# Reportaje. Bajo el signo del Quijote

> Miguel de Cervantes publicó las aventuras del ingenioso hidalgo hace 411 años, cuando él tenía 58. Aún simboliza en la cultura universal el máximo ideal de búsqueda de la justicia, la virtud y la verdad. Es también la antonomasia más recurrente para “loco de remate” y todo aquel que se mete a redentor y muere

Por Panorama · 23 de abril de 2016 · Espectáculos

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Miguel de Cervantes publicó las aventuras del ingenioso hidalgo hace 411 años, cuando él tenía 58. Aún simboliza en la cultura universal el máximo ideal de búsqueda de la justicia, la virtud y la verdad. Es también la antonomasia más recurrente para “loco de remate” y todo aquel que se mete a redentor y muere crucificado. Aún hoy habría que estar demente para intentar ver al mundo como sólo don Quijote lo veía.

**Ylich Carvajal Centeno**

Si alguna vez has usado frases como estas: “con la Iglesia hemos topado”, “cosas veremos que harán hablar a las piedras” o “toda segunda parte es mala”. Si alguna vez le has sugerido a alguien que no luche contra molinos de viento, que no lea tantos libros porque puede parar en loco o que no se enamore de dulcineas, es porque estás bajo el signo del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, aunque realmente no hayas cabalgado jamás sobre el lomo de tan hermoso Rocinante.

Leer, lo que se llama leer, es más que dejar ir la mirada sobre las líneas de un libro como quien se deja llevar sobre las olas del mar y parte a un viaje desconocido en el que casi siempre termina encontrándose a sí mismo. Se lee la vida, la propia y la de los otros. Se lee la ciudad, el país y sus convulsiones. Se lee el hogar como el trabajo, la iglesia y la escuela. La soledad y el tumulto. Y, claro, se leen libros.

Mucha gente no ha leído, lo que se dice literalmente leer, la Biblia, ni si quiera los cuatro evangelios, pero vive bajo su impronta. Y después de las sagradas escrituras, más que El Capital de Carlos Marx y La riqueza de las naciones de Adam Smith, no hay otro libro que haya influido más en la cultural universal que el Quijote. Escrito en el castellano del Siglo de Oro, ha sido traducido a todas las lenguas vivas del planeta, incluyendo la que hablan en el Tíbet, y también a las consideradas muertas, como el latín y el sánscrito.

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Pero más que estos asuntos de eruditos que sólo servirían para que su autor, Miguel de Cervantes y Saavedra, alardeara de su genio, el Quijote se ha traducido a la vida cotidiana de la gente. Es un libro de uso. Aunque existen miles de ediciones y se cuentan por millones sus ejemplares, no tiene precio. Es seguramente el libro que más libros ha inspirado, el que, en sí mismo, contiene muchos otros libros que se han escrito o están por escribirse.

Por ejemplo, La Mancha, de la cual Cervantes no quería acordarse, aún existe, como existieron en eso que llamamos la vida real muchos otros sitios, paisajes y personajes que aparecen en el libro. Él no inventó nada, sólo vistió la realidad con los trajes de la ficción ante la mirada desprevenida de un loco y con el pretexto de burlarse de las novelas de caballería, trajeadas todas ellas con rígidas armaduras moralizantes.

Y eso de presentar a la realidad con ropajes mágicos le convierte en el pariente más lejano de Gabriel García Márquez, Juan Rulfo y Julio Cortázar, sin que por eso deje de ser familia de los extravíos románticos de Rubén Darío, el compromiso social y latinoamericanista de Pablo Neruda, la universalidad de Aleph de Jorge Luis Borges y la mamadera de gallo bien disimulada y mejor escrita de Macedonio Fernández.

El Quijote es una matrioska. No sólo de libros, también de gente. Fíjate que es el único personaje de ficción al que le levantan estatuas, bautizan calles, plazas, librerías y bares con su nombre. Más que eso, ser un quijote es una forma de ser, una actitud, y, cuando menos, todos en la vida, aunque sea una vez, nos lanzamos una quijotada. Es el único personaje que naciendo en la ficción se volvió real, ¡ve que molleja!

Lo que Geppetto sólo podía imaginar en la fantasía almibarada de Pinocho y con la ayuda de una melindrosa hada madrina, Cervantes lo logró haciéndonos mear de la risa. Y puesto a ver, sólo una vida como la de él podía dar vida al Quijote.

