# Marabino conquistó un ultramaratón de 110 km en la Vereda en 21 horas

> Cuando José Manuel Fernández llegó a las 5:00 pm  a la Vereda, el sol en un amarillo intenso buscaba ocultarse tras los edificios que le dan la espalda al Lago de Maracaibo en la avenida El Milagro. El asfalto soltaba el último vapor de la tarde y la brisa se deja colar con el romper

Por Luis Aguirre · 27 de marzo de 2015 · Deportes

![Marabino conquistó un ultramaratón de 110 km en la Vereda en 21 horas](https://panorama.onl/app/uploads/092e48b6a45b1eb6-1.jpg)

Cuando José Manuel Fernández llegó a las 5:00 pm  a la Vereda, el sol en un amarillo intenso buscaba ocultarse tras los edificios que le dan la espalda al Lago de Maracaibo en la avenida El Milagro. El asfalto soltaba el último vapor de la tarde y la brisa se deja colar con el romper de las olas.   Él estacionó frente al comando de la Policía de Maracaibo, previa notificación. Su carro se convertiría en una carpa durante 21 horas. Allí estaban los cambios de ropa, zapatos, el botiquín de primeros auxilios y una cava con comida y bebidas planificadas. Tenía todo  listo para completar  el desafío de un ultramaratón de 110 km, cerca de 38 vueltas initerrumpidas al circuito de casi 2,9 kilómetros de la primera etapa del parque; una locura para algunos y para otros sencillamente una oportunidad de conocer sus potencialidades como deportista. 

 

“Manolo” —como le conocen— ya tenía el aval de conquistar 100 km en octubre del año pasado y todo surgió cuando abrieron la ciclovía en la avenida El Milagro, un domingo la hizo completa, al siguiente recorrió 21 kilómetros    (llegó a la plaza Indio Mara y regresó) y luego la recorrió dos veces que hacen la distancia de un maratón. 

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Esta vez sumó 10 kilómetros, asesoría de profesionales y una biblia de consejos que tomó del blog especializado espíritu libre. Allí buscó inspiración con el mayor ultramaratonista de la historia: Yiannis Kouros y de otros que siguen la legión. 

 

“Lo primero que tenía claro era la hora perfecta. Debía  aprovechar mínimo siete horas de sombra, en mi caso saqué la cuenta de 13”, resuelve al momento que su familia le deseó suerte y lo dejó en el punto de partida y se perdía entre los caminantes de la hora pico. 

 En la primera vuelta se percató del primer error: usar unos zapatos nuevos. Creyó que eran los ideales y de inmediato tomó acción, los cambió y se calzó los mismo que utilizó para los 100 K hace cinco meses que tienen cuatro años con él.  “Sabía que la amortiguación no era óptima. No me arriesgué a probar con los otros pares que llevé”.  Poca gente se detuvo a preguntarle qué le pasaba después de la sexta vuelta. “La mayoría de las personas que frecuentan la Vereda van por una, dos o tres vueltas máximo. Habrá quien se queda a tomar un té o pasear a su perro. Pasadas las 9:00 pm un policía me siguió y me preguntó: ‘Hermano, y ¿cuánto te van a pagar’. A la siguiente vuelta insiste y me dijo: ‘estáis pagando una  penitencia, tenéis un hijo enfermo…”.

Ninguna de las anteriores. Manolo antes de correr, practicaba la cacería deportiva controlada y las caminatas por las montañas lo llevaron a ambicionar con un ultramaratón en su vida y justo sucede ahora con 49 años, padre de familia, esposo y trabajador.  “Tengo una vida como todos, no me dedico exclusivamente a esto”, advierte mientras toma un sorbo de agua, de los 84 buches de agua que consumió durante el trayecto. Tenía prohibido pegarse de la botella en un momento de sed porque luego se le bajaban los “breckers”     

“Siempre me preguntan si me detengo cuando como, pues sí. No puedo ingerir mientras camino porque el estómago no está diseñado para digerir así, de lo contrario puede colapsar.       “Comí cada media hora. Me detenía un minuto y comía, esperaba otro y seguía. Ingería un pedacito de chocolate, una mandarina, café negro, un suero después de 12 horas caminando, merengadas de proteínas,  y mucha azúcar porque los niveles bajan.   La comida que no puede faltar es pasta blanca sin condimentos”.      

