# CRÓNICA// La historia del hasta ahora único venezolano que nació en un avión

> Pascuale Dimarcantanonio sumó medio siglo de haber nacido mientras su mamá, embarazada, estaba a bordo de un vuelo comercial. Él es el primer y hasta ahora único venezolano que ha sacudido el vientre materno cuando un avión surcaba los cielos entre Maracaibo y Maiquetía. Volaban sobre Chichiriviche justo cuando el pequeñín pateó a su mami

Por Diario Panorama · 5 de agosto de 2013 · Experiencia Panorama

Pascuale Dimarcantanonio sumó medio siglo de haber nacido mientras su mamá, embarazada, estaba a bordo de un vuelo comercial. Él es el primer y hasta ahora único venezolano que ha sacudido el vientre materno cuando un avión surcaba los cielos entre Maracaibo y Maiquetía. Volaban sobre Chichiriviche justo cuando el pequeñín pateó a su mami sin contemplación y luego “se le salió”.

**Marielys Zambrano Lozada**

Rugen los motores, cual fiera enjaulada lista para desbocarse. El vuelo 153 con destino a Maiquetía de la línea Aeropostal de Venezuela está a punto de despegar el nueve de junio de 1962. “Pasajeros con destino a Caracas, por favor, abordar la puerta de embarque”, se escucha con insistencia desde los parlantes del Aeropuerto de Maracaibo. La advertencia le asoma a Lourdes Gûerere, una ama de casa, que debe apresurarse para no perder el vuelo.

Entonces avanza con desespero mientras se toca una y otra vez el vientre abultado con ocho meses de gestación. Luce un semblante agotado tras el estresante viaje desde el municipio Cabimas, en la Costa Oriental del Lago, hacia Maracaibo, donde debió montarse en una lancha rápida para atravesar el estuario zuliano ante la ausencia del coloso de concreto que ahora une las dos cabeceras de la región: el Puente. Tras bajarse en medio del bullicio del casco central marabino busca un transporte público tipo taxi que la llevaría hacia el aeropuerto donde la están llamando sin tregua.

Lourdes está agitada. Detrás de ella camina a paso conforme su esposo Pasquale Dimarcantonio, un italiano rubio, buenmozo, picaflor, mecánico y gandolero, que ha desatado la molestia de la doña por sus andanzas indiscretas. La tirria constante entre ambos por los coqueteos de “otras” con él, a sus ocho meses de embarazo, no le hacen bien, de modo que Lourdes quiere oxígeno porque su relación se está agotando de bañarse en el mismo río.

Por eso, horas antes, en un arrebato de disgusto, ella tomó la drástica determinación de adelantar el viaje a Caracas sin su compañía —tal y como estaba previsto—, para culminar las pocas semanas de gestación que le faltaban, con la ayuda y cuidados de la familia del italiano donde la esperaban con alegría: tendría el primogénito. Familia que por demás le concedería una atención desprendida porque los Dimarcantonio sabían que Lourdes es huérfana de padre y madre — su mamá murió en un accidente automovilístico cuando regresaba de Falcón a Cabimas con Pasquale, de comprar los objetos necesarios para el matrimonio, y Lourdes sobrevivió pero perdió parte de un brazo—.

La pareja disgustada ya está cerca de la puerta de embarque y él le lleva las maletas con pícaro silencio, mientras ella se desplaza más adelante, tratando de esquivarlo. Se despide casi por obligación de su esposo quien no abordará el avión.

Los ocho pasajeros están acomodados en el Super Constellation LAV YV-C-ANF de la aerolínea venezolana, y Lourdes, la novena ocupante y última en montarse, se sienta al lado de una ventana. Quiere ver el paisaje porque es su primera vez a bordo de un sistema de transporte aéreo. Ya instalada, cierra los ojos por unos instantes y su cabeza tiene picoteos de dolor ante la mezcla de emociones y agites del día. Pero, decidida sigue firme en su afán de irse a la capital, dejando las angustias atrás sin abrir espacio para que el miedo hiciera presencia.

Desde un micrófono les informan que el vuelo no excede los 45 minutos y prontamente estarán en Maiquetía. Los invitan a abrocharse el cinturón de seguridad, el cual le molesta a su cuerpo ventroso. Apenas despega el avión, el mareo comienza a hacerle mella en su cabeza, a la par que el bebé inicia un golpeteo insistente sin causarle dolor.

“Quise apaciguar la incomodidad tomando agua que le pedí a la aeromoza, pero avivó las molestias, De súbito sobrevino el impulso de vomitar. Me quité el cinturón. Así aguanté un rato. Llevábamos 25 minutos de recorrido aéreo cuando no soporte más”, revive la escena Lourdes.