Bautizado el 9 de octubre de 1547 en la parroquia de Santa María la Mayor de Alcalá de Henares, se cree que nació el 29 de septiembre de ese mismo año por ser éste el día del arcángel Miguel y ya por allí comenzaron las confusiones en una España dividida en castas y que apenas llevaba 55 años conquistando el Nuevo Mundo y asimilando la idea de que la tierra es redonda.

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Cuarto de siete hijos, su familia viajaba constantemente por lo que no se sabe si estudió formalmente y cómo aprendió a usar tan bellamente las palabras. Su papá, además, era sordo y aunque estudió medicina nunca se graduó y era más bien un practicante de estos a los que llaman matasanos.

Se conserva una orden de captura librada por Felipe II en 1569 contra un Miguel de Cervantes por herir en un duelo a un tal Antonio Sigura que si resulta ser el mismo Cervantes que nos ocupa explica porque a los 22 años se fue a Italia, dónde sus biógrafos creen que leyó los poemas caballeresco de Ludovico Ariosto y los Diálogos de amor de León Hebreo y recorrió todo el país.

Fue capitán en Lepanto, la para entonces más heroica y aguerrida batalla naval de la época, dónde es herido gravemente en su brazo izquierdo. Nunca más pudo usarlo y aunque realmente no lo perdió, sería desde entonces conocido como el manco de Lepanto.

Su valor en combate fue tal que regresó a España con sendas cartas que lo recomendaban ampliamente con sus majestades, pero en el trayecto a casa es capturado por los moros y llevado a Argel. Confundido con un gran noble por las misivas lacradas con sellos reales y de la más alta consideración que llevaba consigo, se fijó su rescate en 500 ducados.

Cinco años tuvo que pasar en prisión morisca porque su familia no disponía de tal cantidad de dinero y sus majestades se sintieron felices con darle las cartas por las que fue confundido con un hombre rico, pero no estaban dispuestos a pagar por tamaña confusión. Fueron unos frailes que se dedicaban a rescatar prisioneros cristianos en manos herejes, más con el propósito de salvar sus almas que sus cuerpos, quienes se apiadaron de Miguel y pagaron a los musulmanes el precio que le habían puesto en oro.

No sería la única confusión de la que fue víctima. Se sabe que trabajando como recaudador de los impuestos de su majestad se incautó de un grano que no se había declarado sin saber que el cereal pertenecía realmente a la Iglesia y pagó su error con cárcel. En Valladolid, donde residió con su esposa, su hija, dos hermanas, una sobrina y una criada, en una sociedad que tenía a la mujer en muy baja estima, a un juez severo le pareció extraña tanta bondad, que un hombre acogiera a tantas mujeres, y lo mandó preso acusado de proxeneta.

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La España en la que vivió Cervantes estaba dividida en castas infranqueables. En la cúspide estaban los nobles y su sangre azul o azulada. Luego venían los caballeros que garantizaban la tiranía de los primeros. Le seguían los hidalgos que eran literalmente “los hijos de alguien”, pero sólo eso. Y abajo estaban los campesinos, los artesanos y los soldados que eran los que trabajaban, producían y luchaban.

Cervantes era un hidalgo al igual que su personaje, Alonso Quijano, que de tanto leer libros de caballería pierde la razón y se convierte en don Quijote de la Mancha, un caballero que parte junto a su leal escudero, el muy pragmático Sancho Panza, a buscar el bien y a hacer justicia; pero, al mismo tiempo, es un transgresor que salta al siguiente peldaño de la escala social sin el debido permiso de sus majestades, quienes le perdonan su insolente atrevimiento porque es un loco.

En el bachillerato nos enseñaron que el propósito de Cervantes era burlarse de las novelas de caballería y convencidos de eso los profesores nos hacían leer antes ese bizcocho sedante que es Amadís de Gaula, cuyo único bocado realmente grato es ese en el que va en busca de Oriana.

Pero apenas ha cabalgado uno las primeras páginas tras la huella de Rocinante se percata de que hay algo más, que la locura de Alonso no está en creerse don Quijote, un caballero, sino en pretender alcanzar los bello, lo justo, lo virtuoso, sin miedo a pagar la osadía.

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**Fuente:** https://panorama.onl/espectaculos/reportaje-bajo-el-signo-del-quijote-20160423-0022.html
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