# PERFIL. Plumacher, un cónsul memorioso

> Foto: Las memorias del cónsul de los EEUU en Maracaibo, Eugene H. Plumacher, se guardan desde 1912 en los archivos históricos del estado de Tennessee, pero sólo se publicaron en castellano en el año 2003. Fue profesor, marino y miembro de la Armada suiza antes de nacionalizarse estadounidense. Participó en la Guerra de Crimea y por

Por Panorama · 31 de octubre de 2015 · Ciudad

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Las memorias del cónsul de los EEUU en Maracaibo, Eugene H. Plumacher, se guardan desde 1912 en los archivos históricos del estado de Tennessee, pero sólo se publicaron en castellano en el año 2003. Fue profesor, marino y miembro de la Armada suiza antes de nacionalizarse estadounidense. Participó en la Guerra de Crimea y por eventos desafortunados para él fue enviado por Washington a la ciudad del lago donde vivió 32 años.

**Ylich Carvajal Centeno**

 

Es una de esas rarezas que describen a Maracaibo como el lugar donde todo es posible. Aunque no era exactamente un gringo, pues había nacido en Prusia, menos un yanqui, pues había adoptado las formas del sur, fue durante 32 años el cónsul de los Estados Unidos en la ciudad del lago. Aún sin la lista de los Guinness a mano, apuesto a que es un record en la accidentada historia diplomática entre Washington y Caracas.

Para mayores rarezas, uno se entera de eso porque un día cualquiera, no recuerda bien cómo, ni dónde, se tropieza con un libro que agoniza en un montón de libros agónicos que nadie quiere comprar o nadie quiere leer y sin embargo, te atrae porque su tapa lleva impresa la palabra Maracaibo.

Además, de los muchos cónsules que en Maracaibo han sido, ¿cuántos han dejado en sus memorias una descripción de la vida política, económica, social, incluso, doméstica, de la ciudad y otros pueblos de la región del lago?

Aun así, a pesar de la natural curiosidad que las memorias del cónsul Eugene Hermann Plumacher deberían causar en cualquier interesado en la historia de Maracaibo, el manuscrito en inglés que las contiene y que se conserva en los archivos históricos del estado de Tennessee, sólo fue traducido y publicado en castellano en el 2003 por el Acervo Histórico del estado Zulia y Ciudad Solar Editores, en modesta edición cuyo tiraje no es mencionado.

No queda claro tampoco en el libro cuándo Plumarcher escribió sus memorias, uno ha de suponer que al final de su vida por su carácter de memorias, pero de acuerdo con un estudio realizado por Robert W. H. Byrd, citado por el historiador zuliano Germán Cardozo Galué en una ponencia que puede consultarse en Internet, éstas en gran parte copian textualmente los informes que enviaba a sus jefes en Washington.

Plumacher fue cónsul entre 1878 y 1910. Se cree que murió en 1912 en Washington, pobre y casi ciego, lo que no debió facilitarle la tarea de escribir o copiar de sus propios informes; por lo que habría que estimar que sus “memorias” realmente se escribieron “en caliente”, a lo largo del ejercicio de su cargo consular, lo que las convierte más bien en un “diario”, a veces, un diario de viaje.

**Retratos de Guzmán**

Es una delicia el retrato diplomático y sardónico que Plumacher hace del más recordado autócrata del siglo XIX venezolano, Antonio Guzmán Blanco y “su corte” –como él la llama-, a quienes tuvo la oportunidad de conocer en Caracas.

Cardozo Galué le da crédito a lo narrado por el cónsul con ligera pluma –quizás porque sabía que nadie en Venezuela lo iba a leer en su momento- y confirma los hechos descritos como parte de la historia de la República; pero dado el tono local del texto y las licencias que Plumacher se toma, lo que aporta al final son las razones de tipo humanas, culturales, por las que la región del Lago de Maracaibo llegó a sentir verdadero odio por el Ilustre Americano y sus aliados.

Todas las afrentas guzmancistas a la región –como fusionar al Zulia con Falcón y designar a Capatariada como capital, intentar mudar la aduana a Puerto Cabello o trasladar desde Carúpano a un nuevo jefe cuya primera decisión fue despedir a todo el personal de la misma- no buscaban más que controlar los ingentes recursos que el puerto de Maracaibo reportaba a la República y el enorme comercio con el departamento de Santander de Colombia, las islas de Curazao y Trinidad y Tobago –entonces posesiones holandesas e inglesas-, así como con el puerto mexicano de Veracruz y el de Nueva York.

