tímido hielo que hoy cubre de nuevo las relaciones geopolíticas entre los gigantes del norte y el euroasiático, pero la expectativa está intacta y ahora es digital…

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**Fuente:** https://panorama.onl/futbol/de-vuelta-a-rusia-recordamos-a-misha-20180614-0027.html
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