Ella, primeriza en todo, miraba sus piernas totalmente mojadas de un líquido extraño que salía de su interior. Avergonzada, aprovechó quitarse la ropa interior húmeda con disimulo, pese a la dificultad de tener un solo brazo en uso, mientras que en la aeronave cada pasajero guardaba sus distancias, porque el puñado de ocupantes se encontraba graneado en cada ventana del enorme avión. Con la cabeza repleta de tormentos no quería pedir ayuda a personas extrañas. Y Lourdes guardaba el más sepulcral silencio ante un evento único en Venezuela que estaba a punto de suceder. La turbulencia de un vuelo que prometía ser tranquilo, apenas comenzaba cuando el avión surcaba el cielo de Chichiriviche, estado Falcón.

“Me decidí a pedir ayuda. Al levantarme sentí que algo se me salía de mis entrañas y, nuevamente, más líquido rociaba mis piernas. Ese “algo” se golpeó con el piso de la aeronave, para luego rodar entre los asientos. Sobresaltó el estridente llanto de un bebé. Era mi pequeño. No me causó dolor cuando salió”, recuerda emocionada.

Tanto el grito de madre como el del niño alertó a pasajeros y aeromozas. Nadie se quedó en su asiento. Casualidad —como suele firmar Dios—, una de esas ocho almas en la aeronave era el mayor de los bomberos Amado Ferrer, quien se arrodilló acucioso y desenredó de los asientos el cordón umbilical del niño quien se había golpeado la cabecita.

Con una tijera de uñas, esterilizada con alcohol, una azafata cortó su mediofondo para sacarle la liga. Y al propio estilo de los Picapiedras con esa liga le amarraron el cordón umbilical una vez cortado. Con mantas que usaban los viajeros arroparon a la dulce criatura, un varón, mientras el capitán Joaquín Villasmil informaba sereno a la torre de control que no efectuaría la escala en Falcón, avanzando a toda prisa hacia Maiquetía para atender correctamente la emergencia. Con un pasajero adicional y dos kilos 600 gramos de sobrepeso aterrizó el vuelo 153 a su destino. Periodistas de todas partes esperaban el descenso de Lourdes y del niño, mientras que las ambulancias aguardaban preparadas con personal médico para auxiliarlos. Y el italiano, en Cabimas, se enteraría de lo ocurrido en la noche, cuando vio el noticiero y notó que la pasajera especial era su esposa.

“Pascuale” —con c, y no con q, como su progenitor— fue bautizado el pequeño, quien recibió las aguas bautismales de manos del piloto y las azafatas. Recién nacido lo colmaron de regalos: noticias en todos los periódicos del país, cunas, coches y un valioso pasaje vitalicio —tradición usada en barcos— para montarse en esa aerolínea sin pagar boletería. A los padres les concedían par de vuelos de cortesía al año y les prometieron que si Pascuale quería ser piloto, le pagarían la totalidad del curso de capacitación. Eso sin contar que una vez graduado tendría su trabajo garantizado.

Hoy, 51 años después, Pascuale no es piloto, es médico y se sonríe al recordar que hace medio siglo se convirtió en la noticia de Venezuela y protagonista de impulsar normas en la aceptación de embarazadas en vuelos: ya no pueden montarse a menos que tengan siete meses de gestación o menos.

“Mi sueño era ser piloto, pero, parece que la caída al nacer me dejó afectación en un ojo. Sufrí además estrabismo. He viajado muchísimo. Mis papás le pedían a gente con buen semblante en el aeropuerto, si me podían llevar como su representante. Ahora los tiempos son distintos y hay que sacar muchos permisos para los niños. Claro, la familia me esperaba en el aeropuerto de destino. Viajaba una vez por semana con mi ticket vitalicio. Perdí la cuenta de cuántas veces me he montado en un avión. Tras la venta de Aeropostal no viajé más. Tengo el ticket extraviado entre carpetas. Cuando lo consiga vuelvo a intentar si todavía me es útil. Aunque tenga nuevos dueños, ahí dice que es vitalicio”.

A Pascuale nacer en el aire no le dio alas, ni suerte —sus padres se divorciaron y él no ha podido tener hijos—. Pero una cosa sí es cierta: le dio la oportunidad de saborear su experiencia como la única en el país.

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**Fuente:** https://panorama.onl/experienciapanorama/cronica-la-historia-del-hasta-ahora-unico-venezolano-que-nacio-en-un-avion-20130805-1706.html
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