El puerto de Maracaibo del que nos cuenta Plumacher nada tiene que ver con el lacónico malecón de hoy. Día y noche, los 365 días del año, vibraba con la tumultuosa presencia de los maracaiberos de entonces, cuyas vidas estaban amarradas como una piragua al puerto, y el paso de extranjeros de todas las latitudes.

Alemanes, ingleses, holandeses, italianos, españoles, franceses, trinitarios, curazaleños, mejicanos, dominicanos, puertorriqueños, estadounidenses, turcos, ¡en fin! el puerto de Maracaibo era el paso obligado entre los productivos andes venezolanos, el sur del lago, el departamento de Santander y por esa misma ruta del río Zulia, todo el oriente colombiano, y los mercados de las Antillas, México y Nueva York, siempre deseosos de mercaderías agrícolas frescas y repletos de productos manufacturados en Europa y los EEUU.

A algunos maracaiberos de hoy quizás les sorprenda saber que para los años 1870, 1880, los barcos a vapor –que eran para entonces la más avanzada tecnología en transporte acuático- hacían ruta directa entre Maracaibo y Nueva York, como los de la compañía Dallet Boulton, que tenían escala en Curazao, o los de la compañía inglesa Atlas que pasaban por Jamaica.

El lago que conoció Plumacher –quien habiendo sido marino en Suiza era tanto cónsul como agente aduanero de quien bien pagara sus servicios- es un lago repleto de barcos a vapor, que cuando no están maniobrando para cruzar la barra, entre las islas de Zapara y San Carlos, anuncian con pitos y grandes bocanadas de humo su arribo a Maracaibo o silban chapoteando jadeantes mientras remontan el río Encontrados, el Catatumbo o el Escalante.

La particular antipatía de Guzmán con Curazao y Trinidad y Tobago, cuyo comercio con Maracaibo llegó incluso a prohibir, estaba fundamentada, según Plumacher, en el hecho de que las islas eran el centro de reunión permanente de los venezolanos que huían de su gobierno pero seguían conspirando desde las Antillas, como en su momento lo hizo el mismo Guzmán.

A pesar de todo esto, el cónsul Plumacher, quien no oculta su desprecio hacia Guzmán –al fin y al cabo sus intereses consulares estaban vinculados al comercio que controlaban las compañías alemanas, inglesas y holandesas- no hace nunca referencia al supuesto espíritu separatista que había anidado en el Zulia para entonces.

Si bien hace referencia a los deseos de mayor autonomía y progreso, propios además de la época y consecuentes con las arbitrariedades de Guzmán, siempre estos reclamos están planteados en el plano de la demanda de la provincia al gobierno central. No como un real interés de hacer república aparte.

El Cónsul, por el contrario, satiriza a personajes considerados hoy como íconos de la autonomía zuliana, como el general Venancio Pulgar, a quien conoció personalmente y dejó testimonio del odio que le tenía la elite maracaibera de entonces, el fervor que despertaba en el pueblo y los leales servicios que le prestó al Ilustre Americano en su trabajo de someter a la rebelde región del Lago de Maracaibo.

De acuerdo con Plumacher, las rebeliones que se sucedían en Maracaino estaban más motivadas por los apetitos personales de quienes las dirigían, que por una idea clara, madurada, de conformarse en un país independiente.

**Vivir en Maracaibo**

Si se le puede dar crédito a Plumacher por sus memorias sobre Guzmán Blanco no debería haber motivos para dudar del resto de su relato que toca incluso aspectos de la vida doméstica de Maracaibo.

Aunque a veces adquiere un tono fantástico, propio de los relatos de viajes y aventuras al estilo Julio Verne, en los que él adquiere un inesperado protagonismo como gran negociador, héroe, incluso, salvador o explorador experimentado, hay interesantes referencias a la vida de los maracaiberos en la segunda mitad del siglo XIX.

Entonces Los Haticos era la residencia de los extranjeros y allí sólo se llegaba a través de los vaporcitos privados que esta elite de comerciantes e industriales poseían. Pero también había barrios de negros diferentes de los que habitaban los indios y mestizos y de las zonas residenciales de la elite local.