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Cada diez kilómetros se cambiaba las medias, se ponía vaselina para que la fricción fuera menor al roce con el algodón, y se masajeaba el pie para que circulara la sangre y evitar la coagulación y la formación de hematomas. Eso le tomaba como dos minutos y seguía. 

 A las 3:00 de la madrugada, después de cinco horas de estar dándole vueltas solo a la Vereda, sin ruidos, el tiempo parecía detenerse.   Los policías ya roncan en las patrullas, los perros habían ido a sus guaridas, los pescadores en el centro del Lago hacían un inventario de la pesca  y Manolo continuaba en su andar.

   “Toda la noche y la madrugada vi cómo entraban al Lago las lanchas y desaparecían. Ninguna se acercó, ellos estaban en lo suyo y yo en lo mío. Quizás pensarían que yo era un fantasma. Miraba a los 360 grados y solo conseguía mi sombra. Traté de sacar varias veces el teléfono y tomar una foto para postear en las redes sociales y expresar que no estaba solo, pero en ese momento la mente dispara miles de imágenes y te pasea por una avalancha de recuerdos. Pensaba en mis hijas, en mis amigos, en la rutina que quiero hacer en el gimnasio, o lo que me provocaba comer… Pero luego  caía en cuenta del aquí y del ahora cuando miraba el tiempo en un GPS  que bajé para Iphone. No soy de llorar, ni de gritar. Estaba tranquilo, paciente, meditativo, plácido”.  El teléfono tenía una pila extra. Allí llevaba el control del tiempo. Pocas veces contestaba las llamadas, al menos que fuera de su casa.  Toda distracción para detenerse iba en su contra.   

   

“Mi atención se iba por lo general al otro lado de la costa. Fui testigo de cómo se va apagando el otro lado, hacia Los Puertos de Altagracia y  Punta de Palma. No queda oscura totalmente, hay mucha gente que deja las luces encedidas en sus casas. Recuerdo que a las 9:30 pm escuché como una explosión por el Puerto de Maracaibo y luego aparecía y desaparecía una sombra rara.  Era una simple palma, pero la mente juega”.  Manolo trató de nunca acelerar el paso. Iba a la velocidad de  un corredor   lento.  Fue a su  ritmo.  “No me desesperé, ningún pensamiento ni me aceleró ni me detuvo. Eso me ayudó a conservar la energía. Hablando conmigo mismo, no sé si es el síndrome del loco  suelto, del náufrago, del preso o es un estado natural de los seres humanos. Pero ayuda mucho.  Solo me apuré en la última vuelta de tres kilómetros. Ya no sientes dolor ni nada, lo que quieres es correr y terminar. Ese momento es especial. 

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Su esposa, su cuñado y amigos le dieron ánimo en la última vuelta, lo escoltaron. Las mejillas de Manolo se habían tostado y en  los pies se inflaban grandes ampollas. El ánimo siempre por encima de cualquier obstáculo.  

 

 Además había resuelto una nueva intención al cruzar la meta. “Mi esposa me  aconsejó que esta conquista  más allá de proporcionarme alegría a mí, también debía de proyectarlo en beneficio de alguien. Y realicé una donación de mi propio bolsillo porque se trata de un reto personal. No hay patrocinante detrás.  Quizás a futuro pueda sumar a amigos a colaborar y sigamos ayudando con un estilo de vida saludable”.  Y el futuro es ya porque Manolo se propuso sumar 60 kilómetros más antes de cumplir medio cupón. 170 km a los 50 años para hacer su propio récord para que se cuente en la historia de los corredores zulianos.

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**Fuente:** https://panorama.onl/deportes/Marabino-conquisto-un-ultramaraton-de-110-km-en-la-Vereda-en-21-horas-20150326-0055.html
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