Plumacher cuenta, por ejemplo, cómo tuvo que ir a “rescatar” en uno de estos barrios a la díscola señora de un viejo capitán de un vapor mercante. La mujer creyó que podía “esconderse entre esa gente”. Relata también cómo fueron reclutados, “confundidos” como negros naturales de Maracaibo, hombres curazaleños, bonaerenses y trinitarios  que vivían en los mismos suburbios y que igualados en el color de la piel sólo se diferenciaban de los maracaiberos al momento de hablar.

En la Maracaibo que conoció Plumacher era común y socialmente aceptado tener esclavas guajiras o motilonas (Yukpas, Bari), que eran vendidas a buen precio en las casas de los maracaiberos de bien. El Cónsul dice que detesta la esclavitud, pero conviene sin embargo que aquella era una excepción por medio de la que se salvaba de la pobreza y la ignorancia a aquellas pobres muchachas.

Para validar su opinión, dice que en sus años en Maracaibo llego a conocer a gente muy importante y formada que resultaban ser hijos e hijas de estas antiguas esclavas, educados por sus amos.

El mismo diplomático cuenta en el tono que le es propio como él cuidó a tres niños de una familia muy pobre que no podía tenerlos. Primero se hizo cargo de Blas Guillermo, para quien incluso consiguió una nodriza curazaleña. Y dos años y medio después se encargó de la crianza de los mellizos Miguel Antonio y Eugenio Herman a quienes consiguió, a su vez, sus respectivas nodrizas. Para el primero una muchacha guajira llamada Tula y para el segundo una india del sur del lago.

Llama la atención que destaque con cierto orgullo el carácter étnico de las nodrizas de quienes, probablemente, eran realmente sus propios hijos. El Cónsul dice que los niños permanecieron junto a él hasta el momento de escribir sus memorias y le dieron muchas alegrías.

En la reseña que hacen de Plumacher en el libro Maracaibo, publicado por el capítulo Maracaibo de la Asociación Norteamericana, dicen que dejó muchos descendientes en la ciudad. El Cónsul estaba casado al venir a Venezuela, pero no trajo a su esposa y a sus dos hijos al país sino que los envió a Suiza para que recibieran una educación de calidad.

Plumacher dice haber sido el primer extranjero en construir una casa en la parroquia Santa Lucía, que ya se conocía como El Empedrao, pues los foráneos preferían vivir aislados en Los Haticos y cuenta de su lucha con los pescadores para que estos no limpiaran el pescado en la orilla de las playas, las de El Milagro, lo que generaba un serio problema de insalubridad.

DE acuerdo con la reseña del libro de la Asociación Norteamericana vivió uchos años en la quinta Miramar que se hallaba en la actual avenida El Milagro.

**Notorias ausencias**

Aunque vivió 32 años en Maracaibo, llama la atención que Plumacher no haga ni una sólo referencia a la que ya para su época era la fiesta más importante de la ciudad, las fiestas patronales de la Virgen de Chiquinquirá.

La única alusión al asunto religioso la hace al contar una epidemia de fiebre amarilla que azotó con mayor furor que otras a la población, sin discriminar entre extranjeros, negros, indios o mestizos, y que el clamor popular combatió sacando su fe en procesiones. Como el Cónsul siempre se refiere a Dios como el Arquitecto del Universo se ha de suponer que era masón y quizás eso explique su indiferencia.

También vivió por mucho tiempo en la sede del consulado, que estuvo primero en la calle Independencia y luego mudó a La Balandra, una casa en la calle de las Ciencias, a la que llama la Quinta Avenida de Maracaibo, pero no hay menciones al barrio El Saladillo, ni a la plaza Baralt, ni al modo de vida de sus habitantes, ni a la gaita.

La Maracaibo de Plumacher es fundamentalmente la ciudad de las casas de comercio alemanas, holandesas e inglesas. De las altas personalidades del gobierno regional y de los vapores que entraban y salían del puerto.

Sin embargo, los informes que el Cónsul envió a sus jefes en Washington ocupan varios estantes en los archivos históricos del Departamento de Estado y pueden ser una interesante fuente de información sobre la Maracaibo de la última parte del siglo XIX.

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**Fuente:** https://panorama.onl/ciudad/perfil-plumacher-un-consul-memorioso-20151030-0077.html
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